El ayatolá de Teherán pide un internet bajo control estatal

Iraníes corean consignas contra los activistas antigubernamentales y EEUU, este viernes, en Teherán. EFE

Un amasijo de puños en alto, furibundos, se deslizó escaleras abajo desde la Mosala al grito de «¡Muerte a América y muerte a Israel!».

Venían de oír el Sermón del Viernes del ayatolá Ahmad Jatami. Con la ola de protestas y disturbios llegando aparentemente a su fin, el líder de los rezos en el complejo religioso teheraní dirigió el dedo hacia el extranjero: «Lo que está pasando en nuestro país es un golpe a los rivales de Estados Unidos, que ha fracasado en su intento de derrotar a la nación iraní».

Durante el sermón, cuyo mensaje suele coincidir con la postura del Líder Supremo, Ali Jamenei, Jatami destacó el rol de las redes sociales, en particular de la aplicación de mensajería Telegram, en la propagación de las protestas. «Cuando se cerró el ciberespacio [en referencia al bloqueo de Telegram e Instagram, a los pocos días de estallar los disturbios] la sedición se detuvo», dijo. Acto seguido, el clérigo instó a establecer un Internet bajo control estatal, una intranet limitada a Irán. Jatami puso como modelo a Rusia y China.

La manifestación de ayer en la Mosala, autorizada por el Gobierno a diferencia de las docenas que ha habido en el país desde el 28 de diciembre pasado, fue la tercera demostración de fuerza consecutiva del ala clerical del poder iraní. Los participantes, en su mayoría religiosos y miembros de organizaciones leales al Líder Supremo, portaban carteles en recuerdo de los militares de la Guardia Revolucionaria muertos durante los choques de estos días, así como folios donde figuraba la etiqueta de Twitter #AliadosdelaRevoluciónIslámica.

Yadiye, en sus 40, armada con una bandera con el rostro del Líder Supremo, no dudaba de Jatami y decía: «Vine a protestar contra los que han sido engañados por los enemigos del islam e Irán. Algunos de ellos no tienen razón en sus reivindicaciones», aseguró, «no permitiremos que los enemigos de Irán se inmiscuyan en nuestros asuntos internos».

Entre la marabunta, Sadegh se arrodilló en el suelo y extendió una pancarta que rezaba: Señor Rohani: hemos oído muchas veces aquello que dijo acerca de lo que ‘ha de ser’, pero la gente está esperando reacciones claras frente a la corrupción en el Gobierno y en su entorno.

Aunque su crítica al Ejecutivo tecnócrata del pragmático Hasan Rohani no se alejaba de muchas de las que han emanado de las calles en la última semana, el mensaje no desentonaba a la vera de los minbares rigoristas, desde donde se arremete contra Rohani por la frágil situación económica.

Ahmad Jatami lo hizo ayer una vez más. «Las protestas inicialmente eran justas y populares», matizó, recordando su comienzo en la ciudad religiosa de Mashad y criticando a unas instituciones financieras ilegales que al quebrar dejaron a miles de iraníes sin ahorros y furiosos. «Hay trabajadores que dicen que no han sido pagados durante meses. Nadie dice que las protestas sean injustas», sentenció, «el artículo 27 de la Constitución permite manifestaciones, pero pacíficas y sin uso de armas. La voz del pueblo debe ser escuchada».

Con esta homilía, el ayatolá volvió a trazar una línea entre las primeras manifestaciones, contra la inflación, el paro creciente y la corrupción, y el contagio de protestas de los días posteriores, en las que hubo altercados violentos de los que el poder culpa a «agentes extranjeros». Entre los más de 450 detenidos, según fuentes, hay estudiantes, activistas y transeúntes.

Jatami pidió «clemencia islámica» para «los iraníes ordinarios embaucados por los alborotadores apoyados por América». Y un «castigo firme» para el resto de «sediciosos».

La agencia conservadora Tasnim anunció el arresto de cuatro personas en Buruyerd, provincia de Lorestán -una de las más sacudidas por los disturbios, que han dejado 21 muertos- a las que identificó como miembros del grupo armado marxista Muyahidin del Pueblo (MEK, en siglas persas). Dos días antes, el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Ali Yafari, había traído del pasado estas siglas, infames para los iraníes que todavía tienen frescos en el recuerdo sus atentados sangrientos en los 80 y 90.

Los MEK, dirigidos desde Francia por Maryam Rayavi -quien goza del respaldo de importantes líderes neoconservadores-, no son los únicos «enemigos» que Teherán responsabiliza de apropiarse de las protestas. Diversos representantes del poder han señalado a monárquicos -durante las marchas hubo eslóganes a favor del retorno del Sha depuesto en 1979-, comunistas y nacionalistas, o a Israel y a Arabia Saudí.

«El plan fue preparado hace unos cuatro años en cooperación entre EEUU, los sionistas y Arabia Saudí», declaró anteayer el fiscal general, Mohamed Yavad Montazeri. Dio un nombre: «El principal director del plan es un ciudadano americano llamado Michel d’Andrea«. El jurista no aportó prueba alguna de su acusación, que la CIA niega, pero esa denuncia hizo que muchos buscaran en las hemerotecas el 2 de junio pasado, cuando The New York Times anunció la designación del ayatolá Mike. Según el rotativo, Trump encargó a D’Andrea, uno de los artífices de la caza de Bin Laden, dirigir las operaciones de la Inteligencia estadounidense en Irán.

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