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El autobús de la ignorancia e intolerancia

Aunque este eslogan sea correcto en la mayoría de las ocasiones, deja fuera a un porcentaje de personas en las que esta afirmación no se corresponde con “su realidad”. Conviene aclarar que la única realidad que conocemos es la realidad cerebral, es decir aquella que crea nuestro cerebro a partir de las señales que es capaz de captar por disponer de los receptores para ello. Pues bien, precisamente esa minoría vulnerable por estar fuera de la mayoritaria “normalidad” es la que en una sociedad tolerante, justa, solidaria e inteligente tendría su espacio con toda “normalidad” e incluso se vería como un enriquecimiento por la variabilidad en los tipos de personalidad que aporta, sin perjudicar a nadie.

El eslogan termina con una advertencia: “Que no te engañen”. Sin embargo es el reduccionismo corto de miras del mensaje el que, en estricta justicia, en el mejor de los casos está equivocado y en el peor es una mentira.

Echemos un vistazo somero a lo que nos dice la biología sobre el sexo de las personas.

El gen SRY situado en el brazo corto del pequeño cromosoma Y, tiene por función alterar el desarrollo embrionario en la especie humana encaminado a culminar en un sujeto hembra. Podemos decir que el sexo “por defecto” al que está orientada la embriogénesis es “hembra” y que solo cuando posee el gen SRY y éste funciona adecuadamente se produce un individuo “macho”. Al igual que para construir una casa necesitamos un arquitecto que diseñe los planos, en la construcción del organismo esta tarea la realiza el gen. Además hace falta un maestro de obras que los ejecute y esta tarea recae sobre la hormona testosterona. Finalmente necesitamos a la persona que la vaya a habitar y esa función, en nuestro caso le corresponde al cerebro. Para obtener un resultado satisfactorio es necesario que todos los aspectos mencionados se articulen armónicamente, para lo cual se requieren las exposiciones a las hormonas necesarias, en las dosis adecuadas y en los momentos precisos.

En resumen, para obtener un sujeto “macho” en la especie humana necesitamos que el organismo en desarrollo posea el gen SRY, que este funcione adecuadamente transformando las protogónadas en testículos y éstos produzcan los niveles de testosterona adecuados. Sin olvidar a los receptores celulares (lugares sobre los que actúa) y la exposición cerebral a la testosterona en los momentos críticos para que el desarrollo de la conducta sexual se corresponda con su sexo, tanto genético como genital.

Aunque lo habitual es que todo siga su curso de manera correcta, el complejo mecanismo deja abierta la posibilidad de que algo no se desarrolle según lo esperable, lo que ocurre en una pequeña proporción de casos.

Nos podemos encontrar con individuos que poseen el gen SRY, por lo que genéticamente serian clasificados como “sexo masculino”, y sin embargo al no funcionar adecuadamente, bien por falta de producción de testosterona o por no disponer de los receptores adecuados, entre otras razones, provocará que  el desarrollo y la apariencia externa, es decir el fenotipo, serian catalogados de “sexo femenino”. Además puede ocurrir que sea el desarrollo cerebral el que al ser expuesto de manera anómala a hormonas o sustancias químicas sintéticas que actúan como tales, no lo haga en el sentido del sexo correspondiente a su genética y/o genitales y se “feminice” o “masculinice” afectando a su conducta sexual, que sería la opuesta a la que correspondería a su aspecto externo. En esta situación estaríamos ante una persona transexual.

Por lo tanto, el eslogan del autobús de la organización “ultra-intolerante” denominada “HazteOir” es, entre otras cosas, la expresión de la ignorancia e intolerancia dogmática propia de la religión a que pertenece.

Decir que “los niños tienen pene y las niñas vulva”, es una tautología que nos remite a una época en la que solo conocíamos los aspectos externos y superficiales del sexo. Siendo el fenotipo (aspecto externo) el que lo determinaba, de manera que si tenía pene era niño y si vulva niña, y los casos de genitales confusos se adscribían según la impresión del observador. La conducta sexual esperada era la que correspondía a los genitales observados y en consecuencia eran incapaces de entender y, lo que es peor, tolerar aquellas manifestaciones discordantes, a las que se las calificaba de aberraciones, en lo moral, o de manera caritativa de enfermos a los que había que “curar”.

La ciencia ha avanzado en este terreno y hoy disponemos de los conocimientos para entender la complejidad de la conducta sexual del ser humano o, al menos, comprender que las cosas, a veces, no son lo que parecen. Ante esta situación deberíamos tener la suficiente humildad para tolerar y respetar lo que, por no disponer de formación y conocimientos, no somos capaces de entender.

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