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[EEUU] Los puritanos y el alma de los Estados Unidos de Norteamérica

El Cisma. La Iglesia de Inglaterra o anglicana, partió del conflicto entre el rey Enrique VIII (Tudor), con el Papa Pablo III, quien excomulgó al monarca el 17 de diciembre de 1538. Lo anterior se debió a que Enrique VIII repudió a su primera esposa Catalina de Aragón, hija de los reyes católicos de España, porque no le dio un hijo varón para heredar el trono, sino una hija llamada María. Eso planteaba un dilema más profundo, ya que Catalina de Aragón era tía materna de Carlos V, el monarca más poderoso de Europa en ese momento y firme defensor del catolicismo, de tal manera que si la hija del rey, María I Tudor, llegaba al trono inglés, ello convenía al papado, porque su madre la crio católica y así defendería la fe, como en efecto sucedió; tanto así que, posteriormente al Cisma anglicano, con la restauración del catolicismo en Inglaterra e Irlanda, los protestantes la apodaron “bloody Mary” por la matanza de los no católicos. Si usted, estimado lector(a), gusta de ese cóctel, ahora conoce el origen de lo que consume.

Ana Bolena. Enrique VIII desposó a Ana Bolena, de tan solo veinte años y dama de compañía de Catalina de Aragón, buscando un heredero, y luego, como es sabido, la decapitó bajo el cargo de un supuesto adulterio. El futuro rey Eduardo VI, nació en Hampton Court, el 12 de octubre de 1537, siendo el único hijo varón superviviente del rey Enrique VIII de Inglaterra y de su tercera esposa, Juana Seymour. El lúdico rey se casó tres veces más, pero eso es otra historia.

Los puritanos. Durante el quinquenio del reinado de María I (1553-1558 d. C.) y el restablecimiento temporal del catolicismo, muchos anglicanos y protestantes huyeron a Ginebra donde adoptaron la doctrina del francés Juan Calvino. Con la llegada al poder de Isabel I (1558-1603), se concibió a la Iglesia anglicana como una solución para lograr la convivencia entre católicos y protestantes, ya que combinaba elementos de ambas corrientes. Pero no todos estaban de acuerdo con esa medida. Los puritanos eran un grupo protestante descontento con la naturaleza de la Iglesia anglicana, estaban adheridos teológicamente al calvinismo y consideraron insuficiente esta reforma, propugnando la “purificación” de la Iglesia anglicana.

El término “puritano” nació alrededor de 1565 y hacía referencia a la purificación que pretendía erradicar toda costumbre católica que permaneciese en el rito de la iglesia anglicana. La principal creencia calvinista que heredó el puritanismo es la que identifica a Dios como “Absolutamente Soberano”, que por su voluntad creó el mundo, predeterminó todos los acontecimientos desde la eternidad; y, por su Providencia se hace presente en todo momento, este primer postulado es la base de la segunda doctrina calvinista sobre la esencia del hombre caracterizado como un ser humano corrupto por el pecado original, tanto en el entendimiento como en el libre albedrío y que sólo puede conocer algo de las cosas terrenas. Por ello, no puede contribuir a su propia salvación, de tal forma que Dios escoge a los elegidos y por ello los puritanos niegan la libertad humana. Es decir, la visión puritana del mundo está subordinada esencialmente al dogma de la predestinación por el cual sólo algunos serían salvados y otros condenados, sin que nadie pueda contribuir con acciones a su redención.

Dos tendencias y un exilio. Los puritanos se dividieron en dos segmentos: los llamados “separatistas”, que aspiraban a separarse de la Iglesia anglicana y que se asentaron en Plymouth, tras haber permanecido doce años en lo que era entonces Holanda, y, por otra parte, los “congregacionalistas” que solo querían eliminar los vestigios católicos del anglicanismo y que llegaron a Massachusetts. En todo caso, ambos grupos partieron hacia el exilio americano por no poder practicar libremente sus creencias en Inglaterra. Ambos asentamientos en la llamada Nueva Inglaterra respondían a los deseos imperiosos de la libertad religiosa, a la necesidad de satisfacer una forma de vivir sus creencias por parte de un colectivo de personas que no podían hacerlo en su país de origen.

En tierras nuevas. Para estos puritanos, la verdad revelada está en la Biblia (fuente única de Derecho) y se descubría a través del análisis que de esta hacían los ministros (potencialmente cualquier individuo), lo que abrió la puerta a la ramificación del puritanismo inicial. El sentido de la transgresión de un solo miembro de la comunidad ponía en peligro a todos; de ahí que la ira de Dios únicamente podía aplacarse mediante la confesión y el castigo público del pecador. Como la relación de Dios con una colectividad no era interna sino externa, el grupo no era tratado individualmente sino como si fuera una sola unidad. El bastión puritano de Massachusetts estaba conformado por grandes intelectuales que llegarían a fundar más de treinta y seis universidades solo en el área de Boston.

Legado y contradicciones. Los puritanos abogaron por la disciplina, la frugalidad, la devoción de su fe, pero también por la apariencia de la perfección de su vida (lo que hizo que se les acusara de hipocresía); ello influenció la arquitectura, dado que sus casas no tenían cercas, y permitían la visibilidad desde fuera. Otra característica muy calvinista heredada a través de los puritanos es la tendencia al escandalo por las indiscreciones de la carne de sus dirigentes, quizá un ejemplo muy representativo de ello en tiempos no muy lejanos, sea el affaire Clinton-Lewinsky. En otro orden de ideas, la meritocracia norteamericana es una idea puritana, que luego desembocaría en el concepto del sueño americano, presente en el imaginario colectivo en todas partes.

En el puritanismo original, se prohibía el lujo, toda inversión de dinero en espectáculos, comidas o ropa que no fuera la estrictamente necesaria. La ostentación, deshonestidad y avaricia también estaban condenadas. En otras palabras, la ciudad de Las Vegas es hoy la negación de esta doctrina. En las colonias, el ascetismo sexual puritano se limitaba a la relación matrimonial con la sola intención de seguir el precepto bíblico de “creced y multiplicaos”. El ocio se consideraba peligroso, por ello, la pérdida del tiempo era el peor de los pecados y el trabajo debía orientarse a la gloria de Dios, siendo que solo podía descansarse en domingo. Estados Unidos de Norteamérica hoy muestra trazos de puritanismo en su política conservadora, pero no en el despliegue del libre mercado, el culto a las celebridades y al consumo insaciable.

Harvard. John Harvard nació en 1607 en Londres, hijo de un carnicero y de una mujer de negocios en Inglaterra. En 1637 llegó a tierras americanas como ministro ordenado. Harvard, se desempeñó como pastor asistente del reverendo Zechariah Symmes de la Primera Iglesia congregacionalista de Charlestown. El 14 de septiembre de 1638, Harvard murió de tuberculosis y fue enterrado en el cementerio Phipps Street de Charlestown. John Harvard dejó su biblioteca personal y la mitad de su patrimonio a la nueva institución universitaria.

La universidad de Harvard es la institución de educación superior más antigua de los Estados Unidos y de gran prestigio en el mundo; y cuenta con la biblioteca más grande de todas las universidades a nivel mundial. Fue fundada en Newtowne (ahora Cambridge), Massachusetts, el 28 de octubre de 1636. Lleva el nombre del primer benefactor, el joven ministro John Harvard de Charlestown, quien a su muerte en 1638 dejó su biblioteca (más de 400 libros). Una estatua de John Harvard se encuentra hoy frente al University Hall en Harvard Yard, y es quizás el monumento más conocido de la Universidad. La escuela graduó su primera clase de nueve estudiantes en 1642. El lema original de la Universidad de Harvard era (en latín): “La verdad para Cristo y la Iglesia”. En el siglo XX, cuando Harvard se volvió más secularizado, cortaron la última parte de la frase, por lo que el lema ahora es solo “Verdad”. La universidad de Harvard es resultado directo del cristianismo protestante calvinista puritano de Inglaterra.

No cabe duda de que la historia humana es una tómbola, de la cual emergen acontecimientos insospechados que no pueden ser juzgados en términos reduccionistas como buenos o como malos. Si en algo tuvo razón Marx, en su cómodo remanso pequeño burgués londinense, es que si la religión (como institución) es opio, cuesta cara, en vidas, dinero y sufrimiento.

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