Dioses en Katmandú

Hace diez años, cuando estuve en Nepal, el rey Birendra era un dios, tal como lo habían sido sus antecesores. Dioses en la tierra sin ningún poder más que las armas del Ejército que los custodiaba y la superstición de un pueblo educado en el miedo, la sumisión y la ignorancia. Los nepalís hablaban con sobrecogimiento del ser que residía al final de una avenida polvorienta. Un muro gigantesco separaba al dios de los mortales. Al otro lado habitaba ese todopoderoso con costumbres mundanas, un millonario con zapatillas de raso y un batín de seda comprado en Londres. Adivinabas el camelo al contemplar la morada celestial a ras del suelo. Alguien que vivía sitiado por el polvo de las calles sin asfaltar de Katmandú no podía ser más que un embaucador.
Después, la familia real fue asesinada por un príncipe demente y la carnicería abrió los ojos al pueblo. Enseguida fue coronado el superviviente
Gyanendra –al que los nepalís odiaban– con una chaqueta de espiguilla, gorro de piedras preciosas y plumas de fantasía. Era un atuendo sorprendente por su falta de majestuosidad. Todo ha acabado. Gyanendra acaba de ser expulsado de palacio y Nepal es una república. Pronto lo echarán del sindicato de dioses por su fracaso como interino.
En el viaje a Katmandú solo vi a una deidad verdadera. Estaba desayunando en el Hotel Yak&Yeti, establecimiento con uno de los nombres más sugerentes del mundo. Era el actor Donald Sutherland. Las mejillas hundidas, el bigote blanco, la cara levemente conejil. Tomaba té. Leía The Times con una pierna cruzada sobre la otra. La estampa perfecta del caballero. Un dios irónico con zapatos brillantes.

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