Del Vaticano y de Lutero

Tras la crisis del feudalismo y el descenso demográfico de los siglos XIV y XV,  la Europa del Renacimiento y del Humanismo entraba en una etapa de crecimiento económico y explosión demográfica, gracias a una nueva agricultura intensiva, y a la manufactura de nuevos textiles más ligeros y baratos. Los señores feudales respondían a las revueltas campesinas con concesiones de tierras y relajación de tributos, comprendiendo que esa era la única vía de recuperar sus niveles de rentas perdidos durante la crisis.

Paradójicamente, esto sólo ocurrió en Europa Occidental; ya que en Europa Oriental los señores feudales superaban su crisis y mantenían su jurisdicción sobre los campesinos, gracias al comercio de trigo con ese Occidente que ahora salía del feudalismo.  Así pues, la eliminación de la servidumbre de los campesinos occidentales tuvo el alto precio de condenar a los agricultores orientales a enquistarse en la miseria de una continua servidumbre feudal.

Iglesia y Reforma son dos conceptos que han sido bastante irreconciliables a lo largo de la Historia. Lutero fue protagonista durante el Renacimiento del proceso histórico conocido como la Reforma, una redefinición de la Iglesia Católica que culminó en el nacimiento de la Iglesia Protestante –con numerosas variantes en Europa. Fue extremadamente crítico con el Papado y sus bulas, y denunció que Roma se había corrompido y apartado de la pobreza y de la austeridad cristianas primigenias, aún sin renunciar a su idea de que el Estado debía permanecer por debajo de la Iglesia.

Roma respondió con la Reforma Católica o Contrarreforma, que además de una guerra religiosa contra los protestantes también supuso el establecimiento de unos preceptos cuya puesta en práctica se llevó a cabo mediante herramientas muy dolorosas para el pueblo, como la Inquisición y la reforma de la cultura popular.

Aunque Lutero buscaba inicialmente una Iglesia limpia, justa y sin el Papado, no tuvo escrúpulos cuando apareció su oportunidad con la fractura del Imperio Germánico y su alianza con los príncipes locales, quienes –actuando igual que señores feudales- volvieron a asfixiar a los campesinos alemanes, que cuestionando la doctrina luterana con los actos de sus nuevos dueños se levantaron en una rebelión que terminó con una derrota sangrienta de los campesinos a cargo de unos príncipes a los que alentó el propio Lutero.

Hoy cuando escucho a Francisco I hablar de volver al cristianismo primigenio, a la Iglesia pobre, a la Iglesia limpia, me parece estar escuchando ecos del protestantismo de Lutero de hace 500 años. Nadie espera que Francisco I apoye ninguna masacre en la actualidad, pero si quiere de verdad emprender reformas, lo que todavía no ha demostrado la Iglesia en 2000 años, es que sepa vivir al margen del feudalismo de hecho o de derecho, que sepa condenar la desigualdad y que apoye la democracia y la voluntad de los pueblos por encima de sus propias creencias religiosas. La crisis española nos ha dibujado un panorama político feudal presentado como una democracia, donde la Iglesia casualmente emerge en el Ministerio de Wert para recurrentemente transformar la cultura a su imagen y semejanza.

La única Reforma de la Iglesia Católica que podría aportar algo nuevo a la Historia que no conozcamos ya, es ser fieles a la doctrina de Cristo, quien viendo todo lo que han hecho y en lo que se han convertido, no dudaría en recomendarles su disolución porque ni la obra del diablo habría sido tan perfecta.

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