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De Munilla y las libertades

Hace unos días, el Sr. Munilla, obispo de Donostia, decía a unos periodistas de la SER que en España se viven “males mayores” que el que ahora vive el atormentado pueblo ahitiano, en desafortunada referencia a la que califica de “pobre situación espiritual” de España. Reaccionaba indignado el escritor Juan José Millás, ante esos mismos periodistas, formulándose una serie de preguntas que ponían de relieve la contumacia cínica que caracteriza la actitud política de la jerarquía católica a la hora de dedicar calificativos a hechos y situaciones sociales que imputan al actual gobierno español.

Por muy recalcitrantes que sean las declaraciones de los obispos españoles, no son sino reflejo fiel de la doctrina oficial de la Iglesia que representan. La ICAR es una institución que se ha distinguido históricamente por su falta de respeto a los derechos humanos, atribuyéndose autoridad suprema (“divina”) para definir no sólo lo que puede ser el Derecho, sino lo que puede considerarse humano. Para ello ha contado con una capacidad de intervención política indiscutida durante siglos, primero muy directamente y luego a través de sus abundantes agentes sociales.

El primero de los derechos humanos negados y combatidos por la Iglesia Católica es el derecho a la vida de los agnósticos y los ateos. Al menos, es lo que propone su máxima autoridad teológica tradicional, Tomás de Aquino, que en su siempre vigente Summa Theologiae define a los ateos como “personas que merecen ser eliminadas del mundo con la muerte”. Y fue ésa, sin duda, la doctrina puesta en práctica a través de los tribunales inquisitoriales y de los “brazos seculares” en los países católicos, enviando al suplicio y a la hoguera a miles de personas.

Sin embargo, en su alocución ante la Curia vaticana del pasado 21 de diciembre, afirmaba cínicamente Benedicto XVI que los agnósticos y los ateos “deben estar en nuestro corazón de creyentes”. Abundando en lo mismo, admitía poco después el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, que “nuestras palabras no siempre han reflejado respeto”. ¿Se trataba de un “mea culpa” sincero?

Es evidente que las hogueras eclesiásticas quedaron atrás, pero no lo es que la Iglesia haya pasado a respetar la solvencia intelectual y moral de agnósticos y ateos, cuando en otras recientes y solemnes alocuciones papales se ha afirmado que, sin Dios, “el hombre pierde su dignidad y se enajena” y que “su destino no puede ser otro que la desolación de la angustia que conduce a la desesperación”. Por si fuera poco, “sin Dios ni siquiera es posible infundir a la sociedad los valores éticos capaces de garantizar una convivencia digna del hombre”.

En su carta-encíclica Caritas in veritate, se atreve el Dr. Ratzinger a afirmar que “la cerrazón ideológica a Dios y el ateísmo de la indiferencia, olvidando al Creador, ponen en riesgo tambien los valores humanos y figuran hoy entre los mayores obstáculos para el desarrollo, ya que el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”. Pero frente a semejante afirmación “apostólica”, se yerguen los datos que los medios audiovisuales distribuyen a diario, facilitando información directa procedente de todos los rincones del planeta, dejando constancia de las luchas sangrientas y las violaciones de todo tipo de derechos humanos que se dan, con mayor abundancia y persistencia, en países en los que imperan las creencias religiosas (en especial las que se consideran basadas en revelaciones bíblicas o coránicas). El último Indice del Desarrollo Humano hecho público por Naciones Unidas señala que son los países con mayor número de agnósticos y ateos los que se sitúan a la cabeza del desarrollo mundial. Es en ellos, sobre todo, donde han tenido su origen los más activos y universales movimientos humanitarios, actuando con independencia de credos o doctrinas. La espiritualidad no se expresa necesariamente en términos religiosos.

Está muy claro que el Sr. Munilla, lo mismo que el Sr. Rouco Varela o el Sr. Martínez Camino, se pronuncian habitualmente en perfecta sintonía con la doctrina oficial de la ICAR, cuya teología no es la de la liberación humana, sino la de la sumisión irracional (por fe) a una forma de espiritualidad administrada en nombre de su dios y vendida como vía de “salvación”. Para ellos, lo que ha de trascender no es una humanidad capaz de proseguir la evolución hacia su progresivo perfeccionamiento, en busca de una más justa y fraternal convivencia en este planeta, sino esa evanescente e hipotética abstracción que llaman alma humana, destinada a vivir “en otro mundo”.

Por eso, no convencen las abundantes protestas de fe católica, restringidas al “verdadero sentido del Evangelio”, que se leen y oyen ahora con frecuencia (en privado y en público) procedentes de personas con responsabilidades sociales o políticas que fingen, o creen, poder distanciarse así suficientemente del absurdo. Como parece ser el caso de D. José Bono, entre otros. Quienes realmente no están de acuerdo con el magisterio infalible de su Iglesia deberían ser consecuentes y buscarse otra. Existen iglesias de confesión cristiana para todos los gustos que no excomulgan casi nunca, si lo que desean es permanecer en esa esfera. Mientras, seguiremos poniendo en duda la sinceridad y la profundidad intelectual de sus posturas.

Amando Hurtado es escritor y licenciado en Derecho

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