Carolina Puigdevall: «‘Quid utile, quid verum’. Las falsificaciones granadinas del siglo XVIII». El fraude del Sacromonte y San Cecilio o el uso de las reliquias

«El fraude del Sacromonte ha llegado demasiado lejos. Cubierto por las instituciones y la iglesia hasta el punto de que a día de hoy la abadía sigue siendo sufragada por las autoridades de la ciudad, y las reliquias del patrón San Cecilio, mostradas como veraces por el actual arzobispo.»

I. Preludio. Las falsificaciones del Sacromonte en el siglo XVI

Para desarrollar con coherencia el tema de las falsificaciones de la Alcazaba granadina del siglo XVIII es preciso esbozar algunas notas sobre el episodio de los falsos del Sacromonte en el siglo XVI, caso que es a todas luces preludio del que nos ocupa.

Tras la victoria de los Reyes Católicos en la antigua capital nazarí y las nuevas políticas de persecución y represión hacia los no conversos, la ciudad de Granada se convierte en baluarte del cristianismo. No obstante, pese a todos los esfuerzos de la monarquía es evidente la ausencia de un pasado cristiano en la ciudad tras ocho siglos de dominación islámica. A diferencia de la mayoría de ciudades españolas, no existe en Granada un sentimiento de localismo o “nacionalismo local” alimentado por una tradición cristiana de la que los ciudadanos fueran partícipes. La población durante este periodo es todavía muy heterogénea aunque los únicos que escapan a la sospecha y persecución son los llamados cristianos viejos, aquellos que pueden demostrar que su linaje es puro, sin mezcla judía o musulmana. Ante esta situación, son muchos los moriscos, en especial las élites, que ven peligrar su estabilidad y sus derechos y que se esforzarán por probar su estrecha relación con el cristianismo y así mantener los beneficios de los que gozaban antes de la toma de Granada.

En ese contexto tienen lugar los dos casos de falsificaciones que nos interesan, cronológicamente; las reliquias de la Torre Turpirana y los llamados Libros plúmbeos del Sacromonte. En el año 1588 durante las obras de construcción de la nueva catedral cristiana en el suelo de la antigua mezquita mayor, concretamente en el lugar que ocupaba el antiguo alminar o Torre Turpirana tiene lugar un sospechoso hallazgo, una caja de plomo que guardaba en su interior unas particulares “reliquias”; Un trozo de tela cortado de forma triangular, un pergamino y un hueso. De ellas el pergamino es lo más interesante. A modo de texto explicativo –en árabe– narraba el viaje de San Cecilio (obispo granadino del siglo I) a Jerusalén, donde le habían sido entregadas dichas reliquias, una parte de manto de la virgen y una profecía de San Juan Evangelista que habría sido traducida del hebreo al griego por Dionisio Areopagita, y que estaba traducida a su vez por el mismo San Cecilio al castellano. Además, se explicaba también en el mismo texto del supuesto siglo I, que se traducía también al árabe para que todos aquellos cristianos árabes de España pudieran servirse del mismo.1 La importancia de este discurso reside sin duda en su finalidad. Junto a la firma de San Cecilio se adjuntaba una suerte de anexo de un supuesto discípulo llamado Patricio, que alude a la petición de su maestro de esconder las reliquias y a la confirmación de su presencia y martirio en Granada. Además, y en relación a lo mencionado anteriormente, este hallazgo supondría la legitimación del árabe en España, pues el supuesto mártir del siglo I lo utilizó en el texto.

Pese a las incoherencias, la reliquia fue defendida por unanimidad en Granada, desde donde salieron informes para Felipe II y Sixto V, llegando a parar el “velo mariano” a la iglesia escurialense.

Tras la grata acogida de las reliquias por parte de la sociedad granadina, un nuevo fraude se desata en 1596 en el monte llamado hasta entonces de Valparaíso, famoso por las búsquedas de minas de oro. Bajo el arzobispado de Don Pedro de Castro –luego conocido como principal impulsor de las falsificaciones–, un hombre que buscaba oro encuentra en una cueva del monte una plancha que rezaba del siglo I y que estaba escrita en extraños caracteres (que luego serían definidos como hispánico-béticos) que afirmaba la presencia de un mártir cristiano que había sido quemado vivo en ese mismo monte durante el mandato de Nerón.

Con motivo de este “descubrimiento” el arzobispado vuelca sus esfuerzos en continuar con la excavación, y pronto se van sucediendo una serie de hallazgos encadenados. Durante algunos meses, casi continuamente aparecen en el monte planchas de plomo con inscripciones. Algunas van acompañadas por las cenizas de los supuestos mártires, otras predicen donde van a encontrarse más. En los que se llamarían “libros plúmbeos” se menciona directamente al Apóstol Santiago y a sus discípulos martirizados, aparecen supuestos tratados de éste transcritos por dichos discípulos, y escritos individuales de los mártires. También planchas referentes a la escritura árabe y “salomónica” y otras cuestiones de parecida índole.

El arzobispo gozó del beneplácito de los teólogos convocados para validar las reliquias, también del rey Felipe II, Felipe III y el inquisidor. Organizó entonces en Granada un Concilio Provincial con obispos de todo el país en el que se falló en el año 1600, que las reliquias eran verdaderas y que, por ende, el lugar donde fueron encontradas habría de ser venerado y honrado como “las dichas láminas lo mandan”2. Estos supuestos hallazgos, dentro del contexto social mencionado anteriormente, se convirtieron en las reliquias cristianas que el pueblo de Granada no había tenido hasta el momento. Objeto de devoción, fe y tradición, un impulso a ese patriotismo localista del que gozaban otras muchas ciudades españolas. Pronto, el lugar del monte de Valparaíso, conocido ya como Sacromonte, se convirtió en el destino de procesiones y festividades en honor de los mártires, lugar de avistamiento de milagros y fantasías, tierra fértil para nuevas leyendas populares. El arzobispo sufragó una capilla, y acabó por construirse una Colegiata. El fervor popular aumentó tanto en tan poco tiempo, que poco importó que el Papa Inocencio XI publicase una bula condenando las planchas, aludiendo a la clara presencia de elementos del mahometismo y del mismo Corán en los textos, y determinándolas férreamente como ficciones del hombre3. El pueblo ya había hecho suyos a esos mártires, de nuevo la presencia del cristianismo reclamaba su lugar en la ciudad de Granada y fueron mayoría los que defendieron los hallazgos hasta siglos después.

El fraude del Sacromonte ha llegado demasiado lejos. Cubierto por las instituciones y la iglesia hasta el punto de que a día de hoy la abadía sigue siendo sufragada por las autoridades de la ciudad, y las reliquias del patrón San Cecilio, mostradas como veraces por el actual arzobispo. Eustoquio Molina sostiene que los actuales canónigos y abades se acogen al críptico concepto de “bucle metahistórico”, mediante el cual aceptan por primera vez la existencia del fraude pero consideran que este se ha transformado en un mito positivo. “Un mito revelador de una verdad más profunda que la misma verdad histórica.”4

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V. Cuestiones generales acerca de las falsificaciones

La actividad falsaria de Juan de Flores se centró principalmente en dos objetivos: Legitimar las falsificaciones granadinas del siglo XVI (se encargó además de corregir algunos errores, sobre todo en cuanto a datación), y demostrar la existencia del pasado cristiano de la ciudad de Granada a través de inscripciones que hacían alusión a obispos y mártires granadinos de la época romana, y a un llamado “Concilio Iliberritano”; El Concilio de Elvira que habría de tener lugar en la ciudad de Granada, hacia el año 300 convirtiéndose la ciudad en la sede del concilio más antiguo celebrado en la Península.

La primera plancha de plomo que introdujo en la Alcazaba rezaba; “Flavio por la gracia de Cristo obispo de Iliberia, custodio de los libros del concilio (salutem vel scripsit): Dios librará estos libros de las manos de las emperadores, juntamente con el tesoro de la Torre Turpiana, al monte que está cerca de granada y los cuerpos de los Santos Mártires Cecilio y discípulos”29 La referencia a los libros plúmbeos es evidente, y por tanto lo es también la influencia de Viana.

A partir de 1754 continúan apareciendo plomos que hacen referencia al Concilio (Fig.8). Se dan nombres de algunos asistentes, fecha exacta del mismo y referencias a los cuerpos de los mártires en las cuevas del Sacromonte, donde debían hallarse también los libros del concilio. “y los conserve la trinidad para que aparezcan más adelante, los libros santísimos y los cuerpos quemados de los mártires.”30

En 1755 una plancha atestigua que las ruinas romanas de la Alcazaba pertenecían al llamado “Templo de Apolo”, y al año siguiente una nueva placa firmada por el obispo de Iliberria Flavio sostiene que dicho templo romano ha sido consagrado a Cristo.31

En el 1756 aparece una plancha en la que se menciona otro tema candente en la sociedad del momento, la inmaculada concepción de María (Fig.9). Un año más tarde, en la primera plancha del supuesto concilio se narra cómo los obispos y presbíteros enseñan la necesidad de confesar la virginidad de María “María es virgen madre de dios y el pecado de Adán no le tocó.”32

Aunque también creó algunos objetos profanos bastante particulares, la actividad se centró en las inscripciones en dos soportes, planchas de plomo y piedra. Ambos materiales eran concienzudamente tratados para parecer antiguos. La piedra, fácil de moldear era traída de Sierra Elvira, y tras ser labrada y envejecida se rompía para luego “hallarla” por separado dando así mayor veracidad. Las planchas eran introducidas en infusiones y licores, expuestas al aire y al agua para oxidarlas hasta que adquirían aspecto de antigüedad. Estos procesos se llevaban a cabo por los operarios de Flores, aunque él mismo aprendió a llevar a cabo estas técnicas.

La mayoría de los plomos los escribió en el mismo alfabeto que aquel hispano-bético sacromontino, sin embargo esta vez el falsario fue mucho más lejos, se inspiró en lenguas antiguas, jeroglíficos egipcios, lengua persa, el Lexicón griego o el diccionario de las 7 lenguas de Ambrosio Calepino33, e inventó diferentes alfabetos con anagramas complicados, imposibles de descifrar para el público general y que planteaban un “reto” para los especialistas (fig.10). Flores se convirtió en el único capaz de traducir estos textos antiguos. No obstante también él comete errores sobre todo en lo que respecta a las grafías romanas. No sigue las pautas de identificación (diferencia entre sepulcro, laudas o documentos jurídicos) y a veces combina abreviaturas con palabras completas como una en la que aparece: SIT. T. T. LEVIS, algo nada habitual en el mundo latino.34

VI. Motivaciones de los falsarios

En su tardía confesión, Juan de Flores y Oddouz que se declaraba arrepentido  del fraude al que había dedicado tantos años de su vida, declaró haberlo hecho con el objetivo de “demostrar las prerrogativas y excelencias del municipio granadino.”35 Como ya se ha mencionado, las motivaciones de las falsificaciones de la Alcazaba pasaban por reescribir la historia de Granada basándola en un pasado cristiano y por afirmar y asentar ciertas creencias populares que ya se habían convertido en cuerpo de la tradición local. En cierto sentido, cada uno de los hallazgos alimentaba la devoción popular y asentaba la que había sido una ciudad eminentemente musulmana como baluarte del primer cristianismo en la Península. Los falsificadores declararon haber actuado impulsados, no por aspiraciones de enriquecimiento personal o ascenso social, elementos que sin duda alcanzaron, sino por “amor a la patria y a la religión”.36 Álvarez Barrientos sostiene que esta es una de las últimas manifestaciones de un tipo de falsificaciones con pretensiones que podrían llamarse “nacionalistas”37, no obstante hay que entender el concepto de nacionalismo en su marco histórico-social, y en este caso, los falsarios actúan no con intención de favorecer a la nación, sino a la ciudad de Granada que a partir de los hallazgos de la Alcazaba obtuvo importantes beneficios eclesiásticos y es reconocida como sede episcopal frente a Santiago, Toledo, Sevilla o Tarragona, ciudades con mayor tradición.

En su posterior defensa escrita, los falsificadores señalan como principal motivación la orden de Fernando VI que llamaba a los ilustrados a viajar por la Península recogiendo documentos y evidencias materiales para crear la Historia General de España. Medina Conde llegó a sentenciar que fue directamente la disposición del monarca lo que les llevó a actuar. “Esta sabia providencia de la Real Academia motivó en realidad de verdad, haciendo justicia, toda la Invención de la Alcazaba”38. Cierto es, como ya se ha tratado en el apartado del contexto, que estas falsificaciones se enmarcan en el momento preciso en el que la historia se pone al servicio de la política y el conocimiento del pasado histórico no es un fin en sí mismo sino un medio para alcanzar otros objetivos de carácter político y económico, y que cuando la crítica basada en la ciencia chocaba con los intereses del poder ésta no se tenía en cuenta y se procedía a “corregir” la historia.39 Media Conde escribiría luego en lo que respecta a esta cuestión; “por los monumentos, no hay duda, se corrigen las historias, y se han corregido siempre. Los plomos confirman las tradiciones de la iglesia Iliberritana”40

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