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Un sacerdote exhibe la pequeña imagen de la virgen la imagen en el Santuario de Nuestra Señora Aparecida, la patrona de Brasil, en su festividad el 12 de octubre, que atrae centenares de miles de peregrinos católicos. El arzobispo local, Orlando Brandes, dijo que la patrona negra de Brasil «derrotará s los dragones del odio, de las mentiras, del desempleo y del hambre», en una referencia a los males dejados por el gobierno de Jair Bolsonaro. © Thiago Leon / Santuario Nacional-FotosPúblicas

[Brasil] Fractura religiosa en Brasil se suma a la de clases y a la territorial

La división religiosa, que se suma a la de clases y territorial, se acentuó en la actual campaña electoral en Brasil, al oponer a católicos y evangélicos en el apoyo a los dos candidatos a la presidencia en la segunda vuelta electoral, el 30 de octubre, informa Mario Osava (IPS) desde Río de Janeiro.

Mientras el presidente Jair Bolsonaro aventaja al exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva por 63 por ciento a 31 por ciento entre los fieles de las diferentes confesiones evangélicas, la preferencia se invierte, 34 a 60 por ciento entre los católicos, según el último sondeo del Instituto Inteligencia en Encuestas y Consultoría Estratégica (Ipec), divulgado el 10 de octubre 2022.

Otros institutos demoscópicos registraron cifras similares en sus encuestas después de la primera vuelta electoral del 2 de octubre. Es el caso de Datafolha, con 62 a 31 por ciento entre los evangélicos a favor de Bolsonaro y 55 a 38 por ciento entre los católicos en que gana Lula, una ventaja muy inferior a la apuntada por Ipec.

Según Datafolha, 53 por ciento de los electores brasileños declararon ser católicos y 27 por ciento evangélicos, diferencia que explicaría el triunfo de Lula por 53 por ciento a 47 por ciento entre los entrevistados por ese instituto entre 5 y 7 de octubre.

En la primera vuelta, el 2 de octubre, el izquierdista Lula obtuvo 48,43 por ciento de los votos válidos, contra 43,2 por ciento del presidente, lo que significa 6,18 millones de votos de ventaja.

El presidente ultraderechista Jair Bolsonaro intentó aprovechar dos multitudinarios acontecimientos católicos para mejorar su votación dentro de los fieles de esa corriente religiosa, pero terminó cosechando mucho rechazo por su permanente uso político de la religión.

Duplicidad religiosa

«Necesitamos una identidad religiosa. O somos evangélicos o somos católicos», reaccionó el arzobispo católico de Aparecida, Orlando Brandes, al comentar la intención del presidente de participar en los actos religiosos de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora Aparecida, la patrona de Brasil, el 12 de octubre.

Bolsonaro se mantiene formalmente como católico, pero se bautizó por el rito evangélico en 2016, en un acto netamente electoral, en el río Jordán, en Israel, en una ceremonia celebrada por el pastor Everaldo Pereira, un ultraconservador líder de la iglesia Asamblea de Dios y presidente del Partido Social Cristiano, quien estuvo diez meses preso por corrupción entre 2020 y 2021.

Además son evangélicos los tres hijos de Bolsonaro dedicados a la política, un senador, un diputado y un concejal de Río de Janeiro, y también su mujer, Michelle Bolsonaro, con quien se casó en 2007. Pero el presidente mantiene la ambigüedad sobre su fe, para tratar de pescar votos en las dos mayores religiones en Brasil.

El arzobispo Brandes dejó clara su oposición a la maniobra política de Bolsonaro. «María venció el dragón. Tenemos muchos dragones que ella derrotará: el del odio, de la mentira, del desempleo, del hambre y la incredulidad», dijo en su homilía en la celebración matinal de la festividad.

María, madre de Jesucristo, asumió la imagen de una mujer negra en Aparecida, una ciudad de 36.000 habitantes a 180 kilómetros de la sureña metrópoli de São Paulo, debido a una pequeña escultura encontrada por pescadores en el río aledaño en 1717.

La veneración de los católicos a la Aparecida atrae centenares de miles de peregrinos cada 12 de octubre.

Odio y mentira son elementos permanentes no solo en la campaña electoral, sino también durante toda la gestión de Bolsonaro, iniciada el primer día de 2019. Los medios brasileños citan continuamente un «gabinete del odio» que operaría dentro del Palacio del Planalto, sede de la presidencia en Brasilia.

En las celebraciones vespertinas del 12 de octubre, Bolsonaro, acompañado de algunos políticos y decenas de partidarios, participó en una misa católica. Su presencia provocó aplausos y abucheos dentro de la Basílica y tumultos afuera, con intentos de agresión a una persona vestida de rojo, color del Partido de los Trabajadores (PT), de Lula, y a periodistas.

Religión como arma política

«No es día de pedir votos, sino de pedir bendiciones», protestó después el padre Camilo Junior, quien celebró esa misa.

Cuatro días antes, el sábado 8 de octubre, Bolsonaro ya había intentado aprovechar también la procesión del Cirio de Nazareth, un conjunto de romerías por el río y calles que reúnen millones de personas en Belém, capital del norteño estado de Pará, en la la región de la Amazonia Oriental. Se trata de una gran ciudad, de 1,5 millones de habitantes.

El arzobispo local, Alberto Corrêa, frustró el intento con un comunicado previo de que «no hubo por parte de la arquidiócesis, ni de la dirección de la fiesta de Nazareth, ninguna invitación a cualquier autoridad de ámbito municipal, provincial o federal».

Bolsonaro estuvo presente, pero restringido a la embarcación de la Marina que transportó la imagen de Nuestra Señora de Nazareth.

Lula se resiste a mezclar religión y política, por eso no concurre a tales eventos en que estaría más acorde, por ser reconocidamente católico. Pero ante la aparente erosión de su reputación entre los evangélicos, su equipo prepara una carta a ese sector del electorado.

Bolsonaro y los suyos despliegan una intensa campaña de difamación del expresidente por las redes sociales. Elegido, cerraría las iglesias y perseguiría religiosos como ocurre en Nicaragua dicen algunos mensajes bolsonaristas. Lula tendría un «pacto con el demonio» y acuerdos con la principal banda del narcotráfico, dicen otros.

La respuesta de su equipo es que, durante sus ocho años de gobierno (2003-2010) Lula nunca atacó a las iglesias de cualquier confesión y apoyó y firmó la ley de libertad religiosa.

Una encuesta del Datafolha apuntó que 48 por ciento de sus entrevistados dijeron que las cuestiones religiosas sí influyen en sus votos y 34 por ciento separan las dos dimensiones.

Oleada de mentiras

Pero la guerra digital, azuzada principalmente con el moralismo religioso, es una actividad permanente de la extrema derecha desde las elecciones de octubre de 2018 en que triunfó Bolsonaro, y que se mueve sobre todo en las redes y plataformas digitales.

Un supuesto «kit gay», con materiales didácticos que los gobiernos del PT estarían usando en las escuelas para diseminar el homosexualismo, y un biberón en forma de pene para la sexualización precoz de la niñez, fueron las mentiras que sobresalieron entre las noticias falsas de aquella campaña electoral.

El electorado evangélico, al parecer, cree más en tales absurdos por su moralismo rígido y por identificarse con el bolsonarismo. Frecuentan sus iglesias tres veces más que los católicos, según estudios, y están más cercanos a los pastores que, en buena parte, secundan la política ultraderechista.

Lula y el PT, en cambio, tienden al catolicismo progresista que tuvo un papel importante en la misma fundación del partido en 1980, y cuya iglesia de base ha tenido una gran impronta social en este país, el mayor y más poblado de América Latina.

De esa forma, la polarización entre Bolsonaro y Lula se extiende a las religiones, aunque hay sectores progresistas entre los evangélicos y ultraconservadores entre los católicos.

Pero un factor importante es que las iglesias evangélicas están en auge en Brasil, duplicaron sus fieles en las dos últimas décadas y los demógrafos estiman que alcanzarán la mayoría antes de 2050, en desmedro del catolicismo.

Por eso las elecciones del 30 de octubre, además de elegir el presidente de Brasil y doce gobernadores de estados (los otros quince fueron elegidos en la primera vuelta), podrán dictar el futuro de las religiones.

Una reelección de Bolsonaro no significaría un nuevo impulso al crecimiento de los evangélicos. Los efectos no son directos. Reacciones aisladas de fieles y algunos pastores indican ya cierto cansancio por la excesiva politización de las iglesias.

La estrecha vinculación al gobierno actual, un desastre administrativo y en la gestión de la pandemia de COVID-19, con más de 680.000 muertes, puede interrumpir el auge evangélico o reducir su ritmo.

Las Fuerzas Armadas, por ejemplo, otro componente clave del gobierno actual, sufrió pérdidas en la confianza de la población, según el Instituto Ipsos. Bajó de 35 por ciento en 2021 a 30 por ciento en 2022, mientras el promedio mundial es de 41 por ciento. La desconfianza subió de 26 a 34 por ciento, en lo que se adjudica a su vinculación con el bolsonarismo.

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