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A Dios rogando y con el mazo dando

Peor hubiera sido la bota malaya, aquel engendro que aprisionaba los pies y les encogía su tamaño como si el torturado se convirtiera en una involuntaria geisha repentina. La sierra funcionaba bien con los genitales y hubo tiempos en los que no faltaba ninguna cabra en los calabozos para que arrancase la piel de los cautivos, convenientemente untadas sus extremidades de grasa y sal.
La hoguera era expeditiva aunque no se sabe muy bien si garantizaba que el alma de los condenados a muerte se pudriría en los infiernos o se salvaría de ellos. La literatura oficial difiere en ese ámbito científico. Lo cierto es que, sin embargo, dejaba un cierto tufo a carne quemada.

¿Y qué decir del potro, que sigue utilizándose en los parques temáticos de las dictaduras y en las cloacas de alguna democracia? Ay, sin embargo, aquellos tiempos sin prisas en los que era posible colocarle una capucha al ajusticiable, aprisionarle y someterle a un largo goteo de agua bajo el que, al a larga, sucumbía a la locura o a la muerte.

A la Inquisición debemos avances de la medicina como el sangrado, que se aplicaba especialmente a las brujas para que dejaran escapar su magia negra. El cepo, la garrucha, la turca, el yelmo o el brasero. Qué nombres tan evocadores.

No somos nada. Hoy día, a los herejes y a los laicos sólo les mandan simples antidisturbios para hacerles desistir de su error y devolverles al camino, a la verdad y a la vida, sin que sus marchas puedan restarle brillantez al desfile del papamóvil. Hemos tenido suerte o quizá no tanto. Tal vez es que ya no necesiten de la tortura para imponer el temor de Dios a propios y a extraños.

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