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Visita papal

«Del Gobierno, por muy aconfesional que se declare, el Papa no tendría por qué tener queja ninguna»

Parece que el Papa estaba enfadado con nosotros porque en su reciente visita a Santiago de Compostela y Barcelona nos echó en cara que en España «había nacido un anticlericalismo y una laicidad fuertes y agresivas como se vivió en la década de los años treinta». De la de los cuarenta no habló. Para una visita de buena amistad, estas palabras y otras nos han dejado un poco perplejos.
Dios nos libre de dar consejos al Papa pero entendemos que cuando nuestras acciones no alcanzan los resultados que esperábamos, cuando el número de clientes o, como en este caso, el de fieles disminuye a ojos vista, lo habitual, como se hace en cualquier empresa, es preguntarse qué ha ocurrido e investigar sobre los motivos que pueden haber provocado esta disminución, sea en ventas, sea en apoyos, que ha abreviado considerablemente el número de fieles al producto, o a las creencias, que tan inamovible parecía.
Si España es más laica, que lo es, tal vez se deba en parte -por mínima que sea- al papel que la Iglesia jugó en el golpe de Estado y en la dictadura, por ejemplo; o al comportamiento financiero o de cualquier otro tipo de algunos clérigos que se han conocido en España en los últimos años; o a la contradicción que supone que sea la Iglesia la mayor poseedora de bienes inmuebles del país (o esa cena 'íntima' de despedida del Papa y su numerosa escolta en Barcelona acompañado de cien obispos y cardenales, como ejemplo de su nivel de vida) y al mismo tiempo predica la doctrina de Cristo donde prima la pobreza hasta extremos desconocidos por la Iglesia. O simplemente porque, cristianos o no, somos partidarios de la separación de la Iglesia y el Estado y entendemos que los derechos humanos son los mismos para los homosexuales que para los heterosexuales, que la familia es una unión de seres que puede no ser patriarcal y que la igualdad entre el hombre y la mujer es irrenunciable, por poner unos pocos ejemplos.
Esto en cuanto a la ciudadanía. Porque en lo que se refiere al Gobierno, por aconfesional que se declare, el Papa no tendría por qué tener queja ninguna. Ha subido un 34% la asignación de la casilla católica del IRPF; ha renunciado a la reforma de la Ley de Libertad Religiosa de su programa electoral; se ha gastado varios millones del erario en esta visita papal de unas pocas horas; financia la enseñanza de la religión en la escuela pública; la única partida que no ha recortado en los Presupuestos Generales del Estado es la de la Iglesia, a la que todos los años le llegan cientos de millones de las arcas públicas, y mantiene un Concordato con la Santa Sede que es preconstitucional, donde lo único que no se ha cumplido es el apartado en el que el Vaticano prometía autofinanciarse.
El país será «de una laicidad fuerte y agresiva» pero, a la vista está, su Gobierno no.
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