ZP faltó a misa

La moderna derecha política valenciana-poco se sabe de ello-tuvo por fundador a una personalidad señalada: Luis Lucia Lucia. (No confundir con Luis Lucia Mingarro, su hijo, importante hombre del cine de posguerra, entre los años cuarenta y hasta los primeros setenta, que descubrió y dirigió nada menos que a Marisol, a Rocío Dúrcal y a Ana Belén).

Decía que el padre, que es quien aquí interesa, aun viniendo del carlismo, evolucionó hacia la política democrática y fundó la Derecha Regional Valenciana, una potente formación partidaria que estuvo en el embrión de la no menos potente CEDA de Gil Robles. A medida que Gil Robles se 'fascistizaba', Luis Lucia se hacía más y más demócrata, al punto que se distanciaron. Cuando llegó el 18 de julio de 1936, Luis Lucia, un hombre de derechas, leal a las instituciones legales y democráticas, expresó su adhesión al Gobierno legalmente constituido, al republicano. Ello le valió pronto una sentencia de muerte por el Gobierno franquista, sustituida tras muchas presiones eclesiásticas por un destierro en las Baleares. Allí murió en 1943.

La derecha política valenciana actual no se destaca precisamente por las condiciones de su predecesor. Presume desde hace años de ser martillo de herejes y látigo de izquierdistas, aprovechando una mayoría absoluta que la sempiterna división e incapacidad del campo enemigo–socialistas, sobre todo, comunistas y nacionalistas de ese cariz–le proporcionan. No ha sorprendido entonces que ese Gobierno, precisamente, haya dispuesto sus cuantiosos medios para propiciar una visita del Santo Padre, ahora que tan turbias bajan las aguas del catolicismo de aspiración cuasiestatal en tiempos del laico y laicista ZP. Y allí que montaron una gran eucaristía para reafirmar la única familia posible, la de papá y mamá. Y lo hicieron en la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, que para algo ha de servir, además de para rodar anuncios de coches, semejante mausoleo de recursos públicos, adornado por el arquitecto internacional y local de origen, Santiago Calatrava.

En un artículo de tono religioso–social como es éste, viene bien afirmar un 'mea culpa'. Pensé que el ZP radical, dispuesto a cambiar leyes intocables para acomodarlas al ritmo de los tiempos–casamiento de homosexuales, divorcio sin trabas, cuestionamiento de privilegios eclesiásticos–, acabaría siendo un subterfugio para no tocar el status quo social, económico y político. Ciertamente, ZP no ha socializado la riqueza ni metido mano a los indecentes beneficios anuales de los bancos–no vive en el País de las Maravillas, como dicen, sino en un Estado capitalista o 'social de derecho'–, pero sí que es cierto que partió de un acuerdo sindical-patronal, o que acaba de sacar adelante una Ley de Dependencia que no es moco de pavo. Por no hablar del meneo estatutario, que da vértigo al más audaz –a mí mismo– y que amenaza con la deconstrucción del viejo país con una eclosión de demandas bilaterales que bien mereciera una hoja de ruta o un plano de situación para ver dónde quiere llegar el hacedor cuando todas las nacionalidades y regiones (menos la vasca; ¡hasta ahí podríamos llegar!) tengan satisfechas ya sus necesidades.

ZP es el primer político posmoderno de este país. Su capacidad no consiste tanto en diseñar escenarios como en incorporarse a los que se producen y proporcionarles su sesgo. Interesante será verlo todo al final, donde sólo parece posible el más enorme destartale o, esperemos, la más histórica de las revoluciones pacíficas de las pocas veces vividas en este agitado lugar. Y dejo lo de la posible y querida pacificación, porque eso ya le alcanza a los altares. Lejos de quedarse sólo en el talante y las formas, digo, ZP se está metiendo en harinas ante las que no cabe sino descubrirse, si todo sale medianamente bien, como se espera.

La cosa es que ZP faltó a misa, ¡y era misa papal! Cumplió la dimensión política: Benedicto XVI es un jefe de Estado y él un primer ministro. Se reunió con él y repasaron el estado de cosas, encontrando a un Joseph Alois Ratzinger bastante más comedido y con bastante más cintura que sus subordinados locales, los obispos. ZP envió a un acto estrictamente religioso –¿o era otra cosa?– a su ministro de Exteriores, que lleva la relación diplomática, y al de Justicia, de quien dependen los asuntos religiosos del Estado. Y cumplió como gobernante de un país donde, a pesar del Concordato y de la redacción constitucional ad hoc del artículo referido a la relación Iglesia-Estado: sin religión pero reconociendo la dimensión de la mayoritaria (en un tiempo, larguísimo, la única posible), la realidad y las leyes evolucionan hacia una situación no confesional y, a la postre, auténticamente laica. O al menos a eso aspira un trozo de país, al que uno se apunta. Un país en donde se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, como dicen que señaló la segunda persona de la Santísima Trinidad en sus años mortales. Un país donde la laicidad no sea el rechazo de nada, y menos de la religión de cada uno y de todos juntos, sino un espacio real de encuentro entre los que creen y los que no lo hacen, pero viven el mismo trozo de mundo.

Más allá de su condición y obligación de gobernante de un país que separa esos dos ámbitos tan fundamentales, y que remite a uno y otro a su justo y preciso lugar, ZP puede pensar en términos religiosos como quiera, que no me interesa, puede casarse por la Iglesia o por el rito maorí, llevar a las niñas a la comunión o remangarse el pantalón izquierdo hasta la rodilla y participar de ceremonias masónicas.

No lo ha creído así Acebes, alcalde de Ávila en su tiempo, expresión de la España cañí, que ha tomado esta ausencia por una «falta de modales pésima». Acebes no sabe quién era Luis Lucia Lucia, ni le interesa, ni falta que hace.

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