Zapatero exhibe sus diferencias con el Papa para ayudar al PSC

El líder del PSOE presenta a Montilla como el garante de la convivencia social

José Luis Rodríguez Zapatero regresó ayer a Catalunya una semana después de haber despedido en el aeropuerto de El Prat al papa Benedicto XVI. Ese día, el presidente del Gobierno, a diferencia de José Montilla, que incluso se puso una corbata amarilla en homenaje a la bandera vaticana, no participó en ninguno de los actos organizados con motivo de la visita del Pontífice. Zapatero se limitó a despedirlo en tanto que el Papa es un jefe de Estado, pero no asistió a ceremonias como la de la consagración de la Sagrada Família. Una decisión controvertida para algunos pero que ayer se convirtió en anzuelo para los votantes progresistas, muchos de ellos socialistas desencantados, que, puestos a elegir, prefieren la campaña del Jo no t'espero a la púrpura eclesiástica. «¿Qué quieren Duran y Rajoy, que hagamos las leyes que quiere el Papa? No, porque aquí se hacen las leyes que quiere el Parlamento y el país», proclamó ante el entusiasmo de los 2.000 asistentes que le aclamaron en Viladecans.

A pesar de tener guardada en un cajón la ley de libertad religiosa, Zapatero prosiguió: «Ya está bien, han tenido décadas de aceptación, de leyes y códigos de conducta, de una forma de ver la religión, cuando lo que quiere la mayoría de los ciudadanos es ser libres, porque la moral se la impone cada uno». Vamos que solo le faltó presumir de no pisar nunca una iglesia, como acostumbraba a decir el que fue presidente del PSOE Ramón Rubial.

Los aplausos que levantó ayer el líder socialista evidenciaron dos cosas. La primera es que el corazón socialista, situado en el Baix Llobregat, todavía late con fuerza por el PSOE y de paso por el PSC. En las últimas autonómicas, los socialistas solo consiguieron ser el primer partido en el Baix Llobregat, el Vallès Occidental y el Barcelonès. Y segunda constatación: más allá de las «diferencias», como las definió José Montilla, el PSOE está dispuesto a arrimar el hombro para «dar la sorpresa» en unas elecciones «históricas» (Zapatero dixit). O por lo menos intentará que la derrota sea menos amarga. «Catalunya es progresista y merece un presidente progresista» argumentó en coherencia con el discurso del todavía president: «No quiero un país de izquierdas gobernado por la derecha».

A POR MAS Y RAJOY / Zapatero expresó su «orgullo» por el trabajo realizado conjuntamente por el Gobierno del PSOE y Montilla (para bien o para bien, en los mítines socialistas ya nadie se acuerda del tripartito), e incorporó a su larga intervención uno de los argumentos más utilizados por el PSC: el de que ningún otro partido representa mejor la pluralidad de la sociedad del país. «Es un partido forjado por personas venidas del resto de España y que aman a Catalunya». Un argumento a medida del respetable que ayer lo escuchaba. «¿Qué hubiese sido de la convivencia después de escuchar las propuestas de la derecha?». Y seguidamente acusó al PP de azuzar la xenofobia. «Lo más denigrante en la vida pública», lamentó. Al PP también le reprochó que ahora su líder se pasee por Catalunya como si nada después de «todo lo que ha hecho». Al presidente de los populares, que se ha olvidado del Estatut porque ni lo menta, le pidió que solemnemente se comprometa a que «nunca más» va a utilizar el sentimiento catalán para arañar votos en el resto de España.

El ataque a Rajoy era también una bofetada a Mas, puesto que Zapatero le instó a desmarcarse de los populares mientras estos no hagan propósito de enmienda público. A Mas también le afeó que se aferre a un proyecto «endogámico y encerrado sin mirar fuera» cuando para salir de la crisis se necesitan también respuestas globales. Aunque la última reunión del G-20 no pasase de las declaraciones de intenciones.

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