Zapatero comienza a despertar animadversión en el Vaticano

Algo así le está comenzando a pasar al presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, a juzgar por las reacciones críticas es esta última semana de importantes prelados (como el cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia -y sólo un desconocedor absoluto de la Curia Romana ignoraría la importancia que a este dicasterio concede Juan Pablo II-), o del diario Avvenire, estrechamente vinculado a la Conferencia Episcopal Italiana, cuyo presidente es el cardenal Camillo Ruini, vicario general de Roma: esto es, el obispo en quien el Papa delega el gobierno ordinario de su diócesis, ejemplo y piedra de toque para todas las demás del mundo.

   Ya se ha hecho tópico citar la carta que en 1955 dirigió Franco al general Juan Domingo Perón, presidente de Argentina, que se encontraba en graves problemas con la Iglesia. Vino a transmitirle la expresión quijotesca de "con la Iglesia hemos topado", y le explicó unas dosis de política práctica: "En una pugna con la Iglesia, el Estado tiene todas las de perder, porque las situaciones políticas son mudables, en tanto que la Iglesia es permanente; además el ámbito de la Iglesia llega al plano de las conciencias, donde no alcanza la voluntad del Estado". Perón no le hizo caso, y fue expulsado del poder a las pocas semanas de agudizar su enfrentamiento con la Iglesia.
   No es cosa de que el secretario general del PSOE acepte consejos de Franco, pero sí de su predecesor socialista Felipe González, quien, pese a que ahora, cuando no tiene responsabilidades ejecutivas, le echa un cable a Zapatero y critica a "los obispos", en su día supo avanzar y parar la máquina laicista según conviniese en cada momento para no ponerse a la opinión pública católica en contra. Duró 14 años en el poder.
   Rodríguez Zapatero no va por ese camino, y su programa de Gobierno parece haberse reducido a materias que, con mayor o menor demanda social, son aptas para hacer reaccionar a dicha opinión, bastante más fuerte de lo que sospechan en La Moncloa. Divorcio exprés, matrimonio homosexual, adopción de niños por homosexuales, investigación con células madre embrionarias, legalización de la eutanasia, acoso a la enseñanza de la religión católica en la escuela, aborto libre en las doce primeras semanas, denuncia de los Acuerdos del Estado con la Santa Sede, amenazas de cambio en el sistema de complemento a la financiación de la Iglesia vía IRPF…
   Es todo un programa laicista que se anuncia a desarrollar en un breve periodo de tiempo, sin que nadie haya detectado esa urgencia en la sociedad española, pese a que el Ejecutivo presume de contar con su apoyo mayoritario. En consecuencia, en el Vaticano comienzan a ver al Gobierno español con muy malos ojos, y una cosa es que Rodríguez Zapatero menosprecie a su propia opinión pública católica, y otra muy distinta es que lo hagan con la suya otros Gobiernos que mantienen unas excelentes relaciones con la Santa Sede. Es ahí donde la mala imagen diplomática juega muy malas pasadas, que políticos poco avezados, e infantilmente divertidos haciendo ostentación de anticlericalismo, no perciben hasta que comienzan a notarse sus efectos.
   El durísimo artículo de Giuseppe Savagnone el martes pasado en la portada del influyente diario italiano Avvenire, donde poco se publica que no responda a las inclinaciones del cardenal Ruini (mano derecha del Papa en su diócesis), debería preocupar en La Moncloa.
   Que en pleno 2004 alguien titule, en una primera plana, "Subversión en España", ya debería ser preocupante para nuestro embajador ante el Vaticano, Jorge Dezcallar, por la imagen que crea. Ten preocupante como el subtítulo: "La obsesión nihilista de Zapatero".
   Se llega a hablar incluso de suicidio de la identidad española. "El problema", dice el autor, "no afecta tanto a la Iglesia como a la sociedad civil y al Estado español. Un pueblo tiene una identidad propia en una cultura que ha sedimentado a lo largo de siglos intensos e importantes, y en las características que hoy día sirven tanto para unirlo como para distinguirlo de otros pueblos. El intento de que las instituciones sean asépticas, aun con el noble objeto de respetar la libertad de opinión y de actuación de todos, conduce directamente al suicidio de esta identidad".
   Pocos días después, el cardenal López Trujillo, en declaraciones a Radio Vaticana, y con ocasión de la futura equiparación de las uniones homosexuales al matrimonio, lanzaba duras críticas al Gobierno español, considerando que "en este proyecto del ley nada queda de la definición de matrimonio" y que lo que se presenta "como una conquista de la modernidad y la democracia, en realidad representa la caída en una profunda deshumanización". Se trata de "un paso amargo", concluía.
   La Santa Sede lanza sus advertencias. Cuando lo hizo Pío XII contra el comunismo, Stalin se carcajeó, preguntando jocosamente "cuántas divisiones tiene el Papa". Pero el Papa sigue allí, y la Unión Soviética hace ya quince años que es historia. Para alivio general, por cierto.

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