Yo tampoco soy Charlie (en este momento)

No estoy completamente seguro de por qué, pero cuando estaba viendo las imágenes del asedio y el asalto a la imprenta de la zona industrial de Dammartin-en-Goele, en donde los dos hermanos se habían atrincherado, mi razón no estaba con los policías, sino con ellos; tampoco es que estuviese exactamente con ellos, pero comprendía perfectamente la causa de su odio, de su rabia y de su ira suicida; no las evidentes y zafias razones de los jeques saudíes, ni la de los generales paquistaníes o los imanes y falsos profetas del Islam que se benefician de esa rabia, de esa ira y de esa frustración, sino de esa rabia y esa ira y esa frustración que lleva a dos muchachos de los banlieues del rap a la yihad, de la música airada al asesinato y a la inmolación… Y cuando digo mi razón, es mi parte más racional, no estoy hablando del corazón ni de la emociones (rechazo por sistema las emociones cuando trato de lo real en lo real, sin literatura; la literatura es otra cosa, es otra forma de decir el mundo).

Luego, viendo a los líderes europeos, a Rajoy, con Merkel, Cameron, Netanyahu, el fiscal general de los Estados Unidos, Sarkozy y Hollande, y toda esa patulea, encabezando una manifestación de gentes sumisas y silenciosas, que teniéndolos ahí delante de ellos, no les pedían ni siquiera cuentas de sus responsabilidades en los hechos (y son muchas las que acumulan, aún más que la de los imanes y falsos profetas, o que la de los generales paquistaníes y la de los jeques saudíes); o leyendo las deslenguadas declaraciones de ese estéril provocador que es Michel Houellebecq (huido) y otras aún más estériles y estúpidas de epatantes provocadores, oportunistas de andar por casa, en la prensa de derechas y de izquierda (¡qué sospechosa unanimidad!), y esa indignada cantidad de exhibiciones de limpieza de sangre cultural, tan etnocentristas y democráticas que daban ganas de vomitar, de una buena parte de los voceros mediáticos de la tolerancia y de la libertad de expresión, babeando con eso de Yo soy Charlie; y escuchando a mi alrededor los comentarios de bar de algunos compañeros míos, por lo general, competentes e inteligentes voces de la izquierda cultural, social y política, víctimas colaterales de esa ola mediática tan calculadamente emocional (como sucedió con el 11S, primero, y con el 11M, después); me he reafirmado en ese primer posicionamiento de mi razón ante lo que estaba pasando en esa imprenta francesa, como ante lo que había pasado ya en España, multiplicado por diez al menos, hace unos años, o en Londres, luego, y en el resto del mundo occidental, desde el 11S.

Qué crédulos y fáciles somos, qué olvidadizos, y que fácilmente se nos maneja a través de las emociones. Cómo soportar estar junto a gente como Merkel, Cameron, Rajoy, Netanyahu, Sarkozy, Hollande, el fiscal general de los Estados Unidos y demás dictadorzuelos que les acompañaban, sin pedirles cuenta de su complicidad con las causas y decisiones que han coadyuvado a transformar la música en asesinato en los suburbios de medio mundo.

Yo no soy Charlie (en estos momentos) no sólo por las razones que esboza David Brooks en su artículo del New York Times, reproducido por el diario El País del 9 de enero; pues resulta ridícula y sospechosa la solidaridad y la vindicación de la libertad de prensa de aquellos que jamás hubiesen permitido un Charlie Hebdo en su seno, como es el caso de los Estados Unidos de América, sin ir más lejos (y no digamos de la Rusia de Putin, de la Turquía de Erdogan, del Egipto de los generales golpistas o del Mali de Keita, presentes en la cabecera de la gran manifestación); o de quienes, como Rajoy, nos han cercenado las libertades públicas con una ley mordaza inaceptable y quienes pretendían imputar a Facu Díaz por esa cariñosa caricatura acerca de la disolución del PP en la sección de humor de La Tuerka. Yo no soy Charlie tampoco sólo por las razones que esgrime Víctor Lapuente Giné en ese mismo diario, El País, del día siguiente, el 10 de enero; en el que se pregunta por esa arbitrariedad que nos lleva a sostener el derecho al insulto en unos casos sí y en otros no; y que aboga, como Brooks y otros, por una madura y sensata autorregulación en el insulto a grupos culturales y religiosos. Las causas por las que no soy Charlie y por las que mi razón comprendía las razones de esos dos hermanos en ese momento del asedio, son fundamentalmente causas materiales e históricas, esto es, radicalmente políticas; en la línea de las señaladas, en parte, por el profesor Jean-Pierre Filiu y por otros analistas especializados en este campo.

No es que Europa no tenga ninguna estrategia contra el terrorismo yihadista, como sostiene Filiu, es que no tiene, desde hace décadas, ningún plan ni estrategia geopolítica propias, más allá de un ciego seguidismo –autodestructivo, como se ha visto– de los intereses geopolíticos norteamericanos. Europa está literalmente en la inopia estratégica en este asunto de las relaciones con el Islam, como lo está en otros muchos asuntos que nos conciernen grave y vitalmente. Y esto es así desde la última posguerra mundial, en realidad, desde que nos agotamos en esas orgías caníbales que fueron las dos guerras mundiales (europeas en sentido estricto), que llevaron la devastación a medio planeta; desde entonces, nuestra única estrategia ha sido el disfrute ávido, ansioso y egoísta de los recursos.

Pero es más, esa voraz ceguera de las élites políticas y económicas europeas, y de sus pueblos, enfrascadas y enfrascados en la propia y ajena depredación y en su mórbida y ansiosa autosatisfacción, no sólo nos ha impedido ver crecer el monstruo, sino que lo ha cebado con sus políticas mediatizadas por el viejo imperialismo propio y el nuevo imperialismo trasatlántico, hacia afuera; y con la marginación sistémica de una gran parte de las poblaciones inmigrantes, hacia adentro.

Por eso, si debo ser algo, en este momento, yo sería –debería ser– los millones de víctimas que hemos causado en este mundo desde que decidimos que éramos los amos del mismo, desde que topamos con los “nuevos continentes” y los “mundos nuevos” y los quisimos nuestros; yo sería esos millones de víctimas que hemos causado desde aquel fatídico momento en que fray Bartolomé de las Casas y los que defendían la regulación moral en la conquista del Nuevo Mundo, en la Junta de Valladolid de 1550 y 1551, fueron derrotados por Ginés de Sepúlveda y por los sagrados intereses del Reino; y la conquista y la rapiña fueron bendecidas por nuestros monarcas, nuestros intelectuales y nuestros cardenales y obispos.

Yo sería –debería ser– las naciones indias que fueron exterminadas por los industriales del hierro y del ferrocarril, con sus colonos, en las inmensas llanuras norteamericanas; yo sería –debería ser– los pueblos africanos que esclavizamos y sometimos, que humillamos, violentamos con nuestro Dios y nuestras leyes y costumbres, que condenamos al destierro, a la enfermedad, o a las hambrunas y a la pobreza endémica.

Yo sería –debería ser– el patrimonio histórico y cultural robado y destruido de esos cientos de naciones y de pueblos expoliados por nuestra codicia; o los paisajes y los recursos naturales esquilmados y destruidos para siempre por nuestro insaciable apetito… Esos países enteros invadidos, devastados, desaparecidos de la faz de la tierra, y sus millones de desplazados, de refugiados y de hambrientos. Yo sería, en todo caso, todos ellos, pero así como no soy Charlie, en estos momentos, tampoco soy ellos, porque no tengo derecho a serlo, no tengo derecho a expropiarles lo último que les queda, su rabia, su santa ira, su frustración y su odio. Y comprendo; trato, al menos, de comprender (convencido, como estoy, de que mañana puedo ser yo la víctima ¿inocente? de su ira).

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