Yo no te espero

No recuerdo que ninguna de las visitas de Juan Pablo II a España se vieran acompañadas de polémicas semejantes a las suscitadas ahora, ante la próxima llegada a Valencia de Benedicto XVI.

Y podría pensarse que uno de los motivos del rechazo expresado por algunos sectores provenga tanto del despilfarro de dinero público que, sin más explicaciones de las autoridades valencianas, se va a emplear en este evento, como de las incomodidades que en los preparativos ocasionan a la ciudadanía. Es sólo es uno de los motivos. El otro, creo que proviene de la radicalización del discurso de la jerarquía católica en su intromisión en los asuntos de la sociedad laica y su insumisión ante la legitima representación democrática de los ciudadanos. Que Zapatero haya tenido que recordarle al Papa, siempre poniendo el respeto por delante, que ha sido elegido por millones de ciudadanos, es un claro síntoma de que o bien el Papa ignora lo que es un Estado democrático desde su monarquismo absoluto o bien no quiere acabar de entender que esto no es una república bananera.

Lo cierto es que la Iglesia respetada de la transición, con su mesurada postura, ha dado paso a una Iglesia más intransigente, que recordando la de la Cruzada reivindica libertad para ella y el trágala para los demás. De modo tal que el nuevo anticlericalismo, que pide apostasías y rechaza el Concordato, nace del nuevo clericalismo, si se puede llamar así al fundamentalismo de la Iglesia española actual. Y en ese estado de cosas, aparece lo que no había aparecido antes. Por ejemplo: los ciudadanos que en Internet han colocado una imitación de señales de tráfico con una mitra o un símbolo vaticano y debajo la leyenda: Jo no t´espere. Y que un grupo de devotos del Papa copien a sus detractores, y de paso fomenten su campaña, con el nombre de Su Santidad en la señal de tráfico y esta leyenda al pie: Jo si te espere. Es posible que todos tengamos que reflexionar ante fenómenos de acción-reacción como estos, pero lo que es indudable es que la Iglesia tendría que pensarse cuándo es ella la víctima y cuándo el verdugo o, mejor dicho, cuando por una cosa le viene la otra.

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