Yo discrimino, tú discriminas, todos discriminamos

Es por ignorancia, justifica el 62% de los entrevistados. El 50% culpa a las propias autoridades por esta situación -pero también a la familia y a la escuela- y el 41% opina que mucha de la culpa la tiene precisamente la religión.

Los temas del debate en México son hoy tan dispares como lo son las condiciones de vida de los mexicanos. Al mismo tiempo que debatimos intensamente sobre temas básicos como pobreza, seguridad pública o representación política, los espacios de denuncia se llenan de discusiones sobre temáticas, digamos, socialmente más sofisticadas como la preservación ecológica, los derechos de las personas homosexuales o de los no fumadores y hasta el asunto de la obesidad infantil.

Frente a los intentos de cambio social promovidos por ciertos grupos progresistas de nuestra sociedad, se desatan pasiones desproporcionadas de grupos conservadores que reaccionan como no lo habíamos visto en México desde mediados del siglo XIX: mientras en la capital del país se aprueba la interrupción voluntaria del embarazo, en más de la mitad de las leyes estatales se legisla para asentar constitucionalmente que la vida empieza en el momento de la concepción; mientras en el Distrito Federal se aceptan los matrimonios entre personas del mismo sexo, gobernadores del conservador Partido Acción Nacional tratan de interponer una controversia constitucional ante la Corte para que esos matrimonios no se tengan que reconocer como válidos en sus fueros.

En este ir y venir de las pasiones en los extremos, las minorías quedan atrapadas en el centro sin conseguir avanzar realmente hacia el reconocimiento cabal de sus derechos. Y quizá uno de los daños colaterales más preocupantes que está dejando tras de sí la guerra de vanidades que estamos viviendo en México es la evidente profundización de hechos discriminatorios hacia ciertos grupos de nuestra sociedad, fenómeno al que está contribuyendo de manera muy significativa la Iglesia Católica que, en aras de defender sus preceptos, no hace más que avivar el encono de unos contra otros y, de pasada, condenarnos a todos al infierno.

Ya en 2005 la primera encuesta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) daba cuenta del enorme rezago que había en la materia. En promedio 9 de cada 10 mujeres, discapacitados, indígenas, homosexuales, adultos mayores y pertenecientes a minorías religiosas opinaron entonces que en México existía discriminación por su condición, una discriminación no reconocida por la mayoría, pero ampliamente ratificada por actitudes y prejuicios manifestados en la misma encuesta.

Hoy, y según la encuesta que entregamos este lunes a elpais.com, uno de cada cuatro mexicanos reconoce que la discriminación ha aumentado desde entonces y un 36% más considera que sigue igual.

Es por ignorancia, justifica el 62% de los entrevistados. El 50% culpa a las propias autoridades por esta situación -pero también a la familia y a la escuela- y el 41% opina que mucha de la culpa la tiene precisamente la religión.

Hace unos días, en la Cámara de Diputados se aprobó una modificación constitucional que considera agregar un párrafo al artículo 40 de la Constitución para establecer la laicidad como uno de los cinco principios rectores del orden constituido.

Aunque originalmente el proyecto consideraba agregar un párrafo al artículo 108 de la Constitución especificando que las autoridades políticas federales, estatales y municipales deberían guiar su actuación respetando escrupulosamente y salvaguardando en todo momento, la separación entre asuntos políticos y religiosos, entre aquellos relativos al Estado y las iglesias, y entre creencias personales y la función pública, y se especificaba que el incumplimiento de esa obligación conllevaría responsabilidad en términos de la ley respectiva de los servidores públicos, presiones de la derecha y sus aliados de centro hicieron imposible esa modificación, por lo que los mexicanos hemos decidido constituirnos en una república laica, pero nuestros funcionarios públicos pueden actuar por razones de evidente contenido religioso para aceptar o no derechos de las minorías, y aquí no pasa nada.

Por lo visto en el México del siglo XXI seguiremos cargando con los prejuicios que nos impusieron los evangelizadores en el siglo XVI, y tanto las mujeres, como los indígenas, los homosexuales, y muchos otros tendremos que vivir sujetos a las discriminatorias leyes que dicta la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¡Que viva Torquemada!

Nota metodológica. Encuesta telefónica realizada el 18 de febrero, considerando 500 entrevistas a personas mayores de 18 años seleccionadas mediante un muestreo aleatorio simple sobre el listado de teléfonos del país. Con el 95% de confianza, el error estadístico máximo que podría esperarse es del +/- 4.5

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