Yihadismo, dignidad y mezquitas

Solo podemos avanzar hacia la interculturalidad si se garantiza la práctica de todas las religiones

La difusión de los informes de la Embajada de Estados Unidos, según los cuales Catalunya se estaba convirtiendo en el mayor centro del yihadismo de Europa, ha dado pie a interpretaciones dispares de las causas de la presencia de células o grupos favorables al terrorismo islámico y, sobre todo, de cómo debemos enfrentar la amenaza. Desde el PP de Catalunya, que tantos réditos ha obtenido agitando los miedos a la inmigración en boca de Xavier García Albiol, se ha acusado al PSC de haber permitido que Catalunya se haya convertido en lugar de asentamiento del islamismo radical. Anteriormente, el PP ya acusó a los gobiernos de CiU de favorecer que viniera inmigración musulmana, en lugar de latina, para fortalecer su estrategia nacionalista, algo totalmente falso dado que, si la inmigración marroquí se estableció aquí en los años 80, fue porque encontraba la puerta cerrada en La Jonquera para pasar Francia.

En la misma línea que García Albiol, Josep Anglada ha manifestado: «Desde Plataforma per Catalu-

nya ya veníamos advirtiendo desde hace ocho años que Catalunya se estaba convirtiendo en un nido del terrorismo yihadista». Pero si nos fijamos en los cables secretos filtrados, veremos que lo atribuyen a la existencia de una bolsa de inmigrantes «que viven al margen de la sociedad española, no hablan la lengua, a menudo están desempleados y tienen pocos lugares para practicar su religión con dignidad. Individualmente, estas circunstancias proporcionan un terreno fértil para el reclutamiento». Y precisamente PxC y el PP catalán no han apoyado las políticas de acogida desarrolladas por el Gobierno catalán ni tampoco las propuestas para la creación de mezquitas dignas que permitan cerrar los oratorios insalubres.

Anglada fue quien lideró el primer movimiento relevante surgido en Catalunya contra la construcción de una mezquita. Fue en Premià el año 2002, oponiéndose tanto a su construcción en el solar que los musulmanes habían adquirido en zona urbana, como a la permuta de terrenos que propuso el ayuntamiento con un solar alejado en una zona industrial. García Albiol hizo algo parecido a inicios del 2007, antes de las elecciones municipales.

Y es que una cosa es criticar la falta de libertades que hay en muchos países islámicos para practicar otros cultos o para permitir que un musulmán deje de serlo, y otra, poner objeciones en un país democrático a que los musulmanes puedan tener sus lugares de rezo. Sería como, amparándonos en el hecho de que no hay libertad de expresión allí, negar que disfruten de ella en Catalunya y en España.

Si los oratorios en bajos no cumplen las normativas de salubridad e insonorización establecidas por la ley de centros de culto, y además su marginación no ayuda a la normalización de su práctica, la única alternativa es permitir la apertura de nuevos. La cesión de suelo a 50 años que han realizado algunos ayuntamientos a colectivos islámicos -y también al Arzobispado de Barcelona, como es el caso de Cornellà- aprovechando planes de expansión urbanística, y en la mayoría de casos en terrenos no colindantes con viviendas, ha sido una manera de desencallar las dificultades para su ubicación. Y es que si no deseamos que el islam se siga practicando en lugares insalubres y que las nuevas mezquitas las controle Marruecos o, como la gran mezquita de Madrid, junto a la M-30, sean financiadas por Arabia Saudí, se debe facilitar a los colectivos musulmanes locales la cesión, compra o calificación de terrenos para que ellos puedan sufragar y levantar sus mezquitas. Otra cosa es que, dada la ubicación estratégica de Barcelona, sea un lugar propicio para que células terroristas establezcan cuarteles de invierno o puedan transferir fondos, pero esto se combate con la acción de los servicios de inteligencia, no criminalizando colectivos.

Es cierto que hay musulmanes que no desean avanzar hacia un escenario intercultural en el que el hijo o la hija de alguien nacido de padre musulmán, que se llame Ibrahim, o tal vez Barak Husein, tome la religión de su madre, o decida no tener ninguna. Pero solo podemos avanzar hacia una interculturalidad social y una verdadera laicidad si previamente se permite que las distintas creencias puedan practicarse con normalidad. La criminalización y perpetuar estereotipos, unido a las dificultades para acceder al mercado laboral, provocan que los recién llegados o los hijos de inmigrantes nacidos aquí se encierren en su mundo de origen. Es una evidencia que cada vez que se ha generado polémica por una alumna a quien le han negado el acceso con velo a la escuela, centenares de chicas y mujeres musulmanas que no lo llevaban han decidido ponérselo. Hoy en día es más común que una musulmana vaya a trabajar sin velo en Marruecos o el Líbano, o a tomar el sol en biquini en una piscina de Casablanca o de Beirut, a que lo haga una chica musulmana en Catalunya.

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