Yihadismo de baja intensidad

Francia y España han sido objetivos preferentes del terrorismo de inspiración yihadista en las últimas dos décadas. A nuestro vecino corresponde el mayor número de atentados, mientras que en nuestro país se han registrado el mayor número de víctimas. Los atentados del 11-M del 2004 en Madrid provocaron 194 muertes, mientras que los de Barcelona y Cambrils el 17-A del 2017 se saldaron con 16. El número de víctimas de este último hubiera sido mucho más elevado en el caso de que la explosión de Alcanar no hubiera truncado los planes iniciales del comando de Ripoll, que consistían en atentar contra la Sagrada Família o el Camp Nou.

Se distinguen, pues, dos fases expansivas del terrorismo yihadista en Europa en lo que llevamos del siglo XXI. La primera se inicia en el 2001 y está vinculada a la irrupción en escena de Al Qaeda, mientras que la segunda arranca en el 2014 y guarda una estrecha relación con la proclamación de un califato yihadista por el denominado Estado Islámico en Irak y Siria. Los periodos de declive de este tipo de terrorismo coinciden con la persecución de los movimientos yihadistas en sus países de origen y con la intensificación de la presión policial en el mundo occidental.

Hoy en día, nos encontramos en una fase de baja intensidad terrorista en la que los atentados son obra de ‘lobos solitarios’ o pequeños grupos unidos por vínculos familiares o por la misma procedencia, pero no por células durmientes con experiencia de combate que obedezcan órdenes del exterior. De ahí que su carácter sea más rudimentario y menos mortífero, ya que consisten en apuñalamientos y atropellamientos y no en atentados planificados contra grandes aglomeraciones de población.

Sin duda, esta situación se debe al declive del Estado Islámico, que ha pasado de una posición ofensiva en el pasado a una defensiva en el presente. Su capacidad movilizadora se ha resentido desde el 2014, cuando capturó Mosul y proclamó un seudocalifato en varias provincias de Siria e Irak. Hoy, dicho grupo ha sido derrotado y no conserva base territorial alguna, de tal manera que la prioridad sea garantizar su propia supervivencia. De ahí que las víctimas mortales de los atentados en Europa se hayan reducido drásticamente en estos últimos cinco años: 158 en el 2015, 132 en el 2016, 60 en el 2017, 13 en el 2018 y tan solo uno en lo que llevamos del 2019.

Otro factor clave que explica esta situación es la eficacia de los cuerpos y fuerzas de seguridad europeas, que han impedido numerosos atentados y detenido a cientos de potenciales yihadistas (687 en el 2015, 718 en el 2016, 705 en el 2017 y 511 en el 2018). Todo ello a pesar de que el proceso de radicalización se ha sofisticado y ya no depende solo de la participación de un agente de radicalización (suele ser un imán o un preso de orientación salafista), ya que la mayor parte de terroristas se autorradicaliza a través de las redes sociales.

Ignacio Álvarez-Ossorio

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