Y ahora dice Benedicto XVI que es una enfermedad

Este es el tercer artículo seguido que escribo sobre la Iglesia Católica y esto empieza a inquietarme por si me lo tengo que hacer mirar. Quizás me ocurra lo que no hace mucho denunciaba el Obispo de Tenerife sobre la provocación. El inefable Bernardo Álvarez, que así se llama el alto prelado, exculpaba a los sacerdotes pederastas porque “hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo (con los abusos sexuales) y además, deseándolo, incluso si te descuidas te provocan”. Yo pido, asimismo, la indulgencia de los lectores por caer en la tentación de las continuas provocaciones de la Iglesia.

Cuando lo pienso fríamente, trato de convencerme de que no merece la pena dedicarle tanta atención a lo que puedan decir unas personas que están ancladas en el pleistoceno. Pero una vez que estoy ya casi convencido, una simple imagen me disuade, me nubla el intelecto y decido hacer lo contrario de lo que llevaba pensado. En este caso, la imagen ha sido la de Benedicto XVI siendo recibido con todos los honores por la reina británica.

Resulta inconcebible para una mente medianamente formada la existencia, en pleno siglo XXI, de una Institución que mantiene posiciones en relación con el divorcio, el preservativo, la homosexualidad, la interrupción del embarazo o la investigación con células madre, tan fuera de la realidad, tan desprovista de sensibilidad o tan insolentemente irracional. Pero el hecho que nos ha de inquietar también es el reconocimiento que tiene esta Institución en la mayoría de los países supuestamente civilizados.

Cuando los jefes de Estado de estas naciones reciben con los más altos honores al que se hace llamar representante de Dios en la Tierra están contribuyendo a la perpetuación de todo aquello que realmente sí representa; el sometimiento al dogma, el culto a la irracionalidad, el desprecio por las formas democráticas y el freno a los avances sociales y científicos. Si estas ideas siguen teniendo eco entre una parte nada despreciable de la sociedad, que así sea porque están en su derecho, pero que no se les dé carta de naturaleza ni privilegie desde las instancias públicas.

Los Estados de los países avanzados del mundo deberían emanciparse definitivamente de las religiones y acordar líneas de actuación comunes frente a aquellos modelos de creencias dogmáticas, absurdas y anacrónicas que todavía sobreviven y, de esta forma, relegar al ámbito estrictamente privado a las instituciones cuyo protagonismo público es incompatible con un pensamiento moderno y desprovisto de atavismos ancestrales y de disparatadas supercherías. La hegemonía de la Iglesia Católica en la civilización occidental debe pasar a la historia. Que no se prolongue su vida artificialmente.

La última provocación, que por eso vuelvo a escribir sobre la Iglesia, son las declaraciones de Benedicto XVI sobre los sacerdotes pederastas. Ahora resulta que estos clérigos padecen “una enfermedad donde la libre voluntad no funciona” y que por ello “debemos encontrar el modo de protegerles contra sí mismos”. Hace falta cinismo para condenar al infierno durante cientos de años a decenas de millones de personas por atentar contra el sexto mandamiento -“no cometerás actos impuros de pensamiento, palabra u obra”- y salir a estas alturas diciendo que cuando ellos abusan sexualmente de un menor, aprovechándose de su estatus de autoridad, es porque están enfermos y no han actuado con libertad.

¡Pero cómo no va a estar enferma una persona que cree tener el poder de convertir un trozo de pan en el mismísimo dios o de perdonar las miserias de los demás para que gocen eternamente del cielo y, sin embargo, no puede mantener una simple relación sexual porque piensa que sería una forma de crucificar a dios, cuya atención está puesta sobre él, con los gravísimos problemas que tiene liados en el mundo, entre ellos el de la pederastia!

¿Y es ahora cuando se percatan de que están enfermos, cuando tienen que disculparlos por los crímenes perpetrados contra los niños que dejaban bajo su custodia y cuándo ya no han podido ocultar estos delitos por más tiempo? Pero que no se confundan, la raíz de la verdadera enfermedad, la cepa del virus que contagia a todos sus miembros está en el seno de la propia Iglesia y en tanto que no asuman esta evidencia no erradicarán nunca sus nefastas consecuencias.

Un recordatorio para Benedicto XVI de su representado: “El que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que le encajasen al cuello una rueda de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela; mejor te es entrar lisiado en la vida que con las dos manos ir al infierno, al fuego que no se apaga” (Marcos 9, 42-43)

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas

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