Vuelve la excomunión pública

El proceso para expulsar al ‘pare’ Manel es una rareza en la historia reciente de la Iglesia catalana El castigo que se le imponga podría ser temporal o revocado más adelante

Las excomuniones ya no son lo que eran. En el año 1345, el obispo de Vic, Galceran Sacosta, expulsó a todos los habitantes de Manresa de la Iglesia católica porque, empujados por la sequía y el hambre, se habían empeñado en horadar unos terrenos de su propiedad sin su consentimiento para construir una acequia que trajera agua del Llobregat hasta la población.

Los sacerdotes no podían oficiar bautizos, ni bodas ni entierros, así que, tras el calentón, el prelado no tardó en darse cuenta de que tenía que enmendar cuanto antes la tropelía que acababa de perpetrar. Cuenta la leyenda que una señal divina vino en su ayuda: un rayo procedente de la montaña de Montserrat iluminó el templo del Carmen. Y al obispo le faltó tiempo para levantar la excomunión. Desde entonces Manresa conmemora cada año la Festa de la Llum.

A diferencia de lo que ocurría en la edad media, en nuestro días las excomuniones en el seno de la Iglesia catalana son una rareza. Y las que trascienden públicamente todavía más. El sacerdote Manuel Pousa, el pare Manel, es el primer candidato que se enfrenta a ese castigo previsto en el código de Derecho Canónico del que se tiene constancia en décadas, al menos sin valerse de un peinado sistemático de los boletines oficiales de las diócesis.

Confianza

Pousa, encausado por haber confesado por partida doble, en una entrevista y en un libro, que ha costeado uno o más abortos en situaciones de extrema de necesidad, guarda silencio. Sandra Pardo, la vicepresidenta de la fundación que encabeza, insistió ayer en la tesis de que el clérigo está tranquilo porque confía en llegar a «entenderse» con el arzobispado, algo que el pare Manel ya vaticinó cuando se supo que el cardenal Sistach le había citado, y poder evitar «el último de los escenarios»: la expulsión del sacerdocio.

No queda claro a lo que refiere la dirigente de la fundación. Fuentes eclesiásticas creen que sus esperanzas están fundadas en que «dentro de unos meses, cuando haya menos ruido , la nota de su excomunión salga discretamente a la luz y que, transcurrido un tiempo, el arzobispo de Barcelona pueda levantar el castigo». O que la prohibición de tener responsabilidades en la Iglesia o de recibir los sacramentos sea temporal. De hecho las excomuniones no son eternas. No solo el obispo Sacosta, sino también Benedicto XVI, perdonando a los obispos ordenados por el cismático Marcel Lefebvre, ha aportado pruebas de ello.

Mientras llega el desenlace, el libro del pare Manel se vende como rosquillas, algo a lo que no es ajena la espada de Damocles que pende sobre su cabeza. La editorial anunció ayer que la primera edición se ha agotado en dos semanas.

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