Vuelta de tuerca a la francesa

Proclamo mi vocación de afrancesado a la antigua usanza y, consecuentemente, cualquier día de estos voy a solicitar la nacionalidad francesa. Es mi manera de mostrar mi agradecimiento a la France que nos está librando, alabado sea Zeus, del meapilismo militante y galopante de todos los populares europeos. Si no fuera por la saludable intransigencia laica de los franceses, ya estaríamos teniendo que confiar en Dios, como hace el dólar americano, y proclamándolo por escrito en la Constitución Europea.

Hace unos días, el novelista Javier Cercas se postulaba, como buen ex alumno de los maristas que no salió castrado de la prueba, como fundador de un club de anticlericales. Desde aquí me sumo a la iniciativa, reclamando la condición de socio de ese club y exhibiendo como mérito para el ingreso mi dura paideia marista, cuatro años de bachillerato bajo el pupilaje de los seguidores de Marcelino Champagnat.

Va a haber que volver a la antigua militancia. Nos hicieron creer que el anticlericalismo estaba pasado de moda y que, con respeto, se podía coexistir en paz. Pero en cuanto nos descuidamos, quieren meter el cristianismo en la Constitución Europea. Y eso, no. Como anticlerical a la manera de Cercas  reclamo el futuro, no el pasado. Y el futuro quiero pensar que son las sociedades plurales en las que las creencias, respetables mientras no se quieran imponer, han de quedar relegadas al ámbito de lo privado. ¿Que Europa fue cristiana? Bien, dejemos el pasado donde está. No es el momento de revisarlo, porque habría que hablar de cruzadas, de Inquisición, de piras erigidas a mayor gloria del fanatismo calvinista. Habría que pensar en Galileo, Giordano Bruno, Miguel Servet, Campanella y otros. Habría que recordar los arduos esfuerzos de la ciencia para abrirse camino frente a la cerrazón religiosa; la connivencia, cuando no la cooperación, con sanguinarias dictaduras y cosas semejantes. Dejémoslo así. Vamos a mirar hacia el futuro y no aticemos el ardor religioso que tantos incendios ha producido. Dejémoslo en el ámbito privado para evitar que el espacio público que hemos de ocupar creyentes y no creyentes, musulmanes, cristianos, budistas y animistas quede invadido por el ruido de inútiles disputas religiosas.

Es que te hacen ser anticlerical a la fuerza. Porque los que estamos deseando asomarnos al siglo XXI estamos viendo el regreso al pasado que se cierne como amenaza: ya es inminente la vuelta por la puerta grande de la catequesis religiosa a la escuela pública con todos los honores de asignatura evaluable, en nombre de la calidad en la enseñanza que propugna nuestro Gobierno.

No se puede poner en el mismo plano la lectura de Homero en clase de Literatura o Latín que la del Antiguo o el Nuevo Testamento en clase de Religión y supervisada por un comisario episcopal. No se puede pretender que es lo mismo el conocimiento de la función de las mitocondrias que la propaganda de una creencia religiosa. El que quiera creer, que lo haga, con total libertad. Pero de eso a que su mayor o menor fidelidad a esa creencia puntúe para el acceso a la Universidad hay un salto que no se debe dar.

Y que no vengan con milongas de que lo que se evalúa son conocimientos. Porque para evaluarlos, hay que evaluar previamente al que imparte esos conocimientos con el método habitual que se utiliza para los profesores de Matemáticas o de Lengua, a los que no los elige ningún obispo, rabino o mulá, ni los revoca porque se divorcie o no asista a la mezquita o a la parroquia con la frecuencia que su autoridad competente estime oportuno.

Es cierto que no se debe salir de la escuela sin haberse acercado al conocimiento del cristianismo y haber analizado su papel a lo largo de la historia. Lo mismo que no es propio de una persona culta de nuestros días desconocer los rasgos más sobresalientes de las otras grandes religiones que siguen gentes avecindadas entre nosotros cada vez en mayor número. Esos conocimientos deben impartirlos quienes hayan acreditado ser expertos en antropología religiosa o en historia de las religiones. Y deben impartirlos para todos los alumnos. Lo que está fuera de lugar y no se corresponde con la sociedad multiétnica que estamos construyendo es que la propaganda religiosa se convierta en un requisito académico. Y pensar que a eso le llaman calidad en la enseñanza…

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