Voltaire y los cuáqueros

Antes de entrar en el tema de los cuáqueros no estará mal traer al lector algunas notas interesantes sobre el libro de Voltaire. Se trata de la primera obra polémica del famoso escritor. Tan polémica y demoledora que la crítica actual la ha calificado de la primera bomba contra el antiguo régimen. En ella ya aparecen, aunque sea en germen, las ideas fundamentales del pensamiento volteriano.

Voltaire llega a Inglaterra asqueado de Francia, donde ha sido objeto de varios desaguisados que, de una manera injusta y totalmente arbitraria, –y nada menos que dos veces- han terminado con él en la Bastilla. La última de ellas, precisamente la que aquí nos interesa, ha pasado a la historia con el nombre de “affaire Rohan” o “la batonade de Rohan”. Un noble, Guy Auguste de Rohan-Chabot, tras una agria discusión con Voltaire en la Comedia Francesa en presencia de la actriz Adrienne Lecouvreur, le tiende una trampa: una cena literaria (otras versiones dicen que fue almuerzo) casa del duque Sully, amigo de Voltaire, pero mucho más amigo de Rohan, en la que, a poco de comenzar, alguien llama a la puerta preguntando por el escritor. Voltaire sale y en la calle se encuentra dos carrozas. En una está el caballero Rohan-Chabot; de la otra surgen cuatro lacayos del noble que, bastón en mano, mientras dos sujetan al escritor, los otros dos lo tunden a bastonazos. Ningún bastonazo le hirió la cabeza. Fue Rohan el que, desde su carroza, mientras presenciaba el espectáculo, gritó a sus matones: “Ningún golpe en la cabeza, que esa cabeza todavía tiene que dar mucho de sí”. Lo cual demuestra que, aunque fuera su enemigo, Rohan lo consideraba un genio. Ninguno de los reunidos en casa de Sully intervino. La nobleza hacía piña entre sí. Ante tal humillación, Voltaire cometió uno de los errores más grandes de su vida: pedir justicia al rey. Otra versión, más creíble, dice que quien pidió justicia no fue Voltaire, sino Rohan, que temía la venganza de la víctima. Fuese uno u otro, lo cierto es que Luís XV impartió “justicia” al instante: inmediatamente firmó una orden por la que enviaba a Voltaire a la Bastilla. ¡Además de apaleado, encarcelado! Tras quince días a la sombra (según otras versiones fueron seis meses) Voltaire fue autorizado a marchar exiliado a Inglaterra.

Allí permaneció treinta meses (de mayo 1726 a diciembre 1728) que no pudieron ser más fructíferos: perfeccionó el inglés, se empapó de la cultura británica, dedicó una atentísima mirada al pensamiento de los principales filósofos y científicos de la isla –Bacon, Locke, Malebranche, Newton-, y estudió con la máxima atención los distintos credos que, al socaire del protestantismo, habían surgido en los últimos tiempos. Uno de estos credos es precisamente el de los cuáqueros. Con esta secta se inicia el libro y a ella dedicará las cuatro primeras cartas de la obra, más alguna otra alusión posterior.

Después, antes entrar en el tema de los pensadores, dedicará otras varias cartas a los anglicanos, presbiterianos, arrianos, antitrinitarios, etc. Pues, como dice Voltaire, refiriéndose a Inglaterra, “este es el país de las sectas. “Un inglés, como hombre libre, va al Cielo por el camino que más le gusta”. Observe de soslayo el lector el certero dardo que, al llamar al inglés “hombre libre” -se sobreentiende:”y el francés no lo es”-, está lanzando Voltaire contra la Francia de los Borbones. Todas las cartas están llenas de dardos parecidos, algunos mucho más dolorosos. Unas cartas que no van dirigidas a nadie en concreto, sino a toda la Humanidad. Él sabe que escribe para la Humanidad y que sus “Lettres” –veinte y cinco en total- harán Historia.

Aunque el libro merece un estudio mucho más amplio, para no cansar al lector, aquí sólo me voy a referir a las cuatro cartas dedicadas a los cuáqueros.

En la primera de ellas el joven Voltaire visita a un cuáquero que vive en las proximidades de Londres. Casita pequeña y limpia. Todo está en orden. El cuáquero es un vejete, todavía fresco, que jamás ha padecido enfermedad alguna. Recibe a Voltaire vestido de ropas extravagantes, cubierto con sombrero y muy sonriente. Aunque jamás se han visto y Voltaire, siempre se dirige a él con la fórmula de cortesía, él, desde la primera frase, le tutea. Poco después sabemos que en todos los cuáqueros es así: no se descubren ante nadie y a todo el mundo le hablan de tú. También sabemos que son decididamente pacifistas –no a toda guerra, no a toda milicia- y muy caritativos. Otra novedad: es una de las pocas religiones que no tiene clero, tampoco sacramentos.

Hacia la mitad de la carta Voltaire le pregunta si está bautizado. “No, responde el cuáquero, y mis compañeros tampoco”. “¿Ustedes no son cristianos?”, vuelve a preguntar Voltaire. “Si somos cristianos y tratamos de ser buenos cristianos”, -responde el cuáquero-, pero en modo alguno pensamos que el cristianismo consista en echar agua fría por la cabeza con un poco de sal”. “Sin embargo, -le responde Voltaire-, Jesús fue bautizado.” “Cierto –añade el cuáquero-, fue bautizado por Juan, pero nosotros no somos discípulos de Juan, sino de Jesús, que no bautizó a nadie”. “En un país católico usted ya habría sido quemado”, concluye Voltaire.

Continúa la charla y hacia el final de la carta el buen hombre expone la moral y los principios por los que ellos se rigen. Traduzco: “Nosotros llevamos una vestimenta un poco diferente a la de los otros hombres, con el fin de no parecerles. Los otros llevan sus marcas, su dignidad y nosotros la de la humildad cristiana; nosotros huimos de las asambleas, del placer, de los espectáculos, juegos; (…) nosotros no vamos jamás a la guerra, no por miedo a la muerte, al contrario, bendecimos el momento que nos une al Ser eterno, pero es que no somos ni lobos ni tigres, sino hombres cristianos. Nuestro Dios nos ha ordenado amar a nuestros enemigos y sufrir sin murmurar. (…) Después de una batalla, cuando en Londres brillan luminarias y el cielo se llena de cohetes en acción de gracias, nosotros gemimos en silencio pensando en los muertos que causan tanta alegría”.

No hace Voltaire ningún comentario. Ahí queda eso. Es el lector el que tiene que meditar el texto y sacar las consecuencias. Ha terminado la primera carta. Con ella termina también la primera parte de este trabajo.

En la segunda carta, invitado por el vejete que conoció días antes, Voltaire asiste, en una capilla de Londres, a un acto religioso organizado por los cuáqueros. Hay en la sala alrededor de cuatrocientos hombres y trescientas mujeres. Cuando ellos llegan, hombres y mujeres están sentados y en profundo silencio. Ellas ocultan el rostro tras los abanicos; ellos van cubiertos con sus característicos sombreros. Al cabo de un cuarto de hora el silencio se interrumpe: un hombre se levanta, se toca el sombrero y, entre muecas y aspavientos, comienza un sermón, sacado del Evangelio, que Voltaire califica de “galimatías que no lo entiende ni el propio predicador”. Cuando el buen hombre termina y la gente, idiotizada y catequizada, comienza a salir, Voltaire pregunta a su amigo: “¿Cómo puede ser que los más inteligentes de entre ustedes puedan tolerar semejantes idioteces?”. La respuesta del cuáquero es ésta: “Estamos obligados a tolerarlo, porque no podemos saber si el hombre que se levanta para hablar va inspirado por el espíritu o la locura; en la duda nosotros escuchamos todo pacientemente. Incluso a las mujeres les permitimos hablar.” (…) ¿”No tienen curas?”, pregunta Voltaire. “Gracias al Cielo nosotros somos los únicos sobre la tierra que no tenemos ni un solo cura. (…) “¿Por qué abandonaríamos a nuestro hijo en manos de amas de leche mercenarias, cuando nosotros tenemos leche suficiente? Estas mercenarias muy pronto se harían dueñas de la casa y oprimirían a la madre y al hijo”. Sigue una larga charla entre ambos, repleta de citas evangélicas que aquí no vamos a reproducir. Al final el cuáquero termina con este sermón: “Tu vives en Dios, tú te mueves, tú piensas en Dios; tú no tienes más que abrir los ojos a esta luz, a esta sabiduría que ilumina a todos los hombres”. Voltaire interrumpe el sermón: “Malebranche”, dice. “No, Malebranche, responde el cuáquero, era un poco cuáquero, pero no lo suficiente”.

La tercera carta está dedicada al nacimiento y expansión de la secta. Voltaire que, demás de filósofo e historiador, es también un consumado novelista, ha añadido a la narración algunas sabrosas anécdotas que, tanto si son verdaderas como si son inventadas, le dan al relato colorido y amenidad.

Según cuenta Voltaire y confirma la Historia la secta fue fundada por un tal Fox, un iluminado pacifista, que tan sólo con veinticinco años comenzó a predicar contra la guerra y los clérigos. Si se hubiese limitado a predicar solamente contra la guerra –aclara Voltaire- no hubiese ocurrido nada, pero en sus prédicas incluía también a los curas de todo signo, y éstos no tardaron en denunciarlo. Fue detenido y llevado ante el juez. Cuando el alguacil que lo conducía vio que no se descubría, le propinó una gran bofetada al tiempo que le arrebataba el sombrero. La sorpresa del hombre fue mayúscula cuando vio que el reo le ofrecía la otra mejilla. No tuvo que pedírselo dos veces. El juez, como primera disposición, le ordenó que jurase. Fox respondió que no podía jurar el nombre de Dios en vano. El juez no se anduvo con contemplaciones: dio orden de que fuese generosamente azotado. Los servidores de la justicia quedaron pasmados cuando oyeron que la víctima pedía una segunda tunda de azotes para lavar sus pecados. Se la dieron con mucho gusto y, en cuanto terminaron, el buen hombre comenzó sus prédicas. Primero todo fueron risas y comentarios jocosos, pero después empezaron a escuchar con atención sus alegatos contra la guerra y la milicia. Fue así como, los mismos que unos minutos antes habían estado azotándolo, se convirtieron en sus primeros discípulos. Esto no le evitó a Fox pasar unos cuantos meses a la sombra. Cuando salió de las mazmorras añadió un nuevo matiz a sus sermones callejeros: fue el temblor y las muecas. Aunque lo más probable es que esto se debiera a la falta de alimentación y la humedad de las mazmorras, sus seguidores lo interpretaron como señal inequívoca de que estaba asistido por el Espíritu Santo. En seguida sus discípulos, imitando al maestro, comenzaron a temblar también en todas sus prédicas. Fueron estos temblores los que terminaron por dar nombre a la secta, que en seguida todo el mundo comenzó a llamar los cuáqueros (los que tiemblan). Fox continuó predicando y temblando hasta el final de sus días. A su muerte la secta había crecido enormemente.

Algunos años después aparece en escena otro personaje decisivo en el desarrollo y difusión de la secta: Guillermo Penn. Con él entramos en la última carta que Voltaire dedica a los cuáqueros. Guillermo Penn, hijo único del vicealmirante Penn, pertenecía a una familia de nobles y había estudiado en Oxford, fue el personaje que logró llevar la secta hasta América. También podría haber sido la persona que en Europa hubiese hecho respetables a los cuáqueros si los hombres –añade Voltaire-pudiesen respetar la virtud bajo las apariencias del ridículo.

En la difusión por América Guillermo Penn fue pieza esencial. También la suerte tuvo su importancia. Ocurrió que el rey Carlos II de Inglaterra, por unas razones en las que aquí no vamos a entrar, entregó a Guillermo, una extensísima provincia de América que entonces ni siquiera tenía nombre. Fue él quién le daría nombre, Pensilvania (tierras de Penn) y fundaría la capital, Filadelfia, la ciudad del amor fraternal. Allá fueron a parar los cuáqueros de todo el mundo, que en seguida se hicieron famosos por su sentido de la caridad, su bondad, sus vestimentas y costumbres peregrinas. Poco a poco, gracias a su pacifismo y trabajo, lograron hacer de aquel lugar lo más parecido a un verdadero paraíso en la tierra.

Con el fallecimiento de Jorge Fox y Guillermo Penn (el primero en 1691 y el segundo en 1718) la secta comenzó una acelerada decadencia que, cuando en 1726 llegó Voltaire a Inglaterra, parecía imparable. Las razones las resume muy bien el gran escritor francés en esta frase: “En todas partes, la religión dominante, cuando no persigue a las otras, se las traga a la larga”.

Con esta carta, -la cuarta del libro-, termina Voltaire el tema de los cuáqueros y nosotros nuestro trabajo.

1 También aparecen los cuáqueros en otra de sus obras más conocidas: “Cándido”.

Puede verse en artículo publicado en la revista ALBORÁN abriendo el archivo adjunto

 

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