Violencia y religión en Europa

EUROPA se ha vuelto a echar las manos a la cabeza y ha comenzado a temblar de pavor una vez más tras el último atentado llevado a cabo por un yihadista del Estado Islámico en el viejo continente. Hasta hace bien poco, éste parecía ser un territorio a salvo de las atrocidades perpetradas a diario tanto en Siria como en Irak por los extremistas religiosos. Esta vez, de nuevo, han optado por embestir con un camión contra personas indefensas que se encontraban disfrutando junto a sus familias de la Navidad en uno de los típicos mercadillos alemanes, llevándose por delante la vida de 12 inocentes con nombres y apellidos. En verano, otro islamista radicalizado, con el mismo modus operandi, hab´ñia acabado con la vida de más de 80 personas y provocado cientos de heridos, algunos de ellos de extrema gravedad, en Niza.

Johan Galtun, padre de los estudios en resolución de conflictos, comenzó hace varias décadas a analizar los conflictos armados desde una perspectiva diferente. Una de sus principales aportaciones fue la de señalar que los conflictos pueden ser latentes o manifiestos y que, en realidad, un conflicto que aparenta ser desmesurado y extremadamente complicado no representaría más que la punta del iceberg. Quizás ahora es cuando estemos por primera vez descubriendo que esa punta del iceberg que representa el Estado Islámico sobre todo mediante su implacable estrategia del terror y de la violencia en Siria e Irak, era en realidad un pequeño ejemplo de lo que nos vendría encima a los europeos en forma de muyahidines radicalizados o excombatientes retornados. Habría existido en Europa, pues, un conflicto latente entre una hegemonía cultural y política y una subalternidad representada por una comunidad de individuos desarraigados, que con el tiempo habrían encontrado refugio en una interpretación errónea y radicalizada del Corán, pasando el conflicto a ser de este modo, claramente manifiesto y violento.

AQUEL NIÑO… AQUELLA PANCARTA… Recuerdo que hace diez años, época en la que residía en Inglaterra, vi en los informativos de la BBC a un grupo de miembros radicalizados de una mezquita que junto a su Imán se manifestaban en las calles de Londres. Llamó mi atención ver a un niño de apenas diez años que sujetaba entre sus manos una pancarta en la que se podía leer “We will destroy your democracy with your democracy” (destruiremos vuestra democracia con vuestra democracia). En aquel momento no di mayor importancia a aquel mensaje, aunque hoy en día me hace recapacitar: aquel podría ser parte del caldo de cultivo que en el presente posibilita que muyahidines radicalizados sean capaces de atentar contra inocentes y familias enteras en cualquier gran ciudad europea. Valgan como ejemplo esos ataques contra civiles llevados a cabo durante el último año y medio en Paris, Niza o Berlín, con el resultado de más de 200 personas asesinadas y varios cientos de heridos.

Me viene a la mente el recuerdo de aquel niño portando tan amenazante pancarta y pienso que en el presente podría ser un joven de 20 años dispuesto a atentar en contra de intereses occidentales y a derramar la sangre de los infieles. Y me surgen en este sentido múltiples preguntas que me hacen a su vez recapacitar sobre el rol desempeñado por nuestras sociedades, ciudadanos, cuerpos policiales, sistemas educativos y agentes políticos. ¿En que se ha fallado? ¿Por qué no se ha conseguido integrar en nuestras modernas sociedades a estas personas dispuestas a atentar en cualquier momento en nuestra contra? ¿De donde proviene el odio y la animadversión que sienten hacia nosotros?

Unos de los aspectos más relevantes en estos muyahidines foráneos o europeos de segunda y tercera generación dispuestos a atentar en grupo o como lobos solitarios en cualquier momento es el hecho de que la gran mayoría ha tenido problemas con la ley por delitos menores, ha pasado por la cárcel o se trata de viejos conocidos de las diversas policías europeas. Además, en la mayoría de casos, estos jóvenes extremistas han sido atrapados en un momento dado por las redes de captación del Estado Islámico con un atractivo mensaje que los erigía como protagonistas de algo muy importante; su propio futuro. Parece en este sentido que el hecho de tener poco que perder y el desarraigo social han sido elementos fundamentales para el fuerte y rápido proceso de radicalización que estos jóvenes muyahidines han sufrido.

ALTAVOCES INCONSCIENTES Debe quedar de antemano claro que los islamistas radicalizados dispuestos a atacar en Europa son minoría. Una minoría que, sin embargo, da la sensación de ser mucho mayor de lo que es. Y ahí entran en juego las instituciones y, sobre todo, los medios de comunicación, ya que consciente o inconscientemente han sido a menudo utilizados como altavoz para dar a conocer las acciones violentas y propagandísticas del Estado Islámico y de otros grupos como Al Qaeda.

Es necesario ahora más que nunca reflexionar sobre nuestro rol en este conflicto, sobre las medidas y, principalmente, sobre las estrategias que debemos implementar para evitar que en el futuro nuestra vida se vea afectada y limitada por el miedo a sufrir un ataque yihadista.

Intentemos por todos los medios, mediante las leyes, el diálogo o la educación, que ningún niño vuelva a enarbolar pancartas, lemas o mensajes de odio en contra de sus iguales, porque nuestro futuro según lo concebimos depende de ello.

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