¡Vieeene el santeeero! III. El estigma del fracaso. El triunfo de los miles y miles de madrileños.

Cuando la llamada se hizo general, pues cinco mil “medios informativos” habían venido para difundir el acontecimiento de la llegada vaticanista, y la gente no acudió, los mismos “medios” retocaron las fotografías, tomaron planos a distancia de grupos de individuos o sobre los hombros de los asistentes, abrieron cuanto les fue posible el angular para dar impresión de amplitud y multitud, pero si te detenías a mirar se agrandaban también los espacios vacíos. Los cinco mil medios hacían unos miles más de asistentes, y se fotografiaban entre ellos. Los sacerdotes, otros ochocientos, los obispos otros cientos, y los viajeros que no llenaban ni las sillas dispuestas esos eran todos los que cubrían las tomas.

Son fracasados, lo curioso es que no tienen ni pinta ni pizca de románticos, ni de rebeldes, ni de aventureros de pensamiento avanzado y cuestionador, no son desterrados. Son fracasados, son anodinos, integrados, invisibles si no van en grupo, y son analfabetos históricos que aspiran a recogerse a una hora prudente en el cielo de su dios, en cuyo nombre sus jerarcas condenan la igualdad entre los géneros, la igualdad social, la educación racional. Siempre esperan, y se preparan mentalmente para la transformación en otra vida que confían en que exista. Su fracaso, el fracaso de los capos vaticanos viene de lejos, pues de lejos vienen haciéndose a los grupos de poder más antihumano, esos de los dos principios: la esclavitud del trabajo y la sumisión al patrón. Este devenir, esta decadencia que los contiene, no es distinta al de siglos atrás, siempre se ha sustanciado en gentes para quienes el mundo no da vueltas. Baste recordar las iglesias repletas en tiempo del más puro fascismo, desde cuyos púlpitos los sacerdotes insultaban y lanzaban prohibiciones a las mujeres y a los hombres laboriosos, a las niñas y niños, tiempos en los que llevaban a franco bajo palio. Ahora los mismos sacerdotes se disponen a no oficiar misa si no hay más de una docena de asistentes. No son románticos, no son rebeldes, no son aventureros de pensamiento avanzado y cuestionador, y a pesar de todo son fracasados. Fracaso tras fracaso solo buscan legitimarse a través de los “medios informativos” porque de lo contrario pasarían desapercibidos como cuerpo social.

Ni el angular, ni el plano distanciado y general, ni el enfoque a ras de los primeros que tienen delante hace creer en multitudes de asistentes. Así están en el mundo, formando con otros semejantes el poder y en contra de las mayorías que reclaman cambios sociales y se procuran medios para llevarlos a cabo. Hoy la manifestación laica ha reunido a , estos sí, miles y miles de madrileños que han abarrotado el centro de la capital, no han venido de 190 países, ha ningún madrileño le han dejado llegar en transporte público hasta cerca de la manifestación, ni en coche particular porque los gobernantes han cortado también las calles, no han dejado a los madrileños descansar en los centros municipales, ni coger agua, no les han comprado mochilas ni sombreros ni camisetas anunciadoras de la marcha laica, ni les han dado diez mil millones de euros para organizar nada, miles y miles de madrileños, sin ningún medio a su alcance, se han ido ha juntar para reclamar un estado laico, que no se pague con nuestros impuestos a un Estado parásito, reaccionario, enemigo de la igualdad, defensor de la irracionalidad, y que se aplique todo el dinero que se entrega a semejante cuerpo antijusticia social a las necesidades sociales. Los madrileños, miles y miles, cientos de miles, millones, merecerían ser fracasados por su disposición a cambiar el mundo, pero son triunfadores porque no se rinden.

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