Vértigo y Pascua

Rafael Fernando Navarro escribía hace pocos días, con su pluma esencial, poética y transformadora, un artículo en el que desmembraba los motivos del vértigo que le produce la actualidad política y social que le rodea y le inflama el alma: “Vértigo. Miedo. Europa. Recortes. Pobreza. Gobierno. Paro. Pueblo. Mercados. Bolsa. Bruselas. Amnistía fiscal. Pobres ricos que se llevan el dinero de todos porque creen que es sólo de ellos, que lo guardan en un búnker del alma. Ahora se les perdona todo porque llega la semana santa; y redimen al dinero preso, y lo excarcelan, y lo pasean Málaga arriba, Sevilla abajo, vestido con una túnica de vergüenza…”.

Vértigo es, probablemente, la palabra que define a la perfección la sensación que los españoles vivimos con más frecuencia e intensidad con respecto a la realidad política en que estamos inmersos. Recortes en los derechos y en las prestaciones que han determinado durante décadas nuestros avances democráticos. Miedo a la gestión impúdica de los políticos que nos gobiernan, quienes nos han demostrado ya, con creces, que su interés no está del lado del interés general, sino del corporativismo que representan. Indefensión ante esa impudicia y ante la amputación de las herramientas democráticas de participación ciudadana. Estupor ante los despropósitos ideológicos que salen de boca de la derecha, haciendo alarde de unos valores retrógrados y neofascistas muy alejados de la voluntad y del sentir ciudadano.

Indignación de todos, especialmente de los jóvenes que ven aniquiladas sus esperanzas de un futuro digno en su país. Desesperanza al percibir la indecencia de la clase política al servicio del poder de siempre y del capital. Impotencia al constatar que se nos despoja impunemente de los derechos más básicos en sanidad y en educación. Desaliento al darnos cuenta de que crecen desmesuradamente las diferencias de clase a la vez que se multiplica la pobreza. Desengaño al constatar que los políticos que nos gobiernan mintieron descaradamente y están haciendo justamente lo contrario de lo que prometieron para alcanzar el poder, a saber, resquebrajando a pasos forzados la democracia y los valores de igualdad y libertad en los que se sustenta. Enojo, al enterarnos de que perdonan el fraude a los más ricos, mientras anegan al olvido leyes de apoyo a los dependientes, o a los enfermos crónicos, o a los discapacitados. Decepción al enterarnos de que están cerrando centros médicos, y despidiendo a sanitarios, y traspasando medios de la sanidad pública a voraces manos privadas. Indignación por derroches millonarios, por cinco coches de lujo para cada ministro, mientras se sacrifican los derechos de simple supervivencia de los más desprotegidos.

Y mientras tanto, golpes de pecho, saetas, representaciones de calvarios y angustias que nos evocan que las nuestras, ante tales cuadros de dolor, quizás no sean tantas. Miedo otra vez, tristeza, pasos con vírgenes en llanto, con esculturas de cadáveres ensangrentados. Flagelos, encapuchados, cirios tenebrosos, sacrificios, promesas, catarsis colectivas de emociones subconscientes que se permite sean expresadas una vez al año para perpetuar atavismos y creencias grabadas a fuego en el sentir popular. Culpas inventadas, miedos expandidos, recordatorios de supuestas culpas, injustas culpas que nos responsabilizan a todos de una muerte de hace dos mil años, habiendo tantas y tantas muertes…

¿De qué es culpable ahora el pueblo para merecer el castigo de la pobreza, la escasez y el robo de sus derechos? ¿Acaso no existen en el mundo de hoy millones de niños nazarenos que, sin conspirar contra ningún imperio, están condenados a muerte por falta de agua, por hambruna o por conflictos bélicos? ¿Quién se da golpes de pecho por esos treinta mil niños que mueren al día por miseria?, ¿quién se siente culpable de ello?, ¿cuántas imágenes en madera o piedra se veneran en honor al martirio de tantos inocentes?, ¿cuántas multinacionales, cuántas bancas, cuántas religiones se sienten culpables por atesorar fortunas y permitir la miseria y el espanto en la mitad del planeta? ¿Cuántas semanas santas se dedican a esos millones de seres desprotegidos y víctimas, reales y actuales, de la avaricia y la voracidad? ¿Cuántas macarenas anónimas lloran por la muerte de su hijo? ¿Quién va a honrar el llanto de la madre del joven chileno de 24 años, Daniel Zamudio, que acaba de morir a manos de un grupo de fanáticos neonazis por ser homosexual?

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