Vergüenza

No soy patriota, como los del PP. Aunque amo a mi país, y no abro, como ellos, cuentas bancarias en países extranjeros. Considero el patriotismo producto de la cerrazón mental de los que no entienden, o no quieren entender, que las fronteras son artificiales, que todos formamos parte de una familia común, que es la familia humana, y que, por encima de las diferencias culturales y nacionales, están los valores solidarios y universales. Y considero ese patriotismo trasnochado, al que algunos invocan como la panacea de su falso españolismo, propio de zotes y de palurdos incapaces de entender que su cultura no es mejor que otras culturas, sencillamente porque es una cultura más de las miles que pueblan nuestro planeta.

Salí de España por primera vez con dieciséis años. Parte de mi familia materna era de origen francés y eso dejaba un poso en el ambiente familiar en que me crié.x Me encantaba el idioma francés, y mi madre me prometió enviarme a Paris ese verano para aprenderlo. Y aprendí francés, y aprendí mucho más. En realidad fue una experiencia maravillosa que, siendo aún casi una niña, me abrió la mente a otro mundo y me hizo percibir con claridad meridiana, por primera vez, la negrura que aún nos rodeaba en España ya bien entrada la democracia, y lo atrasado en muchos aspectos, con respecto a Europa, que era el país en que había nacido. Aunque entonces todavía no entendía de política ni del origen de negruras y mediocridades varias.

Y hablo de esta experiencia tan lejana porque nunca olvidaré una anécdota que entonces no entendí muy bien, porque lógicamente a ese edad no estaba bien informada. Al ser presentada a un pequeño grupo de chicos y chicas de mi edad, alguien quiso adivinar mi nacionalidad, y empezó preguntándome, con interés, si era inglesa, y dije que no; continuó con otras muchas nacionalidades, italiana, alemana, belga, holandesa… y, al ver que no acertaba con ninguna de ellas, afirmé con rotundidad “soy española”. Percibí una extraña sensación de decepción en mis interlocutores; decepción que entonces no supe interpretar y que no me hizo sentir, en absoluto, avergonzada.

Hace unos días, en un artículo sincero y valiente de mi querido amigo y compañero colaborador de este diario, Alberto Soler Montagud, leía que siente vergüenza de ser valenciano, tras constatar que un programa de televisión, siete años después del accidente de metro en Valencia, es el que saca a la luz una tragedia aún no resuelta, con 43 muertos, 47 heridos y a día de hoy cero responsables, cero explicación sincera del gobierno valenciano del PP, y cero de ayuda de ningún tipo a los damnificados. Javier Iglesias, en la Cadena Ser, el pasado día treinta de abril, al final de un comentario crítico sobre las retribuciones y los sobresueldos en el Partido Popular, decía literalmente: “…yo también soy español, pero ¿qué quieren? Cada vez me va dando más vergüenza”.

Me avergüenza, como a ellos, ahora sí, vivir en un país en que se están despreciando continuamente los Derechos Humanos. Me avergüenzo de un país en el que la corrupción campea libremente por todas las instituciones públicas, en que se está volviendo a gestar una enseñanza pública vergonzosa y muy lejana a la enseñanza democrática, en que la confesionalidad domina la voluntad de los políticos y se impone a la asepsia ideológica y al respeto al pluralismo democrático. Me avergüenzo de ser de un país en que el rey habla de la misma justicia para todos y ese “todos” excluye a su propia familia; un país en el que se está congelando la investigación científica, y frenando la cultura, en que se expande y se aplaude el maltrato y el sufrimiento animal gratuito. Me avergüenzo de ser de un país en que se defiende el chismorreo, la mediocridad y el vulgar cotilleo pueblerino, mientras se menosprecian, se difaman y se relegan a un lugar marginal el conocimiento, el progreso, la cultura y la apertura de mente.

Me avergüenzo de un país que permite dejar en la miseria a millones de ancianos, dependientes, parados y personas en situación de penuria extrema, mientras se sigue financiando con más de once millones de euros anuales, provenientes de las arcas públicas, a una Iglesia que dice velar por la vida espiritual de los ciudadanos, lo cual parece significar desarmarlos e idiotizarlos. Me avergüenza vivir en un país en que se deja morir a un ciudadano, enfermo de tuberculosis, por ser extranjero, negándole la asistencia médica; y en el que la Sanidad pública del gobierno Popular ordena retirar una prótesis de 152 euros a un joven que no podía pagarla, y en el que se hace pagar en los hospitales el agua de los enfermos apiñados en pasillos. Me avergüenzo de un país en cuyos informativos de la Televisión pública se recomienda rezar a los parados para reducir la ansiedad. Me avergüenzo, como decía Machado, de esta España feroz, inculta y vulgar, de charanga, sacristía y pandereta, que ora, y embiste o bosteza. Afortunadamente, esta es la España que quieren algunos, no es la España de todos.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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