Venezuela bien vale una misa per sécula

Ese resumen del tan diversificado organigrama clerical que el pueblo hace llamando “curas” a todo lo que porte sotana, es, a través de la historia venezolana, un signo de una vieja e intensa relación.

Revisar esa evolución explica la activa participación de la institución cristiana, sus autoridades y la iglesia como feligresía, en las cosas del país.

No siempre se le aprecia como una constante positiva, orientadora. A lo largo de esa relación el clero ha cargado la cruz de las críticas.

En el mismo saco entran por ejemplo, el “no” del padre Madariaga a Vicente Emparan ante el pueblo bajo el balcón de la Capitanía General; y el considerar un “castigo divino” el terremoto de 1812, por darse el paso independentista, negando la autoridad del rey de España.

“De esa cabuya yo tengo un rollo”, pudo haber dicho el presidente Antonio Guzmán Blanco que se enfrentó al poder eclesiástico “por entrometido”, suprimiendo los seminarios, claustros , templos y estableciendo el registro civil por encima del parroquial, dejando sin efecto bautizos, matrimonios; entre otras atribuciones del clero.

“El Ilustre Americano” llegó incluso a amenazar al Papa Pío IX con crear una “Iglesia Nacional” con él al mando.

Cartas pastorales. Esas cartas abiertas que se insertan en momentos claves del devenir nacional son una de las tantas expresiones de las altas esferas que ponen puntos sobre la ies y llaman a tener una actitud menos contemplativa.

No es extraño entonces que aquel documento que en su oportunidad (1957) con la firma de Monseñor Rafael Arias se considera como una chispa que encendería poco después al país para llegar al 23 de enero de 1958.

Pruebas de fuerza. Los más recientes sondeos de opinión sobre la evaluación pública de las instituciones, coloca a la iglesia católica como una de las más reconocidas. Por encima de militancias religiosas, muchos reconocen el papel social de muchas congregaciones y toman partido por ellas, ante la violencia ejercida contra la institución y sus representantes.

Está aun presente las acciones inéditas a las puertas de la icónica iglesia de Santa Teresa cuando hubo intentos de sabotear el servicio de Semana Santa.

Fiestas para todo gusto. Pero por encima de esos momentos tensos, la Iglesia Católica tiene mucho que celebrar. Nuestro calendario está lleno de fechas consagradas a santos y santas, cuyos nombres han terminado designando a buena parte de la geografía nacional.

El 11 de septiembre el país recuerda la aparición de la Virgen de Coromoto; el 18 de noviembre toca oportunidad a la Virgen de la Chiquinquirá; el ocho de septiembre es el día dedicado a la Vírgen del Valle; el 14 de enero: se celebra el Día de la Divina Pastora en el estado Lara y la lista continúa con festejos propios y compartidos con el sincretismo afrocaribeño.

Hay otras celebraciones eclesiásticas menos mundanas para recordar con gratitud, como la beatificación de la Madre María de San José, primera beata de Venezuela. (1995); la de la Madre Candelaria de San José, la elevación a los altares de María Carmen Rendiles y la siempre pendiente ayuda celestial para con el venerado José Gregorio Hernández.

Están también otras fechas significativas que reconocen el trabajo de sus autoridades en especial su designación al cuerpo cardenalicio: Monseñor José Humberto Quintero, José Alí Lebrún Moratinos, Rosalio José Castillo Lara, Baltazar Porras, Jorge Urosa Savino y Antonio Ignacio Velasco García

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