Valores y laicismo

Que la educación sea laica de ninguna manera cancela el derecho de cada persona a sustentar las creencias que prefiera

Se comprende que la laicidad aún sea un manjar intelectual difícil de digerir… para algunos. La religiosidad, implícita durante siglos en casi todos los patrones culturales, echó raíces demasiado profundas; no se le puede arrancar, por tanto, tan fácilmente como se arranca una planta parásita de una maceta… En todo caso, no deja de sorprender que la indigestión de ese concepto —la laicidad—, en el caso de una persona ilustrada y educada (que no es lo mismo lo primero que lo segundo) como se presupone que es el Nuncio Apostólico en México, Christope Pierre, lo lleve a ofender a quienes lo postulan como un signo saludable de los tiempos, y lo defienden como una honesta convicción.

—II—

Citado en el número más reciente del semanario de la Arquidiócesis de México, “Desde la Fe”, en un editorial del que se pasa del debate sobre la despenalización de las drogas a la legítima preocupación del Papa Benedicto XVI “por la creciente violencia en México” y de ahí a “la urgencia de incluir en los sistemas educativos la enseñanza de los valores universales”, monseñor Pierre, según la cita, asevera que tales valores han sido “desterrados hipócritamente, con el pretexto de que la educación debe ser laica”.

El Artículo 3o. de la Constitución del país ante el que monseñor Pierre representa al Estado Vaticano (no a la Iglesia Católica), establece, entre otras cosas,  que “La educación que imparte el Estado (…) se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa, y, basada en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”. Si Su Excelencia se toma la molestia de leerlo a cabalidad —un ejercicio que no consumiría más de cinco minutos de su valioso tiempo—, probablemente concuerde, primero, en que el texto es hermano carnal de todas las legislaciones modernas sobre la materia; y segundo, en que es esencial y formalmente irreprochable.

—III—

Puntualicemos, pues: que la educación sea laica de ninguna manera cancela el derecho de cada persona a sustentar las creencias que prefiera. La laicidad respeta el derecho de cada cual a pensar lo que quiera, a elegir a su propio dios (así: con minúscula) y aun a manifestarlo en público… siempre y cuando no pretenda imponer a los demás ni sus creencias ni los cánones morales (deberes, obligaciones, nociones de culpa y de pecado…) que de aquéllas se derivan.

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