Unas cuantas viñetas

Comunicación presentada por el autor en el VI Congreso de la Asociación Andaluza de Filosofía: «Filosofía y Democracia», Almería, 15 al 17 de septiembre de 2006.

Los hechos.  El pasado 30 de septiembre, el periódico danés Jyllands-posten publicó cierto número de viñetas irónicas a propósito del Islam, el profeta Mahoma y los musulmanes en las que se criticaba el uso y/o abuso que se hacía de los mandatos proféticos mahometanos por parte de los terroristas islámicos.  La publicación obedecía al deseo de investigar por parte del periódico el problema de un autor de un libro para niños sobre el profeta Mahoma que no podía encontrar ilustraciones para su texto. Dijo que los ilustradores se autocensuraban por miedo a reacciones violentas de los musulmanes, para quienes está prohibido representar al Profeta.

Por ejemplo, en una de las viñetas se representaba a un individudo barbudo y malencarado, presuntamente Mahoma, con un turbante que era a su vez una bomba.  El periódico egipcio ‘Al Fagr’ publicó las caricaturas el 17 de octubre del año pasado para “ilustrar su mal gusto”. No causó ninguna reacción.  Sin embargo, el imán de Copenhague, Ahmed Akkari, llevó a los países musulmanes mezcladas con las viñetas publicadas otras no publicadas en las que se mostraba a Mahoma teniendo relaciones sexuales con animales,.  Líderes musulmanes en el norte de África y Oriente Medio se convirtieron en instigadores de la organización de las manifestaciones violentas en contra del periódico en particular, los daneses y occidentales en general.  Asaltos a embajadas, quema de banderas, boicot a productos daneses…  Lo peor: más de cuarenta muertos en los disturbios de febrero en Nigeria, Libia o Afganistán.  Varios periodistas  (musulmanes) fueron detenidos en Yemen y Jordania por haberlas publicado.

A continuación se presenta un bosquejo de las reacciones suscitadas en el gremio de los intelectuales a raíz de la publicación de dichas viñetas, en cuanto supone una muestra del conflicto entre distintos derechos y los límites que dichos derechos han de encontrar para su articulación en una sociedad democrática y liberal.  Veremos que hay dos posiciones enfrentadas.  Las de aquellos que defienden el derecho a la libertad de expresión, incluso para burlarse de las creencias y sentimientos más queridos para determinados grupos sociales, mientras que otros piden que se censuren las manifestaciones filosóficas, artísticas y  culturales que puedan ofender a comunidades especialmente sensibles.  En definitiva, defienden el sentido obligatorio del respeto a las religiones por encima de la libertad de expresión.

Finalizaremos con unas conclusiones en forma de decálogo de propuestas liberales para afrontar los conflictos de derechos cuando oponen al individuo con las colectividades.

A favor y en contra

Situémonos en el corazón de los incidentes, por ejemplo en la negra y musulmana Nigeria.  El escritor y Premio Nobel Wole Soyinka advertía contra la hipocresía de los intelectuales occidentales que de forma paternalista defienden la imposibilidad de una democracia a la occidental para los países no cristianos, con lo que contribuyen a sostener a lo que Soyinka denomina “los psicópatas de la fe”:

“Hace dos años, en la capital de Nigeria, unos fanáticos musulmanes se lanzaron a las calles para protestar por la celebración del concurso de Miss Mundo y proclamar que tal exhibición de mujeres era una afrenta contra el islam.  Al acabar sus protestas, docenas de inocentes yacían muertos en las calles…  Como era de esperar,, yo denuncié la orgía asesina.  Para mi asombro, algunas voces liberales del mundo occidental, liberales siempre con la sangre de otros y en defensa del agresor, prefirieron concentrarse en lo “impropio” de llevar la “decadencia occidental” a la prístina inocencia de Nigeria y contaminar sus valores culturales…”1

¿Cuáles son los hipócritas que visten las ropas de apaciguadores?  Por ejemplo, otros dos Premios Nobel, José Saramago y Günter Grass.  Este último empleaba la falacia ad hominen contra el periódico danés para rebatirlo y caía en el paternalismo típico del colonialismo europeo, según el cual no hay más remedio que conducir a los pueblos atrasados o bien dejarlos por imposibles:

“Se trata de una provocación consciente y planificada de un periódico danés de derechas… Siguieron porque son radicales de la derecha y xenófobos…  Occidente lleva esta discusión con autocomplacencia sobre la base de que gozamos de libertad de prensa… Hemos tenido la suerte de pasar el Renacimiento, el Siglo de las Luces, atravesando un proceso doloroso que nos ha dado una serie de libertades, que siguen estando amenazadas. El mundo islámico no ha pasado ese proceso, se encuentra en una etapa diferente de desarrollo. Y hay que respetarlo.”

Hay que subrayar la expresión “El mundo islámico”, una entelequia que sirve a la clase dominante para usurpar el poder y la identidad musulmana, y es sobre la que en última instancia se basa la posición de los “apaciguadores”.  El líder de la comunidad islámica en Dinamarca, el imán Abdel Rahman Abu Labán, se mostraba de acuerdo con Grass y Saramago

«Éste es un momento de priorizar integración a costa de libertad. Europa tiene que incorporar el pensamiento islámico, tiene que encontrar un nuevo recipiente en el que quepan los 25 millones de musulmanes que aquí estamos…»2

Bajo esta misma perspectiva los editoriales del Financial Times, de The Guardian y de El País.  El primero defiende la censura de las viñetas por razones de prudencia y prefiere no solidarizarse con sus colegas daneses porque:

“La libertad de expresión (…) es una de nuestras libertades más apreciadas. Pero no es absoluta: no incluye, por ejemplo, el derecho de gritar ‘¡Fuego!’ en un teatro abarrotado”

¿Y el de gritar “¡Asesino!” cuándo vemos cometer un crimen?  ¿O sería más prudente callar y mirar hacia otro lado?  The Guardian igualmente hace mutis por el foro en la defensa de la libertad de expresión con un argumento similar al que en su época sirvió para no publicar Lolita de Nabokov:

“Estas caricaturas ofenden y provocan. Pero eso es lo que las viñetas hacen, sean buenas o malas. El derecho a la libertad de expresión que permite a los periódicos publicar este tipo de caricaturas ha sido conseguido con mucho esfuerzo y debe ser fuertemente defendido.  Ahora bien, existen límites en ese derecho fundamental («de gusto, de leyes, de convenciones, principios y criterio») que deben ser tenidos en cuenta.”

Mientras, El País presentaba una oposición lógica en el titular de su editorial entre “Libertad o responsabilidad” reeditando el viejo axioma de “Libertad o libertinaje”3.

Tanta prudencia y tanto paternalismo son criticados por parte del filósofo Slavoj Zizek:

“…  Y es que el respeto a las creencias del otro como valor máximo no puede significar más que una de estas dos cosas: o tratamos al otro con una actitud de condescendencia y evitamos herirle a fin de no echar por tierra sus ilusiones o adoptamos la actitud relativista de la multiplicidad de verdades, con lo que se descalifica, por su carácter de imposición violenta, cualquier insistencia indubitada en la verdad.  ¿Qué ocurriría, sin embargo, si sometiéramos al islamismo, junto con todas las demás religiones, a un análisis crítico, respetuoso pero, por esta misma razón, no menos implacable?”4

La condescendencia paternalista, mezclada con el miedo y el cálculo político, criticada por Zizek es la que prefirieron adoptar gran parte de la nomenclatura política europea y americana que dejó en soledad al gobierno danés y a su primer ministro Anders Fogh Rasmussen en su firme defensa de la libertad de expresión y de la no interferencia en el mercado de las ideas.  Como ejemplo más significativo de dicha condescendencia política la carta abierta que publicaron conjuntamente José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, y Tayyip Erdogan, presidente del gobierno turco:

“La libertad de expresión es una de las piedras angulares de nuestros sistemas democráticos y nunca renunciaremos a ella.  Pero no hay derechos sin deberes y sin respeto a las diferentes sensibilidades. La publicación de estas caricaturas puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y debe ser rechazada desde un punto de vista moral y político.”5

Por una vez, el Presidente Zapatero se encuentra absolutamente de acuerdo con su colega norteamericano George W. Bush y ambos respaldados por el francés Chicac que condenó sin ambages la publicación de las viñetas.

Por otro lado olvida Zapatero, quizás no lo ha sabido nunca Erdogan, que las religiones, como advirtió Ciorán, son enemigas mortales de la risa, y que las sociedades democrático-liberales se basan en el humor.  Rabelais, Cervantes, Quevedo (el más brutal y genial entre los satíricos, aquel que se negaba a callar por más que con el dedo, ya tocando la boca ya la frente, silencio le ordenasen o amenazasen miedo) o Voltaire hacen de la ironía y el sarcasmo la punta de lanza de la conquista de otras libertades.  El historiador García de Cortazar lo señala:

“Larga, en efecto, y esencial es la relación entre Europa y la carcajada. Europa, como territorio de libertad, como sociedad de los derechos del hombre y lugar espiritual que se identifica a sí mismo con la crítica, nace de una sonrisa volcánica.”6

Lo cierto es que la cultura islámica también ha tenido sus Quevedos y Rabelais.  Precisa el periodista  Amir Taheri la tradición de mofa y escarnio de la religión dentro del Islam, y como se ha perdido una oportunidad de hacerla salir de la oscuridad histórica a la que la han condenado los fanáticos islámicos:

“La verdad es que el islam ha tenido siempre sentido del humor, y nunca ha llamado a decapitar a los humoristas satíricos. El propio Mahoma perdonó a un célebre poeta de La Meca que le llevaba caricaturizando más de una década. Tanto la literatura árabe como la persa, las dos grandes literaturas del islam, están llenas de ejemplos de “reírse de la religión”, en ocasiones hasta el punto de la irreverencia.”7

Las apelaciones a la prudencia y a la “alianza de civilizaciones” son protestadas fundamentalmente por los disidentes del islamismo en el poder que, como les sucedió en su momento a los disidentes del comunismo, han de soportar además de la persecución de los intolerantes la cobardía de los que prefieren el prudente apaciguamiento con los violentos.  Así lo denuncia la hasta hace poco refugiada somalí en Holanda Ayaan Hirsi Alí, que actualmente se ha tenido que volver a exiliar desde Europa hasta los EE.UU. porque aquí no encontraba el apoyo y la salvaguarda suficiente para garantizar su vida y su libertad:

“Estoy aquí para defender el derecho a ofender…  Creo firmemente que este vulnerable empeño llamado democracia no puede existir sin libertad de expresión, en especial en los medios de comunicación. Los periodistas no deben renunciar al deber de hablar libremente, un derecho que en otros hemisferios se le niega a la gente…  Nos han inundado de opiniones sobre el mal gusto y la falta de tacto de los dibujos, han subrayado que éstos no han engendrado más que violencia y discordia. Muchos se han preguntado para qué han servido. Pues bien, su publicación ha servido para confirmar que existe un miedo generalizado entre los autores, cineastas, dibujantes y periodistas que desean describir, analizar o criticar los aspectos intolerantes del islam en toda Europa.”8

Otra escritora política, la norteamericana Barbara Probst Salomon, propone una integración a la americana, es decir, practicando una tolerancia amplia, la mezcla social e, implícitamente, la inoculación del mercantilismo en las creencias religiosas, ampliamente reconocidas, tomando como modelo la ciudad de Nueva York en la que conviven sin problemas, a diferencia de otras ciudades norteamericanas, cristianos de diversas orientaciones, judíos, musulmanes, etc.

“…  creo que mis colegas intelectuales de la izquierda han errado al subestimar el poder y la necesidad de la religión. La plétora de vacaciones que dan comienzo con Acción de Gracias, siguen con la Januká, el Ramadán y la Kwanza africana, y culminan en una paganizada y comercial Navidad, con el Año Nuevo chino como remate, ofrece un espacio positivo de respiro, un marco para una población diversa que la abstracta separación legal de Iglesia y Estado no puede proporcionar. La necesidad para los no cristianos de este espacio espiritual de respiro, que es una necesidad esencial que va más allá de una creencia religiosa concreta, nunca ha sido verdaderamente comprendida en Europa; un ejemplo actual es el de los groseros retratos de Mahoma”9

El argumento de Probst Salomon es puesto en la picota por Sánchez Ferlosio al hacer de menos la especial sensibilidad que habría que tener según la autora norteamericana con el afecto religioso:

“La tradición de la intangibilidad de las religiones está tan arraigada, que los creyentes individuales pretenden reservarse un particular privilegio de respeto hacia una cosita especialmente sensible y vulnerable que ellos tienen aquí dentro, en lo más hondo del pecho…”10

Ha sido esa “cosita especialmente sensible y vulnerable” la que ha hecho que voces destacadas de otras confesiones religiosas también se hayan erigido en censores preventivos de cualquier tipo de crítica que pudiera producir un eccema en las convicciones religiosas.  Por ejemplo, el teólogo católico, al parecer progresista, Hans Küng se pone del lado de los que defienden la libertad de expresión, cómo no, pero siempre con un “pero”

“Es evidente que sin unos medios de comunicación libres no puede haber democracia, pero no se debe utilizar la libertad de prensa para violar deliberadamente convicciones religiosas y producir imágenes hostiles y estereotipadas, ni de los judíos, ni de los musulmanes, ni de los cristianos. La libertad de prensa exige que los derechos vaya acompañados de responsabilidades equiparables.”11

Quien mejor ha estructurado la defensa de la censura de la libertad de expresión en lo que respecta a la alusión a figuras y símbolos religiosos ha sido Juan A. Herrero Brasas, profesor de Ética en la Universidad Estatal de California.  Plantea la no absolutización de ningún derecho, y en el caso de la libertad de expresión recuerda que no se puede insultar o denigrar a nadie por sus características físicas, raciales, sexuales, etc.  En el caso de la burla de las figuras religiosas invoca la sensatez.  Ya que sabemos que los musulmanes parecen ser extremadamente sensibles a las alusiones a su religión pues no las hagamos:

“Por lo que se refiere a la cuestión de las viñetas de Mahoma, el asunto tiene complejidades añadidas, pues a todo lo dicho hay que sumar diferencias culturales insalvables, y además la sagaz manipulación de los acontecimientos por parte de ciertos políticos… En cualquier caso, sí podemos extraer una conclusión provisional del presente incidente, y es que la misma sensatez que nos lleva a no hacer pública mofa de ciertas minorías sociales y sus iconos culturales debe llevarnos a no burlarnos tampoco de las figuras sagradas a las que veneran los grupos religiosos.”12

Aunque como ya indicamos con la referencia al periodista Amir Taheri, sólo desde el paternalismo condescendiente del colonialismo occidental es posible creer que los musulmanes son incapaces de aplicar el sentido del humor a su religión.  Y es que el apaciguamiento (un término despectivo en el ámbito anglosajón desde que Chamberlain vendiese la capitulación de las sociedades democráticas ante Hitler como “un triunfo de la paz y el diálogo”) no sirve sino para hacerle el juego a los sectores dominantes del mundo musulmán que se arrogan el derecho de hablar en nombre de todos los musulmanes como si no hicieran otra cosa que detentar el poder, es decir, ejercerlo ilegítimamente.  Hace caso omiso igualmente Herrero Brasas, como hacen todos aquellos que critican la publicación de las viñetas y exigen una censura preventiva, que el primer ministro danés les hizo ver a los líderes de las comunidades musulmanas más exaltadas que en un sistema liberal-democrático no es al poder ejecutivo al que se tienen que dirigir sino al poder judicial, que es el que efectivamente vigila para que los límites en el ejercicio de cualquier derecho no se sobrepasen.

Es precisamente esta cuestión crucial de la separación de poderes la que, al fin, pone blanco sobre negro el periodista Vicenç Villatoro

“¿Podemos negar el derecho a la opinión y la crítica en nombre del respeto a las creencias? Y, sobre todo, ¿han de ser los que se consideran ofendidos los que pongan los límites?   En las sociedades occidentales, el límite de la plaza lo marca la ley. La ley es la que, a través de los tribunales, nos dice qué no puede hacerse, dónde existe una calumnia o una difamación, dónde se invade la privacidad. ¿Debemos dibujar otros límites, además del legal, para esta gran plaza pública de los medios? Personalmente, no creo que estos límites deban marcarlos la censura ni la autocensura. Aún menos, que los deba marcar el miedo o el estricto pragmatismo…  La plaza mayor que dibujan los medios en democracia es grande, compleja y contradictoria. Podemos pedir a los medios responsabilidad. Pero cerrarles la boca en nombre de la responsabilidad se llama censura.”13

Hay varias referencias en los artículos, casi siempre para criticarlo, a Samuel Huntington y su concepto del “choque de civilizaciones”.  A grandes rasgos, y por tanto simplificándola, la hipótesis de Huntington es que el orbe cultural islámico, al no haber integrado dentro de sí los parámetros de racionalidad de la cultura helenística lo que sí hicieron sin embargo la cultura cristiana y la judía, es incapaz de asimilar los valores liberal-democráticos que se están desarrollando en Occidente desde hace ocho siglos.  Que los cristianos se hayan puesto de parte de santo Tomás de Aquino, los judíos de Maimónides mientras que los musulmanes hayan rechazado la visión racionalista de Averroes prefiriendo el integrismo antirracionalista de Algazel provocaría en última instancia que los musulmanes no sean capaces de establecer puentes de diálogo en cuanto que no asumen las condiciones de posibilidad de una religión dentro de los límites de la razón.

Han sido varios los pensadores provenientes del mundo islámico los que se han mostrado partícipes de la hipótesis de Huntington.  Así en el periódico danés en el que se inició la polémica una docena de escritores, políticos y ensayistas, entre ellos varios vinculados directamente a la cultura musulmana, publicaron un manifiesto en el que sostenían que hay “una lucha global enfrenta a demócratas y teócratas…” y en el debate sobre los límites al derecho de expresión ponían el acento en la defensa de la “libertad universal de expresión, de modo que un espíritu crítico pueda ser practicado en todos los continentes, contra todos los abusos y todos los dogmas…  eligiendo si nuestro siglo ha de ser de Ilustración o de oscurantismo”14

El mismo día que los perseguidos por los islamistas Hirsi Alí o Rushdie hacían este llamamiento contra los totalitarios, el escritor ateo de cultura musulmana Sami Naïr despotricaba en un artículo contra el periódico “conservador”, recordemos que esto era muy importante también para Günter Grass, y contra los dibujantes “sin talento”.   Pero el núcleo del argumento de Naïr afortunadamente no se queda en simplistas descalificaciones ad hominen sino que se centra en el análisis de “lo Sagrado” para unos y para otros.  Los unos serían los occidentales –un grupo muy variable, aunque esto no lo explicita Naïr, en el que se encuentran cristianos, ateos, judíos, agnósticos, deístas, incluso musulmanes- y los otros los fundamentalistas –otro grupo variable, en el que caben los mismos subgrupos indicados antes-.

“Hay países de vieja tradición liberal y democrática que, a partir de ese principio, han instaurado prohibiciones y reprimen los excesos de la libertad de expresión cuando atañe a la etnia, la raza o la confesión. ¿Acaso es casualidad que, en una sociedad laica, se vigile la libertad de expresión cuando ataca las creencias, pero se la proteja cuando las creencias la atacan a ella? …  No tengo el derecho moral de insultar las creencias de otros, no tengo el derecho moral de profanar a Cristo, porque para millones de cristianos representa la imagen de la libertad de creencias con su sufrimiento en la cruz; no tengo derecho a confundir al profeta Mahoma, encarnación de lo sagrado para millones de musulmanes, con el asesino Bin Laden, encarnación de la violencia. Porque, si olvido el significante de la alegoría de Cristo y Mahoma, estoy despreciando las creencias de millones de personas; sobre todo, dado que mi propia concepción de la libertad tiene unas bases filosóficas tan inciertas como sus creencias. Esta humildad, esta modestia en la relación con lo profano y lo sagrado, me hacen acallar mi agresividad conceptual y relativizar mis convicciones morales. Sin ese factor no es posible la convivencia, no hay más que desprecio, odio y guerra.”15

Frente a la concepción devaluada que Naïr tiene de lo Sagrado, confundiéndolo con los intereses humanos-demasiado-humanos de ciertos grupos de poder (recordemos que la mayor parte de los musulmanes daneses no se rasgaron las vestiduras ni acudieron a los tribunales, el lugar natural, no sagrado, en el que se resuelven las cuitas de las ofensas producidas por un presunto abuso de la libertad de expresión), Savater recordaba en un artículo16, antes de que estallase el escándalo de las viñetas, que del mismo modo que Naïr advierte contra el desprecio a las creencias de millones de personas el novelista John Le Carré culpaba de la fatwa de Jomeini contra Salman Rushdie ¡a éste último! por haberse reído en Los versos satánicos de Mahoma.  Naïr, además, confunde el doble uso del término “sagrado”.  Cuando se dice en Occidente que la libertad de expresión “es sagrada” no se está estableciendo ningún vínculo con un orden supraterrenal, divino, más allá del bien y del mal, de la crítica racional.  Únicamente se está estableciendo una analogía con lo que en el ámbito de la religión resulta ser de suma importancia.  Pero ahí se termina la comparación.  Porque la libertad de expresión, su uso y la discusión de su abuso, pertenece al ámbito de lo terrenal, de la discusión pública, de lo matizable y ponderable.  Lo Sagrado con mayúscula pertenece al ámbito de las creencias sobrenaturales y los sentimientos, tan subjetivos.  Y parece no entender Naïr que la mejor, la única manera de respetar a una persona, es criticando sus creencias, incluso aunque dicha persona se pueda sentir ofendida.  La clave de la civilización es cuando se desliga al individuo de sus creencias y sus sentimientos, en el sentido de que es aquel el que define y domina aquellas y no al contrario.  Parafraseando a otro profeta, son las creencias y los sentimientos las que han sido creadas para el hombre, y no el hombre para las creencias.  Precisamente lo que Naïr no quiere o no puede ver es que de lo que se trata es de establecer la supremacía de lo secular de la libertad de expresión sobre lo sagrado religioso.  O, dicho de otra manera, de los tribunales de justicia ordinaria (y minúscula) sobre la sharia, la Ley de Alá.  Siguiendo el criterio de censura preventiva de Naïr películas como Viridiana, La vida de Brian, Yo te saludo María, La última tentación de Cristo o La Pasión de Cristo deberían también haber sido no realizadas o censuradas para respetar las creencias de millones de cristianos y judíos que se sintieron ofendidos.

La confusión de Naïr entre lo público y lo privado, lo sagrado y lo profano, lo íntimo y lo social no sería grave si no sirviera de justificación ideológica a los intentos de introducir en la legislación la represión de las ideas y los discursos.  Así cincuenta y seis países de la Conferencia Islámica trataron de imponer en la ONU una legislación “contra la difamación de las religiones y sus profetas”, todo ello ¡en nombre de los derechos humanos!  Fernando Castelló, presidente de Reporteros sin Fronteras, denuncia los intentos a-lo-Naïr de imponer una censura preventiva bajo el dictado de lo políticamente correcto

“… tras el asunto de las caricaturas de Mahoma, la libertad de prensa, quintaesencia de la de expresión, se ve amenazada por intentos, desde la ONU y en la propia Europa democrática, de canalizarla por los estrechos cauces artificiales de la corrección política.”17

Ya que hemos citado a Savater continuemos con él porque introduce una nueva perspectiva en la discusión.  Desde el punto de vista del pensador vasco el problema no afecta tanto a la libertad de expresión como a la libertad religiosa.  Es decir, pone la pelota en el tejado dela responsabilidad de los exaltados religiosos.  El peso de la prueba de lo que se puede decir o no se puede decir no está en el campo de los que se expresan sino en la de aquellos que sostienen que algo no se puede decir.   La libertad religiosa incluiría el derecho a criticar las supersticiones, dogmas y creencias de cualquiera.  Además precisó que nadie tiene el derecho a hablar en nombre de las presuntas creencias ofendidas de los millones de musulmanes del mundo porque en su inmensa mayoría no disfrutan de libertad de expresión en sus propios países.  Sólo en Occidente, por cierto, se pueden expresar los musulmanes con libertad.  Y pone el acento en que habrá muchos musulmanes que también se rían con las viñetas de aquellos que en nombre de su religión utilizan a Mahoma para justificar y realizar el terrorismo.

“…  lo que nos estamos jugando es precisamente la libertad religiosa. Y ello por una doble vía. En primer lugar, porque la libertad religiosa en los países democráticos se basa en el principio de que la religión es un derecho de cada cual pero no un deber de los demás ciudadanos ni de la sociedad en su conjunto. Cada cual puede creer y venerar a su modo, pero sin pretender que ello obligue a nadie más…  En segundo lugar, hay personas cuya convicción en el terreno religioso no es una fe en algo sobrenatural, sino un naturalismo racionalista que denuncia como nefastas para la humanidad las supersticiones y las leyendas convertidas en dogmas. Tienen derecho a practicar su vocación religiosa como los demás y son tan piadosos como cualquiera… a su modo…  lo que (se) pretende…  es acabar con la libertad religiosa de las democracias y sustituirla por una especie de-politeocratismo en el que deberán ser «respetados» (léase temidos) los integristas intocables de cada una de las doctrinas y no tendrán sitio los que se oponen por cuestión de honradez intelectual a todas ellas.”18

Savater sería considerado por Vidal Beneyto un “fanático de la libertad de expresión”, de la misma calaña aunque diferente signo a los que queman embajadas y se pregunta retóricamente

“…  en los países occidentales, se ha abierto la caja de los truenos de la defensa de la libertad de expresión, eje mayor según sus promotores de los derechos humanos, que no deben tolerar ningún tipo de intimidación ni pueden aceptar ninguna forma de censura. Este primado de la libertad de expresión frente a cualesquiera otros valores plantea la cuestión del por qué su absolutización en relación con todos los otros derechos fundamentales, como el derecho a la vida, el derecho al honor, etcétera, y recuerda la irresuelta cuestión de la horizontalidad o verticalidad de los mismos y en este caso de su estructura jerárquica. ¿Por qué el derecho a la libertad de expresión va a prevalecer sobre el derecho a la paz de los pueblos y de las personas?”19

El articulista defiende que se pueda hacer mofa pero sobre bases ciertas.  En consecuencia, las viñetas danesas serían susceptibles de censura en cuanto que “es falso que Mahoma propugnase el terrorismo con bombas (sic) y dagas, aunque pueda considerarse que la religión musulmana contiene ciertos elementos de violencia”  La simpleza de la interpretación de Vidal Beneyto sobre el contenido de las viñetas nos lleva a reflexionar sobre el peligro de los límites a la libertad de expresión en cuanto a la estulticia de los que se autopropugnan como censores.  Además parece ignorar qué es una cosa tan simple como una viñeta humorística. Según la definición del diccionario de la RAE “Representación, copia o retrato en lo que, con intención humorística o crítica, se deforman o exageran los rasgos más característicos del modelo que se sigue”  No este el sitio para plantear los problemas asociados a la “representación, copia o retrato”, pero es trivial que son más profundos y complejos que los de manera ingenua insinúa Vidal Beneyto.

Conclusión

El marco liberal de nuestras democracias implica la supremacía del derecho individual a la libertad de expresión y al derecho al pensamiento sobre presuntos derechos colectivos a la paz, de los que no se sabe quien es el sujeto y que en realidad no son sino manipulaciones de determinados grupos que detentan el poder.  La sociedad liberal presupone también que las disputas sobre los límites de los derechos individuales en conflicto se han de dirimir en los tribunales de justicia, dada la separación de poderes que garantiza que el poder ejecutivo no se va a inmiscuir en las vidas privadas de los ciudadanos.  De igual forma se inactivan grupos de presión que utilizan la violencia como forma intimidatoria para tratar de imponer sus costumbres y creencias privadas en el ámbito público.

  1. El principio de los derechos fundamentales.  Una de las formas de defender los derechos de los demás es defender nuestros derechos, en cuanto que un sometimiento de nuestros derechos por motivos de prudencia y apaciguamiento disminuye la calidad liberal de la democracia, y hace crecer las expectativas de los que usan la violencia como herramienta para conseguir sus intereses de dominio.  Pero no sólo es un utilitarismo respecto a los derechos, sino que debe guiarnos el convencimiento de que la defensa de los derechos es la condición misma de la política, no una cuestión que derive de ella.
  2. El principio del individualismo.  La sociedad abierta está basada en la superioridad ontológica y moral del individuo sobre la colectividad.  El siglo XX fue el campo de contienda del individualismo contra el gregarismo de izquierda y derecha.  Hoy en día el gregarismo se encarna fundamentalmente como nacionalismo y religión, siendo la mezcla de ambas defensas de lo colectivo frente a los individuos la principal amenaza contra las sociedades abiertas.
  3. El principio de la libertad religiosa negativa.  La libertad religiosa y la libertad de conciencia son pilares constitutivos del más genérico concepto de libertad individual.  La libertad religiosa y de conciencia supone el reconocimiento por parte del Estado de la garantía para ejercer las creencias religiosas que se estimen oportunas, y las conductas con ellas relacionadas.  No implica, sin embargo, que el Estado deba garantizar su supervivencia económica y mucho menos que deba interferir en la libertad de crítica y de pensamiento respecto a dichas religiones.
  4. El principio de laicidad.  Hay que sacar a Dios de la política.  El principio básico en una sociedad abierta respecto a la libertad religiosa es “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. La libertad religiosa implica la separación entre el Estado y las diversas Iglesias así como la negación de la identificación entre la sociedad y una religión particular.  La libertad religiosa implica la pluralidad religiosa y la aconfesionalidad práctica como principio de regulación de la vida social.
  5. El principio del imperio de la ley.  La comunidad de los fieles se encuentra sometida a los principios de la legalidad general, que están sujetos al desarrollo democrático y a las reglas liberales del Estado moderno
  6. El principio de la tolerancia activa.  Las sociedades musulmanas están viviendo un activo periodo de actualización respecto a la modernización y la sociedad abierta.  En este proceso hay vencedores y perdedores.  Los perdedores deben ser los que pretenden dentro de las sociedades musulmanes hacer valer la fuerza de la violencia y la superstición respecto a poblaciones a las que mantienen en la pobreza y la ignorancia, azuzando en ellas el odio hacia lo occidental haciéndoles creer que sus males no provienen de unos gobiernos abusivos y corruptos si no de la explotación extranjera.
  7. El principio liberal.  Las masas no tienen razón a priori.  Una movilización social no presupone de por sí una justificación.  Las minorías tienen sus derechos inalienables por parte de la mayoría o de minorías constituidas como grupos violentos.
  8. El principio de la refutación, fuerte (respecto a hechos) y débil (respecto a ideas). Los límites a la libertad de expresión involucran al respeto a las personas, no a sus creencias.  Las creencias de un individuo en una sociedad abierta se presuponen que son cambiantes, en cuanto son refutables, al contrario de las sociedades cerradas, como en las se identifica la verdad con una ideología religiosa o política, en las que las creencias se definen como inmutables y son constitutivas del individuo.
  9. El principio de proporcionalidad.  Dentro del universo de la discusión más o menos respetuosa dentro de las sociedades abiertas, las críticas y a las burlas deben ser respondidas con otras críticas y burlas, jamás con la violencia física.
  10. El principio de la identidad mínima.  En cuanto a los límites de la libertad de expresión, éstos han de ser entendidos de la manera más amplia posible, llegando incluso al libertinaje.  En lugar de reforzar las identidades colectivas se debería educar en la imposibilidad de la ofensa mediante la construcción de una identidad mínima.
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