Una y otra educación

El socialismo debe superar la desconfianza radical entre las dos tradiciones de enseñanza en España

En el segundo telediario de Iñaki Gabilondo, un portavoz del cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, explicaba por qué la Iglesia apoyaba la manifestación contra el proyecto de ley socialista sobre educación: "Porque no respetaba el tratamiento de la enseñanza de la religión, del mismo nivel que las matemáticas, como siempre ha sido". Subrayo el como siempre ha sido, porque nunca ha sido así.
Con Franco la Religión era una maría; con la UCD, una optativa; con los primeros Gobiernos socialistas, el alumno podía elegir entre Ética y Religión; luego, la elección fue entre ir a clase de Religión y jugar al parchís o dedicarse al estudio. Sólo con la ministra Pilar del Castillo la Iglesia católica consiguió una ley, la LOCE, que consideraba a la religión como una materia obligatoria y puntuable a todos los efectos, ya fuera en su modalidad confesional, para los creyentes, o como hecho religioso, para todos los demás. Pero ese sueño nunca se realizó porque el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero llegó a tiempo de impedir su aplicación.
Seguro que el enviado del cardenal Rouco Varela no mentía, en el sentido de querer engañar adrede, pero faltaba a la verdad. Como faltan a la verdad los convocantes de la manifestación de hoy cuando dicen que la nueva ley impide a los padres elegir colegio para sus hijos o que atenta a la libertad de enseñanza. Hace 20 años las mismas instituciones que ahora salen a la calle protagonizaron tres sonoras manifestaciones con los mismos argumentos.
¿Pero por qué salen a la calle, con los obispos al frente, con medias verdades o con enteras falsedades? La persistencia de los argumentos obliga a un esfuerzo colectivo de comprensión, dejando de lado reproches o mala intención. Algo pasa en la sociedad española que impide cualquier entendimiento. Lo que ocurre es una profunda desconfianza, que viene de muy lejos, entre dos formas de entender la educación.
Esas dos formas sobreviven, yuxtapuestas, en el artículo 27 de la Constitución. La una tiene por santo y seña el término "derecho a la educación"; es la tradición laicista que hablaba en el pasado de la escuela única, pública y laica. El emblema de la otra es "libertad de enseñanza". Ahí se ubican los centros privados religiosos. Tiene su gracia que los colegios religiosos se acojan al lema de libertad de enseñanza, que fue izado en el siglo XIX por los laicos españoles, cuando la Iglesia tenía el monopolio de la educación. Entonces los catecismos la anatematizaban; ahora esos mismos se acogen a ella, en nombre de la generosidad de la democracia. Las dos tradiciones coexisten en la Constitución y han sido los dos principios que han presidido las distintas reformas educativas realizadas en la democracia española. Coexisten, pero no se fían porque están convencidas, una y otra tradición, de que, en el fondo, son alternativas: una u otra.

HAY QUE superar esa desconfianza radical porque de lo contrario cada Gobierno traerá su ley, con daños irreparables para los alumnos. Llegados a este punto, quizá sea de provecho considerar cómo los alemanes han resuelto el problema. Antes de llegar a leyes concretas, los vecinos del norte entendieron que había que resolver un problema fundamental, a saber, si la religión contribuía o no al logro del ideal educativo. Había que aclararse, de entrada, sobre si en la escuela había que hablar al alumno de visiones del mundo y si la religión –en este caso, el cristianismo– era una de ellas. Todos los sectores llegaron a la conclusión de que la visión del mundo formaba parte de la educación y que el cristianismo era una de ellas.
A partir de este punto abordaron los otros dos aspectos conflictivos del problema: la formación de los profesores que iban a impartir la enseñanza religiosa y los contenidos que había que transmitir. Llegaron a la conclusión de que lo que habilitaba al profesor era una titulación civil, y los contenidos debían ser pactados entre los profesores universitarios y representantes de las iglesias.
Naturalmente que ese proceso fue posible porque la historia alemana predisponía a ese entendimiento. No olvidemos, en efecto, que fueron ellos los que sentaron la tesis de que la matriz de la racionalidad moderna es el cristianismo –más concretamente el protestantismo– y que en las universidades civiles existen facultades de teología, tanto católicas como protestantes. Esa es una diferencia sustancial respecto de la historia española, en la que la ilustración se ha ido haciendo camino en una lucha sin cuartel contra la Iglesia católica.

PERO ESAS diferentes tradiciones no debería impedir entre nosotros el acuerdo, porque la racionalidad moderna, en Madrid o en Berlín, tiene en el fondo la misma matriz. Y si en España es impensable que haya facultades de teología en las universidades públicas, se puede perfectamente crear una carrera académica en religión con algún tipo de participación de las iglesias. Es hora de que el socialismo español dé un paso en esa dirección porque lo que puede conseguir es un avance en el proceso de ilustración.
Digo que el socialismo debe dar el primer paso porque no cabe esperar del grupo episcopal que marca la línea en España que tome la iniciativa. Recuerdo que, cuando hace más de 20 años, el primer Gobierno socialista preparaba la ley sobre educación (la LODE), los obispos de entonces se presentaron en el Ministerio de Educación con un papel, redactado por su asesor en el tema, en el que desautorizaban cualquier legislación del Estado en asuntos de enseñanza religiosa en nombre del derecho natural. El asesor se llamaba Rouco Varela. Su autor ni había aprendido nada ni olvidado nada.

Reyes Mate Profesor de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC

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