Una ley antilaica, antifeminista y antisocial

Contrariamente a lo que dice o da a entender la mayoría de los partidarios de la ley, secundados en ese punto por los grandes medios de comunicación, no hay por una parte laicos, necesariamente prohibicionistas, y por otra «partidarios» o «defensores del velo». Al invitar exclusivamente a mujeres que llevan el velo o a líderes religiosos, como representantes. de la posición antiprohibicionista, los medios ocultan las múltiples organizaciones laicas que se niegan a promover el laicismo por medio de la prohibición y la exclusión[1] (la Liga de los Derechos Humanos, la Liga de la Enseñanza, el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad de los Pueblos (MRAP)) al igual que las Principales organizaciones de docentes y de padres de alumnos (la Federación Sindical Unitaria (FSU) y la Federación de Consejos de Padres de Alumnos (FCPE)).

Se impone otra aclaración: la ley que prohibe los «signos religiosos ostensibles» no es, como se pretende, un «recordatorio» necesario de los grandes principios laicos «Olvidados». Al contrario, marca una ruptura. En realidad, lo que se ha olvidado es que el laicismo, tal y como lo definen los textos fundadores (las leyes de 1881, 1882 y 1886), concierne a los locales, a los programas escolares y al personal docente, pero no a los alumnos.

Los alumnos deben respetar reglas, por supuesto, como la asistencia a todas las clases o el respeto a los demás. Pero no es legítimo aumentar las exigencias dirigidas a adolescentes que precisamente asisten a la escuela para formarse y transformarse. Si se olvida esto, el hecho pedagógico pierde todo su sentido: sea cual sea la idea que se tenga del velo y de la negativa a quitárselo en la escuela, esa negativa no justifica una medida tan grave corno la exclusión definitiva del establecimiento escolar. A pesar de sus deficiencias, el servicio público es un espacio irremplazable, donde los alumnos pueden adquirir conocimientos, aptitudes y diplomas, que se cuentan entre los principales instrumentos de la emancipación.

También se impone una aclaración en cuanto al derecho de las mujeres. La discrepancia en tomo al velo en la escuela no enfrenta, como algunos pretenden, a feministas necesariamente prohibicionistas contra antirracistas carcomidos por una «culpabilidad pos-colonial»[2] que les haría complacientes respecto del islamismo e indiferentes a la suerte de las «chicas de los barrios periféricos». Aunque los grandes medios les han brindado muy poca visibilidad, son muchas las organizaciones o personalidades feministas que se oponen a la prohibición.[3]

Así, la asociación Femmes Publiques se desmarca de un «feminismo que se limita a la afirmación de los Principios (‘No al velo, símbolo de opresión’)» pero no se preocupa de los efectos concretos de esa posición: «Aunque esa posición sea de aparente pureza y radicalidad, su consecuencia efectiva es aceptar la muerte escolar de las adolescentes, su aislamiento y su eventual abandono en manos de los religiosos y de la dominación masculina».[4]

A ese “feminismo de principios» oponen un “feminismo de la responsabilidad» preocupado por el futuro de las alumnas excluidas: «Si como les ocurre a otras personas, puede incomodarnos el hecho de ver un velo en una clase escolar, la desescolarización de una adolescente nos perturba aún más».[5] Y si esa pérdida de la escolarización es desastrosa cuando sanciona una conducta religiosa personal, un acto de afirmación de la identidad o una rebelión adolescente, lo es aún más cuando afecta a una alumna que se niega a quitarse el velo debido a las presiones a las que está sometida. En este caso, la alumna excluida de la escuela es remitida al seno del medio que la oprime.

Sin embargo, estos últimos meses ha surgido un nuevo argumento: la desescolarización y el abandono de las jóvenes que se niegan a quitarse el velo sería un «mal necesario», pues constituiría el único medio de defender a todas las otras jóvenes, particularmente a las que un entorno “retrógrado» o «fanatizado» quisiera obligar a llevar el velo. Pero ese argumento no resiste mucho tiempo al análisis.

En primer lugar, una cosa es reconocer la existencia de tales situaciones, y otra cosa es generalizar, haciendo creer que todos los padres musulmanes quieren imponer el uso del velo a sus hijas. Si tal fuera el caso, las escuelas estarían llenas de chicas veladas; pero de acuerdo con las informaciones, esas alumnas serían entre 1.000 y 2.000 sobre más de dos millones de jóvenes escolarizadas.

En segundo lugar, cuando esa presión del entorno existe, la prohibición y la exclusión constituyen una apuesta arriesgada: si el entorno de una alumna tiene medios para imponerle el velo, no es seguro que ceda ante la amenaza de la exclusión. Es incluso probable que no vea ningún inconveniente en «recuperar» a la alumna excluida para casarla, o para escolarizarla en una estructura religiosa (escuela coránica o redes musulmanas de apoyo escolar).

Dicho de otro modo: para obtener una ventaja muy relativa (darle la posibilidad de quitarse el velo en la escuela a chicas que no lo quieren, pero que deberán ponérselo nuevamente al salir) se acepta un «sacrificio» tan grave como es la desescolarización de otras chicas con velo: las que han elegido llevarlo, pero también las que sufren una presión tan fuerte que no se atreven a quitárselo en la escuela.

¿No es Preferible aceptar en la escuela pública a todas las chicas con velo, tanto a las que han optado por llevarlo como a las que son obligadas a hacerlo, y trabajar con éstas últimas para que logren mantenerse firmes frente a su entorno y se quiten el velo no sólo en la escuela sino también fuera de ella? Semejante labor requiere, por supuesto, tiempo y medios (fundamentalmente asistentes sociales) pero, al menos, permite brindar una ayuda real a todas aquellas jóvenes que la necesitan, sin correr el riesgo de excluir a algunas, ni de castigar a las que han elegido llevar el velo.

Una última razón feminista para oponerse a la prohibición del velo es la negativa a cualquier forma de coacción o de presión ejercida contra las mujeres, ya sea para obligarlas a ocultar su cuerpo como para obligarlas a mostrarlo. «Es la misma violencia» declara, por ejemplo, la dibujante Marjane Satrapi, que se vio obligada a llevar el velo durante su infancia en Irán. ‘Totalmente opuesta al velo», se manifiesta también opuesta a su prohibición, a la que considera «tan opresiva» como la obligación de llevarlo.[6]

En otros términos, la emancipación no se logra por medio de la humillación, la conminación y la represión. Se obtiene más bien a través de la conquista de los derechos. Por este motivo, una ley que prohíba el velo en la escuela, lejos de inscribirse en la continuidad de los grandes combates feministas, marcaría una profunda ruptura. En efecto, los combates feministas hasta ahora nunca han tomado la forma de una demanda de represión contra las mujeres.

Por el contrario, las mujeres siempre han luchado para ganar nuevos derechos (votar, trabajar, disponer de su propio cuerpo). Y cuando han apelado a la sanción, ha sido contra violencias sexistas ejercidas por los hombres: la violación o el acoso sexual. ¡Qué extraño feminismo éste, que penaliza a las mujeres, y sólo a las mujeres, pues esta ley no afectará a ningún integrista barbudo!

Precisamente, ocupémonos de los integristas. Los prohibicionistas nos sugieren que no seamos ingenuos ni ciegos a la acción de los grupos que se ocultan «detrás» de las chicas con velo. Pero ese discurso de apariencia realista plantea un doble problema.

En primer lugar, suele vehiculizar temibles amalgamas: no todos los musulmanes que llevan barba son peligrosos integristas; y no todas las alumnas con velo son militantes integristas, ni víctimas de los integristas. Todos los sociólogos que han investigado a chicas que usan el velo han subrayado la diversidad de las situaciones: el peso del entorno es muy variable, al igual que las características de ese entorno y el sentido que le dan al velo las chicas que lo llevan.[7]

Además, si bien ese tipo de grupos constituye el entorno de cierto porcentaje de chicas que usan el velo, los mismos están efectivamente «detrás» de ellas: es decir, que son las jóvenes las que están en primera línea, y sólo ellas sufrirán los rigores de la ley. En cambio, los integristas saldrán indemnes. Peor aún, se aprovecharán de esta ley, pues se convertirán en los únicos interlocutores de las jóvenes excluidas. Así, podrán ejercer más que nunca su control y su adoctrinamiento, creando sus propias escuelas coránicas o sus redes de apoyo escolar. Para colmo la exclusión dará más credibilidad a su discurso, según el cual las chicas que llevan el velo tienen una sola «verdadera comunidad», la del islam, puesto que «la República rechaza a los musulmanes».

Eso es lo que intentó decir a las autoridades francesas Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz, célebre por haber combatido en Irán la obligación de llevar el velo: «Dejar sin escuela a las chicas que llevan el velo sólo servirá para convertirlas en presas más fáciles de los fundamentalistas (…) Si los países democráticos olvidan los derechos humanos en nombre de la lucha contra el terrorismo, eso llevará agua al molino de los adversarios de los derechos humanos (…) La única forma de luchar contra el fundamentalismo es el conocimiento, la cultura y la instrucción».[8]

Bien se aborde el problema desde el prisma del laicismo, del feminismo o de la lucha contra el integrismo, se llega siempre a la misma pregunta, que con demasiada frecuencia resulta eludida: ¿qué será de una alumna con velo, una vez excluida de la escuela? Por otra parte, más allá de ese «sacrificio» injustificable, es necesario tomar conciencia de la magnitud de los daños causados por seis meses de discusiones en torno al velo, daños que la aprobación de una ley puede aún agravar. Además del perjuicio que se le causa a la alumna excluida, toda la comunidad escolar podría quedar sumida en un clima deletéreo: los alumnos restantes soportarán muy mal la señal que se les dirige, a la vez que se les niega toda posibilidad de expresar su reprobación bajo pena de verse calificados de integristas.

Por otra parte, ¿cómo no inquietarse ante el sentimiento anti-árabe y anti-musulmán que se instala y banaliza gracias a ese debate?[9] En efecto, con la excusa de debatir sobre el laicismo y los signos religiosos asistimos en realidad a un debate sobre el velo islámico y sobre el islam. Se trata de un hecho y no de un prejuicio: desde hace seis meses el islam está en la portada de las revistas los argumentos a favor de la ley se habla únicamente del velo. Hasta tal punto que cuesta comprender cómo esos argumentos acaban justificando un texto que se aplica a «todos los signos religiosos». ¿Por qué prohibir también las cruces o las kippas sobre las cuales en los últimos seis meses nadie ha dicho que sean un problema? Se dice que es para no dar la impresión de que se apunta a una religión en particular. ¿Pero por qué ese temor si, como afirman los prohibicionistas, el problema es precisamente el de la opresión de las mujeres que vehiculiza el velo?

Hay que rendirse a la evidencia: muchos militantes laicos luchan desde hace tiempo por la prohibición de todos los signos religiosos, pero fue la focalización sobre el velo –aunque no quieran admitirlo- lo que les valió tantos apoyos. Y es esencialmente el velo el que, en la práctica, será alcanzado por la ley, pues tas cruces pueden disimularse fácilmente debajo del jersey.[10]

Por último, cómo no ver que la alumna que lleva velo cumple la función de chivo expiatorio, objeto de ensañamiento que permite olvidar más fácilmente las lógicas de dominación y de exclusión que circulan en nuestra sociedad: liberalización de la economía, precarización general, aumento del control social y de las políticas de seguridad, persistencia de las discriminaciones y desigualdades entre hombres y mujeres. La propia escuela está atravesada por profundos problemas (personal insuficiente y precarizado, alumnos abandonados al fracaso escolar o a los sistemas de relegación) a los cuales es urgente dar soluciones, antes que encarnizarse contra un grupo de adolescentes.


[1]Cf. «Campus ou champ de bataille?», www.lmsi.net

[2]Ver «Une loi pour interdire les signes religieux á l’école», Libération, París, 6-5-2003.

[3]Entre esas feministas citemos a Françoise Gaspard, Christine Delphy, Monique Crinon y Catherine Albertini, al Igual que asociaciones como Femmes Publiques, Femmes Plurielles o Citoyennes des deux rives. Véase Charlotte Nordmann (dir.), le Foulard islamique en questions, ediciones Amsterdam, que será publicado el 16 de marzo. Véase también la lista de los 1000 primeros firmantes del llamado «Sí al laicismo, no a las leyes de excepción» en www.lmsi.net

[4]«Etre féministe, ce n’est pas exclure», sysiphe.org

[5]Idem.

[6]Marjane Satrapi, «Veiled threat>> The Guardian, 12-12-2003.

[7]Cf Françoise Gaspard, Farhad Khosrokhavar, Le Foulard et la république, La Découverte, 1995, y Charlotte Nordmann (dir), op. cit.

[8]AFP 19-12-2003.

[9]Vincent Geisser, la nouvelle islamophobie, La Découverte, París, 2003, al igual que el coloquio organizado por el MRAP en septiembre de 2003.

[10]También podria verse afectado, de manera igualmente injusta, el uso de la kippa, pero muy pocos alumnos la llevan en las escuelas públicas.

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