Una fractura más allá de la perspectiva religiosa

«Mubarak era un dictador fascista y Morsi, un dictador religioso. Esto hace que sea peor»

La gran manifestación celebrada el martes en Tahrir evidencia la creciente fractura social, que podría agrandarse hoy con la presentación del borrador de la Constitución. Las tensiones no se explican solo con la dicotomía «islamistas y laicos» y el pulso político a varias bandas provoca extraños compañeros de pancarta.

El santo Corán nos dice que debemos de permanecer unidos. Esto dará más fuerza a la revolución». Samir Mansi, jeque sufí (una rama del islam basada en el misticismo), lanzaba estas proclamas el martes en una abarrotada plaza Tahrir mientras enarbolaba uno de los símbolos más utilizados durante las últimas protestas en El Cairo: la cruz fusionada con la media luna que apela a la unidad entre las diferentes vertientes religiosas en Egipto. No era el único. Atizar el miedo a una «islamización» de la vida pública constituye uno de los principales argumentos esgrimidos por muchos opositores, cuyas apelaciones a la «unidad egipcia» al margen de creencias ha colocado en la misma pancarta a representantes de todo el espectro religioso, aunque algunos con más peso que otros. De hecho, esta razón y no el «decretazo» aprobado por Mohammed Morsi es lo que repetían la mayoría de manifestantes para defender su presencia en Tahrir, aunque el motivo oficial de la convocatoria era plantar cara al incremento de poderes presidencial. Sin embargo, detrás de la brocha gorda religiosa se esconde una discusión más profunda, con muchas aristas y que se presenta, de forma entremezclada, en las calles, en la asamblea y en los tribunales.

«El programa islámico no acaba con Morsi. En nombre del islam digo: ¡abajo el presidente!», clamaba Ibrahim, un joven vestido de traje, con gafas de sol y una cinta negra atada en la frente con la leyenda: «márchate». Se declaraba musulmán practicante y se apoyaba en su fe para defender que «solo Dios puede imponerse frente a los hombres». En su opinión, el decreto de Morsi implica «que no pueda ser cuestionado», así que insta, directamente, a derrocarlo. «Si Morsi cae, lo hará un proyecto personal, no uno islámico», vaticinaba.

Su presencia en las protestas de Tahrir, como la de mujeres ataviadas con niqab, evidencia que también entre los musulmanes suníes (mayoritarios en Egipto) se escuchan reticencias hacia lo que consideran un intento de convertirse en intocable. Más que hacia las mezquitas, los dardos, cada vez más beligerantes, se dirigían hacia la organización religiosa a la que pertenece Morsi, con escasas referencias a unos salafistas que, por el momento, se alían con un presidente a quien no ven con buenos ojos.

Surge el Frente Nacional de Salvación

En la actual partida egipcia, donde las creencias y su modo de aplicarlas cuentan pero no son el único elemento, juegan muchos actores. Están, obviamente, los Hermanos Musulmanes. En el otro campo, minorías religiosas como los coptos, los revolucionarios que desconfían del actual gobierno, izquierdistas y liberales, que se han agrupado en torno al Frente de Salvación de Egipto, entre cuyos principales líderes se encuentra el excandidato Mohammed Al Baradei. Y también, sin desaparecer, se encuentran vestigios del antiguo régimen de Hosni Mubarak que no han sido purgados.

En realidad, y pese a voces como la de Ibrahim, la ausencia de las características barbas islámicas resultaba significativa en la protesta del martes, que ayer seguía aunque con menor intensidad (las tiendas seguían en pie, pero el tráfico había regresado a Tahrir, aunque se reprodujeron los enfrentamientos con los antidisturbios). Dentro de este magma heterogéneo, otras confesiones, como sufís o coptos, compartían escenario e incluso oraciones, mientras los laicos se mantenían al margen. Todos, sin excepción, hacían suya la creencia de que Morsi únicamente obedece a Mohammed Badie, líder de los Hermanos Musulmanes en Egipto. «Cuando estaba reunido con los jueces, se levantó y salió de la sala 15 minutos para hablar con el líder religioso. ¿Qué clase de presidente hace eso?», argumentaba un manifestante entrado en años en relación al encuentro mantenido el lunes entre el presidente y Mohamed Metuali, jefe del Consejo Superior de Justicia y del Tribunal de Apelación. Además, entre la lista de agravios también podía escucharse la sospecha de que la Hermandad está copando los principales puestos de la estructura del Estado, su calificación como advenedizos a una revolución a la que llegaron con retraso y la falta de perspectivas de su plan económico neoliberal.

Giros a la espera del domingo

«No queremos un país dominado por la religión. En una democracia moderna, si quieres, crees; si no, no lo haces. Los mártires no han muerto para esto». Bathaa Anwar, abogado y miembro del partido ElGad-Elthawra, de tendencia liberal, aseguraba insistentemente que «quieren implementar la Sharia». Pese a la larga lista de motivos para marchar que podían leerse en muchas pancartas, ciertas voces ponían énfasis únicamente en el tema religioso. Lo hacían, además, obviando que la ley islámica ya está considerada fuente del derecho egipcio e incluida en la actual Constitución, la heredada del antiguo régimen. Probablemente, tantas referencias tratan de ubicar la batalla de cara al próximo texto constitucional, que se aprueba hoy. Los laicos, quienes más sospechas muestran hacia Morsi, dan por hecho que seguirá incluyendo la referencia religiosa, ya que se sienten marginados y, junto a los coptos, se han levantado de una mesa mayoritariamente islamista por decisión de las urnas.

«Mubarak era un dictador fascista y Morsi, un dictador religioso. Esto hace que sea peor», aseguraba el martes Anwar, en referencia al decreto constitucional. Lo paradójico de todo esto es que, como señalaba recientemente el periodista Eugenio García Gascón, Morsi es, actualmente, la única institución egipcia que puede calificarse como democrática. El único elegido por sufragio universal después de que media asamblea fuese tumbada por los jueces. El impasse actual es confuso. El presidente se aferra al hostigamiento de los magistrados, muchos de ellos en su puesto desde tiempos de Mubarak, para dotarse de más poder. Asegura que así blinda el proceso de los togados, mientras que los opositores lo ven como el primer paso para eternizarse en el poder. Paradójicamente, en Tahrir, donde también marchó la magistratura en huelga, podían escucharse exigencias a Morsi para que «cumpla la ley». La misma normativa que no se ha tocado desde la caída de Mubarak y que, por lo tanto, fue impuesta por el régimen anterior. Dentro de esta pirueta, jueces vinculados al antiguo régimen y algunos de los que dieron todo para echarlo abajo, convergen de alguna manera. «Es la política», señalaba, encogiéndose de hombros, un activista junto a su recién plantada tienda de campaña. La situación podría dar otro giro surrealista el próximo domingo. Entonces, los magistrados valorarán la legitimidad de la asamblea constitucional. Y lo harán tres días después de que el primer borrador de la Carta Magna ya haya sido aprobado. Qué pasaría si deciden invalidar todo lo hecho hasta ahora es algo que nadie se atreve a prever.

El pulso iniciado el viernes en Tahrir podría incrementarse hoy cuando se conozca (y se vote) el contenido del borrador constitucional, donde se juega mucho. Los Hermanos Musulmanes no se han mostrado nada conciliadores y el martes, tras comprobar que la plaza estaba a reventar, recurrieron al argumento de que «miles» de personas no son nada frente a los «millones» que avalaron a Morsi. En medio de esta complejísima situación, se pueden leer pancartas que recuerdan que los lemas que levantaron a Egipto contra su eterno «faraón» se basaban en la demanda de «pan y libertad». Objetivos todavía pendientes que distintos sectores tratan de desplazar de la agenda a través de debates dirigidos hacia un sectarismo ya utilizado en otras ocasiones como arma.

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