Una democracia laica

El 10 de septiembre de 2008, Benedicto XVI fue recibido llamativamente en Francia, país en el que frecuentan la iglesia, un domingo por mes, menos del 5% del 60 o 65% de franceses de «cultura católica».

Fue recibido, pues, en su calidad de “gran intelectual”. Casi todos los comentaristas de la prensa elogiaron de común acuerdo “su inteligencia y su cultura”. El momento de gloria le llegó en el Colegio de los Bernardos, ante la casi totalidad de intelectuales de todo tipo con que cuenta ese país. Más que en Lourdes ante la masa internacional de beatos, es en el Colegio de los Bernardos donde el jefe de los católicos mostró sus calidades dialécticas. Por ejemplo, se cuidó muy mucho de tocar los temas del aborto, la homosexualidad, la contracepción o la flamante polémica sobre la laicidad estilo Sarkozy, cuya palabra pronunció sólo una vez.

En cambio, los asistentes tuvieron el privilegio de una revelación. Hablando del trabajo manual, el de “todos los grandes rabinos que trabajaron con sus manos”, y el de Pablo “que fabricaba sus tiendas”, Benedicto XVI prosiguió: “Dios mismo, creador del mundo, trabaja, y la creación aún no ha terminado. ¡Dios trabaja!” Más de uno de los presentes se hundió en un abismo de perplejidad.

Nada más alejado de Sarah Palin, ex miembro de la más fundamentalista de las Iglesias Pentecostalistas, la Assembly of God, para quien la Tierra fue creada por Dios en siete días hace entre seis y diez mil años y los hombres coexistieron con los dinosaurios. Extraña idea si se piensa que según el consenso científico más actual los últimos dinosaurios se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años mientras que los primeros humanos aparecieron sólo unos doscientos mil años antes de Cristo.
Pero el problema de las sociedades democráticas no debería ser el de la elección entre Benoît XVI y Palin. Más bien se trata de dar a cada cual la posibilidad de creer en lo que más se ajuste a la verdad de su conciencia. Para ello, la polémica creada en torno a la “laicidad positiva”, según reza la desafortunada expresión de Nicolas Sarkozy, es en realidad tan aburrida como buscar el lado “positivo” del nacionalismo. La laicidad es la laicidad. No existe laicidad positiva ni negativa. La laicidad no pide adjetivos. Literalmente la laicidad significa una sola cosa: la independencia de los Estados de los grupos de presión religiosos. La laicidad garantiza la tolerancia social, el respeto de la democracia y la vigencia plena de uno de los derechos humanos fundamentales: la libertad de conciencia. El individuo éticamente responsable de sí mismo es el fundador y la columna vertebral de la democracia. Ésa es la razón por la que la democracia es laica -o no es democracia.

El Estado laico no es más ateo que religioso. La laicidad no es una ideología y, contrariamente a las religiones, no hace proselitismo. La laicidad no implica anticlericalismo ni ateísmo, aun si los ateos y los libres pensadores se encuentran cómodos allí donde se la respeta.

Y es probablemente aquí donde el asunto irrita profundamente las religiones dominantes. El Cardenal Cañizares lo dice claramente. Para el “Europa podría derrumbarse en escombros y todo podría ser permitido” de continuar el avance del laicismo. “Sólo el creador puede crear derechos”. Si no “el hombre se queda solo en su soledad extrema, sin una palabra que lo cuestione”.

El problema de fondo, en definitiva, reside aquí: las Iglesias han garantizado desde siempre la cohesión social y el mantenimiento del orden mediante todas las guerras internas y externas necesarias. “Hasta ahora la religión había tenido un papel muy importante que consistía en justificar el orden social existente, diciendo que no importa si uno es infeliz aquí en la Tierra, ya que la vida y la muerte de cada uno tienen un sentido, una significación… La sociedad moderna es la primera sociedad no religiosa en la historia del hombre”, dice Castoriadis.

Aquí el filósofo se concuerda con el Cardenal extremista, que habla de la “soledad extrema” del hombre cara al Universo y sobre quien recae la responsabilidad de dar un sentido a su vida. “No tenemos, parece, ni el coraje ni la capacidad de admitir que el sentido de nuestra vida individual y colectiva ya no nos será dado por una religión o por una ideología, que somos nosotros quienes debemos crearlo” dice Castoriadis.

Es en este sentido que el ateísmo asusta, y asusta en particular a los creyentes habituados a confiar su destino terrestre a las fuerzas externas. Se podría pensar que si la laicidad sigue creando problemas, ello se debe a que se quiere ver, detrás de ese concepto – que no es atinente sino al derecho constitucional – la puerta abierta al ateísmo. “El problema de las sociedades laicas es entonces: qué sentido darle a la vida…”, dice nuestro filósofo. Para evitar el interrogante todos los medios son buenos y ya han sido descritos por Pascal: el ocio, la distracción, el consumo… “¡Y sin una palabra que lo cuestione!”, se indigna el Cardenal.

Así es. También se lo podría llamar simplemente la condición humana.

Nicole Muchnik es periodista y pintora

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