Una cosa piensa el islamista y otra el laico

Muchas veces la tentación occidental, analizar todos los problemas del mundo desde la visión de los países más desarrollados, contamina los análisis

Ni Marruecos, ni Argelia, ni Turquía, ni Egipto, ni Túnez, ni Libia están enclavados en la ribera norte del Mediterráneo. Están donde están, en la ribera sur, son parte de África y tienen unos condicionantes particulares en relación entre sociedad y religión. Por una parte, el islamismo no es un todo homogéneo, el orbe musulmán siempre ha tenido divisiones internas; y, además, aunque a veces no lo parezca, existe una lucha que será eterna entre la religión y el laicismo. Entre la imposición y la libertad. Ya desde antes de las cruzadas, en los principios de la era musulmana, hubo intelectuales de la época que advirtieron de los peligros del fanatismo: "Los habitantes de la Tierra se dividen en dos. Los que tienen cerebro pero no religión, y los que tienen religión pero no cerebro". (Abdul Ala al Maari, muerto en 1057).

Los últimos acontecimientos en Egipto, la destitución del islamista Morsi a manos del Ejército, una piña tras el general y ministro de Defensa Al Sisi, vinieron precedidos por una contestación ciudadana fuerte y clara. Ciudadana y no solo social, porque un alto porcentaje de los indignados que volvieron a tomar como una marea la simbólica plaza Tahrir creían que el dirigente aparentemente moderado de los Hermanos Musulmanes había alcanzado la victoria electoral con engaños, y que, una vez llegado al poder, lo que trató de hacer fue islamizar a Egipto, siguiendo las directrices del guía espiritual de la hermandad, modelo iraní.

Por supuesto, es obvio que el proceso democrático surgido de la primavera árabe y del derrocamiento del dictador Hosni Mubarak se ha interrumpido, en principio en situación de punto muerto, pendiente de arrancar nuevamente con otra convocatoria electoral.

Pero la situación está llena de matices; no se puede juzgar como si el golpe de Estado fuera un golpe de Estado típico. Millones de egipcios confirmaron sus peores presagios: la apariencia de moderación de los Hermanos Musulmanes era solamente una máscara. Como la fábula del escorpión, está en su naturaleza islamizar por la fuerza a la sociedad, cambiar las reglas del juego, como hizo el arrogante presidente abusando de sus prerrogativas, y, finalmente, aplicar la sharia por la puerta de atrás.

Ha sido curioso observar cómo en todas las tertulias periodísticas, la inmensa mayoría de los opinadores discrepaba con los egipcios, y españoles establecidos allí, que mostraban su alegría por la interrupción de un plan b de islamización forzosa. "El ejército nos ha escuchado", decía una de las jóvenes que se manifestaban alborozadas por recuperar la ilusión de la primavera.

Los Hermanos Musulmanes que pusieron a Morsi como mascarón de proa, pero al que le impusieron la ruta de navegación, han actuado irresponsablemente, creyendo que su presidente delegado iba a disponer de las mismas facilidades que el turco Erdogan.

La falta de inteligencia estratégica, combinada con la primavera que no tuvo Turquía marcó la diferencia: una generación joven, digital, acostumbrada a la libertad laica, reaccionó cuando vio peligrar su estilo de vida y alejarse su ideal de sociedad abierta donde el Estado no estuviera secuestrado por la religión.

Internet y el turismo han sido en realidad los factores desencadenantes de la interrupción democrática temporal -en principio, hay que estar atentos al papel que asumirán los militares, y lo que estén dispuestos a ceder en una nueva Constitución de amplio consenso político-. Los islamistas demostraron que no entendían la economía del turismo; se llegó a nombrar gobernador de un área eminentemente turística a un antiguo terrorista que dirigió atentados contra extranjeros en la zona.

El dilatado cierre de una actividad económica básica dejó al país arruinado y sin perspectivas. "Ustedes no se lo pueden imaginar", me decía hace meses en Las Canteras un egipcio profeta, "porque no tienen ese peligro en las puertas. Pero por un momento imaginen que España en un arrebato de locura elige a un cura, a un cardenal, que reimplanta la inquisición, los viernes sin carnes, las playas con albornoz, las faldas hasta los tobillos, los velos y mantillas en misa, el permiso del marido para que la mujer trabaje o abra una cuenta bancaria, que machaca a la ciencia para primar la teología, los extranjeros perseguidos… ¿Qué harían ustedes, vivir como en el medievo? Pues eso".

Y ese eso es finalmente lo que ha pasado; aunque ello no sea fácil de entender desde una Europa que no tiene a la vista ese riesgo inminente.

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