Una cervecita fresca

En pleno agosto, el mes canicular por excelencia, cuando la gente sencilla, bienpensante, buscaba la conversación sosegada a la vera de una cervecita fresca en la sombra acogedora del rincón recoleto, y si se terciaba hacer una cabezadita, se dejaban arrullar en la lejanía del lenguaje antiguo… en este lugar amable del país, con casi 43 grados centígrados, convergió un magnífico tsunami de peregrinos procedente de los cuatro puntos cardinales del universo de la fe.

El grueso principal estaba formado por jóvenes creyentes que ostentaban sus símbolos como únicos lemas posibles: guapos, sonrientes, uniformados, abanderados, entusiasmados, sensibilizados… en suma, entregados en cuerpo y alma a su jefe que era en realidad -salvo error u omisión- quien debía correr con los gastos de la fiesta monstruo, o tal vez, usando otras palabras, quien se beneficiaba del pago a escote pre-electoral consentido por el gobierno de dicho país laico y miope. Vinieron pues hasta estos lares para mostrar al mundo no sólo su poder ejemplarizante de convocatoria sino su ventaja incuestionable respecto a la competencia. Credos también admitidos en el estado multiconfesional que no levantaba cabeza a pesar de haber sido rico: “pobres por culpa de los mercados” -decían- cuando en realidad debían haber dicho: “por culpa de los especuladores y de su moral”. La moralidad, un valor en horas bajas sinónimo de ética, de una manera de vivir con la verdad, en paz con los demás y consigo mismo, un rasgo de decencia que, quien dictaba las normas del consumo, se apresuró a descalificar por razones obvias. Incluso el jefe de esa juventud enfebrecida la puso en cuestión, silenciando episodios de pederastia habidos en el seno de su magisterio, un mal que por mucho que el propio jefe pidiera perdón, semejantes atropellos exigían de la justicia condenas ejemplares. Y aunque en aquellos días de agosto las masas lo hubieran endiosado como a una estrella del rock y a su paso algunas fans perdieran el oremus y la compostura, hay que decir sin embargo que sólo es un hombre con los pies de barro, un ser nacido con el estigma del pecado como los demás hombres, que puede errar, mentir, pecar… Así que, aunque su aureola de bondad quiera mostrar al mundo a un ser tocado por la gracia, su mirada de hombre no engaña, puesto que sólo es un hombre con sus virtudes y defectos. Un timonel atareado en gobernar la nave escorada a estribor que ni siquiera dispone del tiempo que ocupa tomarse una cervecita fresca.

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