Un tupido velo

El caso de la alumna madrileña a la que prohíben asistir a clase con la cabeza cubierta

Cualquier militar español sabe que bajo cubierta tiene la obligación de despojarse de su prenda de cabeza. Y así lo hacen por exigencias del reglamento en el uso del uniforme. Así que la polémica que la adolescente de Pozuelo está intentando crear sobre una base ficticia, ni se tiene en pie ni debiera tenerse. El consejo escolar ha sido contundente ratificando de nuevo la prohibición de llevar un velo cubriendo los cabellos en clase. Si uno llega a un país como el nuestro, si además trata de integrarse, y encima se forma con profesorado español, lo menos que debe hacer, y debiera hacerlo por imposición de las autoridades y las normas que rigen en nuestra comunidad, es acatar las costumbres del lugar y su normativa de convivencia. El resto es una batalla que debiera estar perdida de antemano o, en caso contrario, el peligro de hacer volar por los aires los principios básicos de nuestra sociedad está en el umbral de este caso.

Todo el que viva en nuestra tierra sabe que hay unas leyes que obligan, una Constitución que ampara o debiera amparar -que no lo tengo tan claro- y unas costumbres consuetudinarias que es preciso respetar por el bien común. Toda transgresión, toda lucha por imponerse a las normas o toda rebeldía tienen que ser inmediatamente sofocadas precisamente por ese bien común. Si un islamista quiere portar velo, que lo haga en la calle o en su casa; si por el mismo motivo un budista desea acudir a las clases vestido solamente con su túnica naranja -esto es, medio desnudo-, hay que impedírselo, y lo mismo ocurriría si mañana se le antoja a otro cualquiera entrar en el aula vestido de tuareg. O somos todos iguales ante las normas, o el caos será la primera consecuencia en nuestra enseñanza, en nuestro trabajo o en nuestra sociedad, ya bastante desquiciada de por sí.

Occidente debe ser celoso en el mantenimiento de sus costumbres, adquiridas a lo largo de los siglos, perfeccionadas en muchos casos tras guerras o revoluciones, hasta que se obtuvo un nivel de convivencia en libertad aceptable. Es por ese preciso motivo por el que cualquier desacato -que este caso no es otra cosa que un desacato, una rebeldía y una manera de dinamitar nuestra sociedad-, todo acto subversivo, por pequeño que sea, debe ser inmediatamente corregido y subsanado. Lo primero que debe asumir la familia y la propia adolescente es que acude a clases en un centro escolar laico y público, no a una escuela coránica privada. Se empieza por un simple paño en la cabeza y se termina por exigir la media luna en el estandarte.

Si la retirada de los crucifijos de las escuelas públicas ha causado cierto revuelo, la introducción de una prenda con connotaciones religiosas en el aula debiera producirnos el inmediato repudio y el más absoluto rechazo. Ya en época de la II República -algunos con cierta edad lo recordarán- se dictó una norma por la que se retiraban los símbolos religiosos. Y aquí no pasó nada, cada cual siguió con sus creencias, que, por ser de cada uno, deben de ser íntimas. Porque, además, es precisamente el laicismo más absoluto el mejor garante de la libertad religiosa de cada cual. Razón que debiera llevarnos a la reflexión de que es mejor ser laico que esa media tinta de no confesional. Si Suiza dice que no a los minaretes, Francia va camino de prohibir el burka y el resto de Europa ve con preocupación la invasión de costumbres foráneas, tendremos que empezar a mirar hacia el horizonte de una vez y dejar a nuestras espaldas los falsos complejos de una tolerancia mal entendida. La verdadera tolerancia es aquella que nos lleva a una mayor convivencia, a una mejor educación de las generaciones futuras y, desde luego, a una cotas de libertad cívica que estén garantizadas por el respeto recíproco. No corramos sobre este tema un tupido velo, más bien descorramos el velo para evitar en fechas próximas que el velo nos tape a todos.

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