Un rito civil

Se molestan varias confesiones religiosas en España de que los funerales de Estado -de Estado aconfesional- se hagan con un rito católico: una misa en una catedral. Asistieron protestantes, judíos, musulmanes y adventistas, pero antes enviaron cartas quejosas a José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Gaspar Llamazares, representantes de los principales partidos de ámbito nacional. Más allá del ecumenismo -tampoco tenido en cuenta- estas confesiones pidieron un recinto civil, por respeto también a agnósticos y ateos.

No quieren darse cuenta de cómo es la católica España, de la misma manera que las autoridades no tienen en consideración cómo se comportan los españoles, laicos en sus costumbres y poco cumplidores con los ritos, aunque culturalmente la mayoría sea de adscripción y formación católica.

Un par de familias de fallecidos también ha puesto pegas a los funerales. Una por razones que mezclan la intimidad y una legítima molestia con la representación del Estado: «Es como vender nuestro dolor. Nos dijeron que iban la Reina y muchas autoridades, y sí, pero ¿y qué?». Otra por razones directamente religiosas: «No me gustan las misas. Entiendo que a los religiosos les alivie el dolor, pero a mí no me interesan». Añade también la intimidad y puede leerse desinterés a estar en el reparto de un acto de propaganda: «No me parece que el funeral vaya a ser muy familiar, habrá muchas medidas de seguridad y muchos medios de comunicación».

En un siglo nuevo y ante un hecho nuevo en una sociedad renovada se ha dado una respuesta vieja: «El Rey te toca, Dios te cura», decían los monarcas hasta el siglo XIX. No se ha organizado un acto para la realidad plural de España, pero, por encima, se ha renunciado a crear una ceremonia civil que urge cuando la sociedad quiere homenajear a sus caídos. Ya tarda 25 años de democracia el estreno de un rito ciudadano de plena solemnidad sin connotaciones religiosas. Después, merced a la libertad de cultos, cada quien entierre a sus muertos según le mande su Dios.

Se condena un atentado en el que han muerto 190 personas de diferentes creencias con un rito religioso que no se corresponde con la fe íntima de algunas de ellas. Se conduele con una ceremonia que no es la del consuelo de algunos familiares. Lo de menos es que bien lo sepan quienes lo han organizado así, miren hacia otra parte y tiren para delante. Lo de más es que muchas personas de buena fe no acaban de ver el agravio. «Es una misa, no hace mal a nadie». Piensen sólo en que a los suyos los despidieran por otro rito.

No encuentran más comprensión los familiares que se sienten desafectados del Estado y sus representaciones y no quieren participar en el engorde de sentimientos que no sólo no dieron seguridad a sus muertos, sino que les pusieron en peligro.

En Estados Unidos, un país multicultural y muy religioso a través de muchas confesiones, velan por que no excluyan a nadie. También así tapan con religión la base religiosa que da fuerzas ciegas de fanatismo a este conflicto político internacional llamado guerra contra el terrorismo. «Trenes cruzados», dijeron los asesinos.

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