Un Perón metido a Papa

Razonar la fe en la existencia de Dios siempre me ha parecido un imposible, un arduo trabajo intelectual que choca y se precipitaba en el abismo del dogma de la Santísima Trinidad. Por eso, el habemus o no habemus Papa nunca ha sido una preocupación espiritual que altere mi existencia más de lo debido. Lo único que me desazona del habemus Papam, por su poder e influencia terrenal, es el personaje en sí mismo. Quién es y, cuáles son sus obras. Y las del jesuita Jorge Borgoglio dejan mucho que desear.

A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por mostrarle como un hombre modesto en sus costumbres, que en Buenos Aires utilizaba el metro y hacía homilías contra la corrupción, que rechazó la limusina vaticana y él mismo pagó la pensión donde se alojaba en Roma, la oscuridad se cierne sobre tanta virtud. Al otro lado del espejo, la vida de Francisco I se adentra en la dictadura militar de Argentina, con acusaciones tan graves como haber contribuido con una denuncia a la desaparición de dos curas villeros o estar implicado en el robo de bebes, nacidos entre la tortura y la muerte, programada por Massera, amigo en aquel tiempo de Bargoglio. Años más tarde, calificó el matrimonio gay como «una movida del diablo» y a la mujer «naturalmente inepta para ejercer cargos políticos». Para razonar, si se puede, las contradicciones de lo que dice, hace y oculta el nuevo Papa, algunos analistas políticos le describen como un «populista conservador». Justo el tipo de personaje salvador que crece en los estados de crisis para acabar con la libertad de pensar allí donde esté. Un Perón, metido a jesuita, que se añade a la lista del peligroso populismo que asoma ya en muchos lugares de Europa.

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