Un paso adelante hacia el laicismo

Ayer España no renovó su consagración al Corazón de Jesús en el cerro de los Ángeles, en Getafe (Madrid), por mucho que así lo repitiera la jerarquía eclesiástica. Y es que el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), representa a los obispos, pero no representa –ni mucho ni poco- al conjunto de los ciudadanos de nuestro país. A España la representa -de forma más bien simbólica- el Jefe del Estado, que es el Rey Juan Carlos I, y en la práctica la representa el Gobierno elegido democráticamente.

El Rey hizo ayer lo que debía hacer: abstenerse de acudir a unos actos ajenos a sus funciones. El Estado español constitucionalmente no es confesional. Era confesional, en efecto, cuando Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I, fue quien consagró España al Corazón de Jesús. No fue confesional durante la II República. Lo fue hasta el vómito -y durante cuarenta años- la dictadura del general Franco. Ese régimen hizo suyo el nacionalcatolicismo, al que de modo implícito, aunque muy entendible, aludió en su homilía de ayer Rouco Varela cuando describió a España con las siguientes palabras: “Es una nación marcada en los más profundo de su alma y de su ser histórico por la profesión de la fe católica”.

El Hereje, de Delibes
Los españoles ciertamente, y a lo largo de siglos y siglos, han sido marcados por el catolicismo. Marcados –debería puntualizar el cardenal de Madrid- a sangre y fuego. La evangelización de España, como más tarde la de Latinoamérica, se implantó por la fuerza y por el lógico temor a instituciones tan monstruosas como el Tribunal de la Santa Inquisición. Eran tiempos de la alianza blasfema entre el altar y la cruz. Eran épocas de persecución y expulsión de judíos y musulmanes. Eran años en los que los considerados herejes o luteranos –como narra Miguel Delibes en su excelente novela El Hereje– podían acabar en las mazmorras o en las hogueras inquisitoriales.

El sermón de la montaña
La Iglesia católica –traicionando escandalosamente la doctrina de Jesús de Nazaret- se convirtió en uno de los más importantes pilares del poder político. Y en esa lógica continúa instalada, tratando de frenar lo que empieza a ser, mayoritariamente, irrefrenable. Desde siempre, la cúpula eclesiástica -que es conservadora e integrista salvo excepciones- actúa en favor de los reaccionarios, de los conservadores y, al fin y al cabo, de los más poderosos. Cuando uno o varios de sus miembros suben a algún cerro, como ayer el de los Ángeles, en Getafe, no acostumbran a evocar el sermón de la montaña, el que pronunció Cristo. Lanzan soflamas patrióticas mezcladas con conceptos esencialistas, etéreos, tópicos o esotéricos, muy lejanos por lo general a los múltiples problemas de los seres humanos. Hacen y dicen con frecuencia todo lo contrario del mensaje llamado de las Bienaventuranzas.

Libertad de pensamiento
En todo caso, ayer España dio un paso adelante –a pesar del show de Rouco Varela- por los caminos que conducen al laicismo, uno de los términos más manipulados y más repudiados por la clerigalla. No debía presidir la ceremonia el Rey. Y tampoco el jefe del Gobierno. Y no comparecieron. No hay que confundir los actos religiosos –católicos o no católicos- con los actos políticos. Ni tienen por qué inmiscuirse los obispos en las decisiones que emanan de la voluntad ciudadana. Les guste o no les guste. Son sus fieles quienes han de obedecer el criterio oficial de la Iglesia. Pero los que no lo compartan no han de ser asediados por las sotanas y las mitras porque -por encima de cualquier otra consideración- está la conciencia de cada cual y, desde luego, la libertad de pensamiento.

Enric Sopena es director de El Plural

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