Un Papa justiciero

El nuevo Papa de la Iglesia Católica, Francisco, sigue lanzando proclamas que chirrían no sólo con la historia reciente de su organización, sino con su mismo y cotidiano presente. Ayer, en una ordenación de cardenales, el pontífice reclamó a los altos cargos eclesiásticos recién nombrados que «no aceptasen injusticias, ni siquiera las que podrían beneficiarles».

Hombre, como frase, está muy bien. Ahora falta saber cómo se materializa el eslogan. No tiene que correr Francisco si quiere dar ejemplo. Sin entrar a valorar si la propia existencia del Estado Vaticano ya es en sí misma una “injusticia que les favorece”, su hay mucho terreno que andar y muchas medidas que rectificar en cuanto a lo que de su propia existencia como Estado se deriva. Desde la banca vaticana, tan poco transparente, ni hacia dentro ni hacia fuera, ni en sus balances ni en su colaboración para combatir el blanqueo de dinero y el tráfico de capitales, hasta el reparto de algunos pasaportes diplomáticos, fruto de su estatus como Ciudad Estado soberana que, en el pasado, causaron estupor.

Pero tampoco hace falta desmantelar las esencias mismas del Vaticano, Con que la Iglesia española aplicase el principio enunciado por su jefe de filas, se podría producir una gran revolución. Por ejemplo, el que la Iglesia dejase de utilizar las leyes que modificó José María Aznar para permitir escriturar a su nombre cuanto bien inmueble encuentren a su paso y que no tenga clara su titularidad, ya estaríamos dando un gran paso adelante en combatir las injusticias “especialmente las que favorecen a la Iglesia”.

Que la Conferencia Episcopal Española pueda acaparar fincas, casas, palacios, mezquitas simplemente porque le da la gana, porque esos edificios históricos, con el devenir de los años e incluso de los siglos han adquirido un carácter comunitario que ahora la Iglesia privatiza y pone a su nombre por qué sí. Con un par de hisopazos bien dados.

Igualmente, la Conferencia Episcopal podría avanzar mucho en reparar injusticias que les favorecen si renunciasen a la prebenda que les faculta a no pagar el IBI y demás impuestos en los espacios de culto. O, por lo menos, si no extendiese de manera más que laxa dicha exención a cualquier piso, finca, predio o espacio que tengan a bien ocupar en cualquier ciudad, pueblo o serranía española. Además de ayudar al Estado, haría caso a su jefe de filas, y dejaría de beneficiarse de injusticas “especialmente de las que les favorecen”.

Como decíamos al comienzo, la frase, como slogan, está bien. Ahora sólo nos queda saber si se trata de un mensaje afortunado, en cuyo caso debemos felicitar al publicista que la escribió, ya que acertó en el planteamiento y la formulación, o si se trata de algo más que una iniciativa de marketing, en cuyo caso no deberían tardar en notarse los primeros efectos de la aplicación práctica de esta norma. Estamos esperando.

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