Un mundo sin dios sería un mundo libre

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos…
Que los gritos de angustia del hombre los entierran con cuentos…
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…
Que los huesos el hombre los entierran con cuentos…
Y que el miedo del hombre
Ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad,
Pero me han dormido con todos los cuentos
Y sé todos los cuentos.

Sé todos los cuentos, León Felipe

Triviño narra con honestidad su tránsito dificultosso hacia el ateísmo, es decir, hacia la liberación. Educado en una familia férreamente católica fue un largo deambular por cuestionamientos, por dudas, por atajos y seudo paliativos –inclusive, su afiliación a la Democracia Cristiana- hasta llegar a la convicción de la inexistencia de dios.

Adán y Eva, obra de Lucas Cranach (1538).

Es –poco más o menos- el trayecto de muchos de los que aquí están o circulan por el ancho mundo, buscando liberarse de los cuentos con que mecieron sus cunas.

En 2002 estuve en Amsterdam, en el Congreso Mundial del Humanismo Laico o secular, como lo llaman en Europa.

Cuando vi cientos de personas de todas las nacionalidades del mundo, varios Premios Nobel, muchos con la vestimenta propia de sus culturas diferentes, todas sus razas… sentí el júbilo que nos sobreviene a los solitarios, a los que, empeñosamente, buscamos la verdad en nuestras vidas, en la biblioteca, en el contacto con las luchas del ser humano por desembarazarse de los dogmas. Esa complicidad de pertenecer a una misma especie: la humana liberada. Me sentí acompañada… como experimentarán al leer este lúcido análisis de las religiones “reveladas”.

Las religiones son siempre “reveladas” a unos pocos entendidos, que después ejercen el monopolio de instituirse en intermediarios únicos e inapelables de los mensajes ultraterrenos. El poder que esto les concede está en este conflictuado siglo XXI se encuentra, al mismo tiempo, exacerbado en ciertas regiones del planeta y en descrédito y decadencia, en otros.

Es sugestivo que los fundadores hayan sido, casi siempre analfabetos o casi (Mahoma no sabía escribir y el ángel redactó el Corá; los apóstoles eran campesinos o pescadores casi iletrados. Cuando San Pablo fue a Atenas y visitó el Areópago, los filósofos se burlaron por su ignorancia. La virgen, tanto en Lourdes o en Fátima, siempre se les aparece a pastorcitos semianalfabetos, nunca a un profesor de Oxford).

Desearía hacer una breve referencia, aprovechando el tiempo, a lo que Triviño denomina “la libidofobia”. Él lo enmarca, como rasgo característico del cristianismo, en especial, el catolicismo. Pienso que es común a todas las religiones, en especial a las monoteístas.

En el Génesis hay una contradicción en unos pocos versículos de distancia. Primero, se dice que dios creó al hombre: “Macho y hembra los hizo”. Pero más adelante se olvida, en realidad, no se olvida, sino que la Biblia tuvo muchos autores y en distintas épocas que interpolaron, hasta con frecuencia, conceptos contradictorios.

Gracias a esto es de una riqueza literaria y metafórica pero de una devastadora confusión que genera que de ella pueda deducir casi cualquier principio. Unos versículos más adelante, dice que como el hombre (Adán) estaba solo, le sacó una costilla, con la cual creó a la mujer para que lo acompañara. Durante siglos se pensó que el hombre tenía una costilla menos que la mujer, hasta que los rayos X liquidaron el supuesto.

¿Qué pasó con la primera mujer de la que nadie habla? ¿Es Lilith? ¿Por qué se prefirió la segunda versión? De esta manera la mujer ha sido creada solo como entretenimiento del hombre. Para colmo de este rol secundario, la malvada Eva, tentada por Satán convertido en serpiente, lo tienta al ingenuo Adán a comer del fruto prohibido. ¿Qué era el fruto prohibido? El árbol de la ciencia… ¡Ah!, del bien y del mal: de los valores. Entonces tuvieron vergüenza de sus genitales. ¿Por qué avergonzarse de los genitales que el mismo dios les había adosado a su anatomía? Por el sexo.

Tal como dice Triviño: libidofobia. Pero, en especial, feminifobia. Los condena a multiplicarse…, claro, si estaban solos y no lo hacían, terminaba “la creación”. Lo que no es el caso actual en un mundo superpoblado y hambriento.

En el catolicismo, el único rol permitido al sexo –y a regañadientes- es el de la reproducción. ¡Ah!, si se pudiera hacer sin sexo.

Sin embargo, la ciencia lo logra: la inseminación artificial, pero que la Iglesia condena. Pero ¡también condena al sexo sin reproducción!, porque nos daría placer y el placer no nos hace santos. El deber, es sufrir. Desde la cuna nos convencen que las mujeres hemos nacido para sufrir. Purgamos el pecado de Eva, la rebelión. La desobediencia. El decir “no”.

No somos dueñas de nuestro cuerpo, condenadas a parir, aunque sea por violación, aunque nos muramos en el parto o que tengamos tantos hijos que ya no podemos mantener: parir, parir, parir.

¿Por qué la virgen maría es el paradigma y ejemplo para mujeres y hombres creyentes? Porque es la maternidad sin sexo, lo que, en el ideario colectivo, es santidad.

“Virgen y mártir”. Miren el almanaque. ¡Está lleno de vírgenes y mártires!

Y a educar a nuestros hijos en la misma sumisión. Las mujeres han servido, durante siglos, de lacayas de los clérigos, de calienta orejas de maridos con poder. De quinta columna talámica para lograr lo que confesores y asesores espirituales necesitaban en el trono.

Santa Elena, pagana convertida en santa, fue la que logró que su hijo Constantino instalara al Cristianismo como religión del Imperio Romano Germánico: el que inspiró a Mussolini y a Hitler.

Torquemada era confesor de Isabel La Católica y consiguió que instrumentara la Inquisición.

Y, según parece, fue la mujer de Tabaré Vázquez la que logró el veto presidencial a la ley de despenalización del aborto, en Uruguay.

Siguen allí, calladitas, sumisas, ganando el cielo con susurros. Convertidas en fieras mientras las enfoca la cámara en las manifestaciones pro-vida. Ausentes en los orfanatos donde languidecen los huérfanos que ellas impulsan a nacer.

Después de dos mil años se rediseña el Más Allá y se elimina el Limbo. Claro, pero viene bien para que los embriones puedan entrar al Cielo. Juan Pablo II dijo que el Infierno no era un lugar. Benedicto dice que es un lugar: con llamas y gemidos y todo lo demás. ¿En qué quedamos? Nos deja sin mapa de ruta para después de la muerte. Eso es en serio.

Y el celibato sacerdotal es otra muestra del desprecio hacia la mujer: la esposa distrae de los oficios importantes de los sacerdotes y… de paso, puede darle hijos que distraigan las herencias del Vaticano.

¿Y el Islam? Pocos días atrás, mujeres que iban a la escuela sufrieron que les arrojaran ácido al rostro. Las mujeres no deben estudiar. Según el Talibán sólo les está permitido llevar al descubierto un ojo, para no tropezar cuando caminan.

Si no son vírgenes al casarse, el novio, el hermano, el padre, cualquiera, tiene derecho a matarlas. Y a las adúlteras (no a los adúlteros). No pueden ser testigos. Ni salir a la calle sin que las acompañe el hombre de la familia. Está permitida la poligamia, pero no la androgamia.

En tanto, entre los judíos ultra ortodoxos, como bien cita Triviño, las mujeres usan camisones con un agujero, sólo para cumplir funciones sexuales estrictamente reproductivas. No tocar el cuerpo de la mujer. Querían que se separaran ómnibus en el transporte de Israel para que no se rozaran hombres y mujeres porque si alguna estuviera menstruando, el hombre cae en pecado por tocar lo impuro.

En las sinagogas del rito tradicional, la mujer no estudia los libros sagrados, sólo el hombre quien todas las mañanas reza agradeciéndole a dios no haber nacido mujer.

Un mundo sin dios sería un mundo más pacífico, como dijera Saramago. No habría iluminados que inmolan en su nombre. No habría personas que hablaran por él y que envían mensajes contradictorios que provocan y han provocado guerras.

Un mundo sin dios sería un mundo libre.

Los valores humanísticos serían un deber de cada uno de nosotros: los que queremos el bien de la especie, sin distingos ni marcas registradas.

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