Un joven de Murcia denuncia ante el juzgado “continuados abusos sexuales” de un sacristán, cuando era monaguillo

“Ignacio” acusa al párroco de la Basílica de la Asunción de “cómplice, consentidor y encubridor”. Asegura que el obispado no puso los hechos en conocimiento de la Justicia ordinaria

Una nueva victima de la pederastia, una nueva mancha en el rostro de la Iglesia española, un nuevo caso de abuso sexual a un menor, en los tiempos de la “tolerancia cero” del Papa Francisco. Según la denuncia presentada hoy en el juzgado de guardia de Cieza (Murcia), Ignacio (nombre ficticio) sufrió “serios y continuados abusos y agresiones sexuales” por parte del sacristán de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, cuando tenía 12 años y era monaguillo. Hoy tiene 28, sigue conservando la fe, pero se siente maltratado en su propia casa religiosa.

En la denuncia, a la que ha tenido acceso en exclusiva Religion Digital, se cuenta que los abusos y agresiones, que comenzaron en 1999 y continuaron hasta 2003, se cometieron “bajo engaño y posición dominante” del sacristán, que “premiaba o castigaba a los niños, según fueran o no complacientes con sus aberraciones sexuales”.

El abusado detalla algunos de los abusos sexuales que sufrió: “Tocamientos, masturbaciones, eyaculaciones en el cuerpo, rozamientos desnudos, fotografías desnudas, etc, todo ello con el empleo de la fuerza por parte del sacristán”. A cambio, les daba “regalos y dinero” o les ofrecía “puestos de relevancia en el altar e invitaciones a su casa de la playa”.

Un sacristán, FJRP, con mando en plaza, como empleado contratado por la parroquia. Y es que, según relata la denuncia, “era el verdadero administrador de la parroquia, ya que él manejaba la economía de la misma, disponía de los cepillos y dirigía los grupos de laicos”. Mientras tanto, el párroco, AMC, “sólo participaba en los actos litúrgicos, dejando todo el movimiento de la parroquia en manos del sacristán”.

Protegido por el párroco y dueño de los dineros, el sacristán no sólo abusaba de Ignacio, sino de otros niños. Y, cuando Ignacio le contó a su madre, que era catequista de la parroquia, lo que le estaba sucediendo, ésta contactó con otros padres, que le confesaron que también sus hijos habían sufrido abusos.

Alarmados por el comportamiento del sacristán, los padres pusieron los hechos en conocimiento del párroco, que, según detalla la denuncia, “no se sorprendió” e, incluso, llegó a decirles que ya lo sabía por las denuncias de otros padres y de otros niños. Además, les pidió que dejaran el tema en sus manos, que “él lo arreglaría”, pero que lo “conveniente era rezar y no hacer públicos estos hechos, por la propia integridad de los menores”.

Un párroco, “cómplice”

Iba pasando el tiempo, y el párroco no hacía nada al respecto. Y, como dice la denuncia, “lejos de posicionarse contra los abusos y las agresiones sexuales, consintió y fue cómplice de los mismos”.

A consecuencia de los abusos, Ignacio sufrió todo un calvario. Primero, psicológico, con “graves trastornos psíquicos, que se han reflejado en un desequilibrio serio de personalidad, con constantes depresiones”. Hasta que se puso en manos de un terapeuta. Con su ayuda y la de algunos sacerdotes amigos (concretamente, su padre espiritual), en 2013, decidió denunciar los hechos por vía canónica, en el obispado de Cartagena-Murcia, ante el vicario general de la diócesis, Juan Tudela.

La diócesis puso en marcha un proceso canónico cuya primera medida fue despedir al sacristán, quien, efectivamente, ya no actúa como tal, pero sigue dado de alta en la Seguridad social como empleado del cementerio que gestiona la Parroquia. Pasaban los meses y desde el obispado no decían nada. A la denuncia de Ignacio se suma, entonces, la del padre de otro menor. Ambos declararon en enero de 2014 en el proceso canónico, que según les cuentan, fue elevado a Roma. Vuelven a pasar los meses sin recibir explicaciones por parte del obispado. Harto de la situación, tras año y medio de lucha, el denunciante vuelve a escribir directamente al obispo José Manuel Lorca Planes

El prelado le recibe, por fin, el 12 de enero de 2015. En la reunión, informa a Ignacio que “hay resolución de Roma, que el sacerdote está condenado por encubridor y que abandonaría la parroquia“, posiblemente en el mes de enero. “Estamos a finales de marzo y el cura sigue en su puesto”, comenta dolido Ignacio.

“Iros de aquí, no sois bien recibidos”

 El párroco no sólo continúa en su puesto, sino que, además, según denuncia Ignacio, le calumnia públicamente y pone a los fieles en su contra. De hecho, en un funeral al que asistía recientemente, una señora, amiga del cura, se le acercó y le dijo, en presencia de su madre: “Iros de aquí. No sois bien recibidos, por el daño que estáis haciendo al párroco y al sacristán”.

Ignacio sigue viviendo en el pueblo y su familia, también. La presión social es enorme en su contra. De hecho, “la gente ha dejado de saludarme”. Presionado cada vez más en su pueblo, Ignacio llama de nuevo a monseñor Lorca Planes, que le aconseja que “no vaya por la parroquia”, para evitar esos malos tragos. Y le vuelve a decir que va a “quitar al sacerdote, pero no ahora, sino cuando finalice el curso y haga traslado de párrocos”.

“Es su forma de evitar el tener que dar explicaciones”, dice Ignacio, que considera que el prelado “me ha engañado, me ha mentido y ha sido cómplice por omisión”. Primero, “por no haber removido todavía al cura encubridor” y, segundo, “por no haber denunciado el caso ante la Justicia civil”.

Además, desde hace un tiempo, el sacristán “se ha metido a estudiar en una escuela nocturna, llena de adolescentes, y eso es algo que me quita el sueño, porque estoy convencido de que, antes o después, encontrará a más víctimas. Porque la pederastia es una enfermedad que no tiene cura”, confiesa el denunciante.

Ignacio es creyente y, aunque se alejó de la fe tras los abusos, nunca dejó de creer. “Más adelante volví, porque el Señor me siguió llamando”. Y añade: “Es cierto que, en algunos momentos me sentí abandonado por Dios, pero después, con la ayuda de mi padre espiritual, comprendí que la fe está por encima de los curas y que la Iglesia tiene muchas arrugas, como el cura encubridor o el obispo que no actúa, pero tiene también cosas muy bellas, como toda la gente que me apoya y me anima a superar mi calvario”.

Confié plenamente en la Iglesia y me llevé un chasco y un dolor inmenso, pero no estoy desesperado. Camino día a día con paz, gracias a la fe, a mi novia, a mis padres, a los curas que me ayudan y a la gente que me quiere”, asegura con aplomo.

En busca de ayuda de su Iglesia escribió al Nuncio e, incluso, a Doctrina de la Fe, pero no sabe si su caso llegó a oídos del Papa. “Sería muy sanador para mí saber que el Papa Francisco, al que admiro, se interesase por mi caso. Otras veces pienso que no hay persona humana que pueda dar sanación a mis heridas y que sólo me queda confiar en la gracia de Dios y en su amor”.

Cansado de esperar respuestas eclesiales claras y concretas que nunca llegan, Ignacio ha decidido denunciar su caso ante la Justicia ordinaria. “Primero, porque el pederasta anda suelto. Después, porque, tras casi dos años de lucha, me siento profundamente defraudado por las autoridades eclesiásticas, que ni siquiera me han pedido perdón. Y necesito ese perdón para poder sanar”, explica. Ahora hablará la justicia humana, ya que la eclesiástica sólo lo hizo a medias y lejos de la tolerancia cero del Papa de la misericordia.

monsenor-lorca obispo Cartagena

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