¿Un «Día de la Biblia» en una provincia laica?

Tras un impasse de seis años, el Senado provincial ha resuelto reflotar un proyecto que proponía una jornada de celebración del libro de religioso.

Allá por el año 2008, Guillermo Amstutz tuvo la anacrónica ocurrencia de presentar en la Legislatura de Mendoza un proyecto de ley para instituir oficialmente un Día Provincial de la Biblia el último domingo de septiembre. En aquel momento, el proyecto afortunadamente no prosperó. Pero ahora, tras un impasse de seis años, el Senado ha resuelto reflotarlo al socaire del llamado efecto Francisco. La Constitución de Mendoza, la laicidad del Estado provincial, la convivencia pluralista y la civilidad democrática de los derechos humanos son así, una vez más, puestas en jaque por los nostálgicos sin cura de la dictadura militar y el primer peronismo.

Una pequeña digresión: por qué la Constitución de Mendoza es laica –aunque algunos prefieran olvidarlo–, y cómo llegó a serlo por influjo decisivo de Emilio Civit y el concurso de otros muchos mendocinos notables, es algo que ya expliqué en otro artículo, de modo que no volveré a hacerlo ahora. He aquí el enlace para quienes deseen leerlo: www.mdzol.com/opinion/536650

El proyecto de Amstutz estipula, además, que la impresión, distribución y venta de ejemplares de la Biblia queden eximidas de toda carga impositiva. Y como si esto fuese poco, dispone también la construcción de un Monumento a la Biblia –a instancias del gobierno provincial y con fondos derivados del presupuesto provincial– “en un lugar destacado de Mendoza”.

Los argumentos esgrimidos para fundamentar esta oscurantista iniciativa no han sido precisamente brillantes, y ellos sólo pueden «convencer» (complacer) a quienes ya están convencidos de antemano, es decir, a los sectores más integristas o fundamentalistas de las Iglesias cristianas con arraigo en Mendoza, a la cabeza de las cuales se halla la Iglesia católica romana. Revisemos los más importantes:

1) “La Biblia es completa y contiene verdades contundentes”. ¿Es así para todas las personas? ¿O únicamente para aquéllas que, movidas por su fe, le asignan un carácter sagrado? ¿Cuáles son las pruebas universalmente aceptadas de que eso sea objetivamente cierto? ¿O sólo se trata de una cuestión de fe, de una creencia subjetiva que se quiere imponer autoritariamente a los demás?

2) “Los grandes pensadores han destacado a la Biblia en una categoría especial, reconociendo su carácter sobrenatural”. ¿Todos los grandes pensadores o solamente algunos? ¿Qué hay de Aristóteles, Platón, Séneca, Cicerón, Voltaire, Holbach, Feuerbach, Nietzsche, Marx, Sartre, Camus y tantísimos otros pensadores que, por diferentes motivos o circunstancias, no quisieron o no tuvieron oportunidad de creer (porque vivieron antes de que surgiera el cristianismo) que la Biblia fuese una revelación divina? ¿O acaso ellos deben quedar excluidos del «club de los grandes pensadores» porque «cometieron el pecado imperdonable» de no pensar igual que el Sr. Amstutz? ¿Sólo porque a él se le antoja, la Biblia debe ser la vara que mida la estatura intelectual de todos los pensadores habidos y por haber?

3) “La Biblia ha sobrevivido a la mayoría de las grandes culturas y civilizaciones humanas”. ¿Todo lo que ha perdurado desde tiempos remotos hasta hoy, debe ser oficialmente apadrinado por el Estado, sin más razón que su dilatada antigüedad? ¿La xenofobia, el racismo, la violencia de género, el antisemitismo y la esclavitud sexual también? ¿El atavismo es un criterio saludable o valedero para elaborar nuevas leyes, o mantener las que están vigentes? ¿Merece alguna consideración seria, en un debate mínimamente racional de ideas, el razonamiento si sobrevivió a muchas culturas y civilizaciones, hay que oficializarlo e imponerlo a toda la ciudadanía?

4) “La sociedad une a través de ella, a católicos, evangélicos y a todas las religiones que se referencian con este libro sagrado”. ¿Qué hay de las personas que no comparten esa referencia fideísta (agnósticos, deístas, ateos, indiferentes, budistas, etc.), o que sólo la comparten parcialmente (algunos libros de la Biblia sí, pero otros no) como en el caso de los judíos y musulmanes?

De más está decir que Amstutz no tuvo ningún interés en hacerse estas preguntas. Su única preocupación fue arrimar agua al molino de su fe cristiana, y que a los demás los parta un rayo. Por eso mismo, sus consideraciones apologéticas no son más que una retahíla de peticiones de principio totalmente arbitrarias, mechadas con algunos paralogismos, imprecisiones conceptuales e inexactitudes históricas. Retahíla que remata con una apretada síntesis histórica de los orígenes de la Reina-Valera, la primera traducción completa de la Biblia al castellano, un asunto sin duda apasionante –al menos para mí–, pero que nada aporta al quid de la cuestión, a saber, si es correcto –desde un punto de vista jurídico y ético– que el Estado provincial de Mendoza instituya oficialmente una nueva conmemoración religiosa que socave aún más la vigencia de la laicidad, ya gravemente socavada por las conmemoraciones del Patrono Santiago y la Virgen del Carmen, la exhibición de símbolos católicos en espacios públicos y dependencias del Estado, y otras prácticas confesionalistas heredadas del régimen clérico-militar de 1943-46, el primer peronismo, el Onganiato, la dictadura procesista y el decenio menemista.

Para colmo de males, Juan Carlos Jaliff no tuvo mejor idea que proponer, como alternativa «superadora», que el Día Provincial de la Biblia sea reconvertido en Día Provincial de las Sagradas Escrituras. ¿Por qué el legislador radical considera que su propuesta es superadora? Porque con ella se dejaría conformes a los creyentes de casi todas las religiones, y no sólo a los de fe cristiana. Seguramente Jaliff, más que pensar en los creyentes de religiones orientales –muy pocos aún en Mendoza–, tiene en mente a los israelitas y musulmanes, cuya presencia en nuestra provincia –como es sabido– es muy significativa (recuérdese que el judaísmo y el islam sólo aceptan como sagrados algunos libros de la Biblia cristiana, no todos).

El legislador de la UCR confunde ecumenismo con laicidad. Incluir más religiones en la efeméride no es respetar la laicidad, sino tratar de ampliar la base social de apoyo para que su conculcación parezca menos escandalosa, menos inconstitucional y antidemocrática. La propuesta de Jaliff contempla –es cierto– a la gran mayoría de las minorías religiosas no cristianas, pero ningunea por completo a las minorías seculares: agnósticos, deístas, ateos, indiferentes, etc. Estas minorías merecen también ser respetadas, y la manera de respetarlas no es invisibilizarlas en nombre del ecumenismo o del diálogo interreligioso, sino garantizándoles en serio un Estado aconfesional, neutral en materia de credos. Máxime cuando en Mendoza, dichas minorías superan ampliamente en número a todas las denominaciones religiosas no cristianas, tal como lo ha demostrado la Primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina coordinada por el sociólogo del Conicet Fortunato Mallimaci.

El Estado provincial, por imperativos jurídicos y éticos insoslayables, tiene siempre que actuar conforme a la laicidad, no debe jamás imponer ni privilegiar ningún credo religioso. Si lo hace, viola dos derechos humanos y civiles esenciales de la convivencia democrática: la libertad de conciencia y la igualdad de trato. Por muy ecuménico que sea, el Día Provincial de las Sagradas Escrituras propuesto por Jaliff, es tan opuesto al principio de laicidad como el Día Provincial de la Biblia pergeñado por Amstutz.

En lugar de recuperar los ideales seculares de la Reforma Universitaria, y de honrar la memoria de correligionarios laicistas tan ilustres como Leandro N. Alem y el mendocino Ernesto Matons, Jaliff ha preferido «edulcorar» un proyecto de ley que remite a los años más autoritarios e intolerantes del primer peronismo, cuando la argentinidad y la cuyanidad eran identificadas de manera excluyente con la tradición hispanocatólica, cuando las minorías religiosas y seculares acrecidas al calor de la inmigración eran miradas con desconfianza y desprecio, y cuando se enseñaba religión católica en las escuelas públicas a contramano del legado sarmientino y civitista.

La senadora Carina Segovia (FPV-PJ), presidenta de la Comisión de Legislación y Asuntos Constitucionales, sin ningún pudor afirmó: “la intención [de quienes apoyan el proyecto original de Amstutz] no es mala, porque quieren valerse de esa fecha como motivación para hablar de amor y tolerancia”. Me pregunto: si la finalidad es fomentar el amor y la tolerancia, y no hacer proselitismo religioso, ¿por qué no se instituye el Día del Amor y la Tolerancia, así toda la ciudadanía mendocina se puede sentir parte de la conmemoración, y no solamente los sectores de fe cristiana?

Por fortuna, no faltan en el Senado provincial voces de disenso. El FIT, sin duda, se opondrá al proyecto. Legisladores de otras fuerzas políticas también lo harán, al menos a título personal.

De hecho, Gustavo Cairo del PRO ya se ha pronunciado en contra, y sus palabras, muy atinadas, merecen ser citadas: “Todas las creencias son respetables, pero es bueno que un país laico como Argentina, que no ha tenido problemas religiosos nunca, siga siendo así y no genere conflictos. Lo que quiero decir es que creo que hay que respetar a los que son religiosos y a los que no lo son”. Confieso que el PRO está en las antípodas de mis convicciones políticas, y que jamás podría votarlo. Tampoco pierdo de vista, para nada, los reiterados derrapes clericales del macrismo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero Cairo ha dicho una gran verdad, y no ha de ser el sectarismo lo que me impida creer en su palabra o rescatar su opinión, aun cuando considere que su postura es más personal que representativa del PRO.

La asociación civil Veinte de Septiembre, siempre preocupada por la defensa de la laicidad, también se ha manifestado con muy buen tino. Su presidente, el abogado Marcelo Puertas, expresó: “La veneración u homenaje a los libros sagrados de determinadas religiones en espacios públicos o la imposición de un día de culto a éstos” constituye una “flagrante violación” de la Constitución de Mendoza. “La conmemoración de un elemento histórico como la Biblia es parte de la privacidad de una religión o creencia, no tenemos por qué participar todos los ciudadanos en esto. Que sea ecuménico no significa que sea laico”. El Dr. Puertas concluyó su reflexión con una pregunta retórica tan simple como esclarecedora: “¿Qué pasa con esos sectores que no se sienten representados y tampoco integran una religión, o consideran que su creencia es un acto íntimo?”.

Ojalá el Senado de Mendoza no cometa el error de aprobar un proyecto de ley tan retrógrado, ilegítimo y funesto como el de Amstutz. Ojalá tampoco se deje seducir por la propuesta pretendidamente «superadora» de Jaliff. Ojalá recuerde que nuestra provincia tiene una constitución sabiamente laica. Y ojalá tenga presente, por sobre todas las cosas, que si la laicidad fuese avasallada por el Poder Legislativo, la libertad de conciencia y la igualdad de trato, bases esenciales de la convivencia pluralista y democrática, quedarían reducidas a palabras huecas, a fórmulas vacías, a derechos puramente retóricos.

Federico Mare

Nota: las declaraciones de Carina Segovia, Gustavo Cairo y Marcelo Puertas han sido extraídas del artículo periodístico “El Senado de Mendoza desempolvó un proyecto polémico: declarar el Día Provincial de la Biblia”, de Paola Alé, publicado en el diario Uno de Mendoza el 13 de agosto de 2014.

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