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Un consejo para el Papa Ratzinger sobre la pederastia

Yo me eduqué -bueno, me adoctrinaron en algunas creencias y pocos conocimientos- en un colegio de los Marianistas donde la mayoría de nuestros profesores y tutores eran medio curas y medio hombres -compréndase la expresión-. No llevaban sotana, ni podían decir misa, pero hacían votos de obediencia, pobreza y castidad, y, no obstante, se vestían casi como las personas normales; con traje y corbata negra y camisa blanca.

Eran jóvenes y las hormonas las tenían a plena ebullición, pero el acceso a una mujer les era prácticamente imposible; en primer lugar, porque se lo habían prohibido a sí mismos y en segundo, porque en la década de los cincuenta, hasta los que hacían votos de lujuria desenfrenada, tenían difícil el acceso carnal si previamente no cumplían con otro tipo de acceso: el de la vicaría

El comportamiento de estos castrados psíquicos que cuidaban de nosotros era fácil de imaginar. En los recreos que había entre clase y clase, corrían a nuestro alrededor -carne fresca, vigorosa y, a la vez, delicada- mientras jugábamos tropecientos mil de un lado contra otros tantos de la otra, en torno a una diminuta pelota verde marca “gorila”, que más que verla la intuíamos, en un espacio que no excedía de los doscientos metros cuadrados y sin más reglas que el “patadón y tiente tieso”. Por no haber no había ni porterías, porque el objetivo no era marcar goles sino evitarlos; pero ellos, nuestros profesores y tutores, si que tenían bien definidos sus protocolos de actuación.

Cuando alguno de nosotros se accidentaba víctima de la febril actividad deportiva, o lo que fuere, acudían prestos a socorrerle para cerciorarse de que no le había ocurrido nada de gravedad. El examen era tan exhaustivo y minucioso que el chaval salía de la exploración más perjudicado que del accidente. De lo que hacían algunos de ellos con algunos de nosotros fuera de los recreos, lo dejo a la imaginación de los lectores. Diré, tan sólo, que nunca he agradecido lo suficiente el haber estado en el colegio en régimen de mediopensionista, y no de alumno interno sin “pase pernocta” que sólo veía su casa aquellos fines de semana en los que no había mediado castigo.

Los jóvenes que lean esto se llevarán la manos a la cabeza para expresar su incredulidad, pero si tienen a sus padres o abuelos cerca, observarán que ellos también hacen este ademán pero completándolo con un movimiento de arriba a abajo en señal de asentimiento.

Este largo prolegómeno viene a cuento de unas declaraciones que ha realizado el portavoz del Vaticano, el jesuita Federico Lombardi, en relación con los casos de pederastia que afectan a la Iglesia. Ha propuesto el bueno del portavoz, en una misiva que ha visto la luz el pasado día de Todos los Santos, una alianza para combatir esta lacra de los abusos a menores. Esta “plaga”, que así la ha denominado para diluir el problema entre toda la sociedad, se difunde -asevera el portavoz- por la crisis de la familia, por el turismo y el tráfico sexual que explota la pobreza de la gente en varios continentes. “La batalla -ha seguido afirmando Lombardi- debemos hacerla uniendo nuestras fuerzas contra la difusión de la ‘plaga’, que hoy usa medios y vías nuevas para difundirse, facilitada por internet”.

Pues le puedo asegurar a este portavoz vaticano que, en el pueblo donde yo pasé mi infancia y adolescencia, no había crisis de familia porque mandaba su Iglesia que tenía el control de casi todo, no existía turismo sexual, ni de cualquier otro tipo, y tampoco se difundían las perversas “plagas” por diabólicos medios inalámbricos; si acaso, el boca a boca, de tal forma que cuando una película era calificada moralmente por la propia jerarquía eclesiástica como 3R (mayores con reparo) o 4 (gravemente peligrosa) la noticia corría como la pólvora, sacábamos del armario el pantalón largo del hermano mayor, nos aplicábamos una buena refriega en la cara con piedra pómez para hacer desaparecer el acné y, ¡a probar suerte!, entrando por la puerta del cine alzándonos de puntillas y aprovechando el turno del más despistado de los porteros.

Sobre los casos de abusos de menores en el seno de la Iglesia, les voy a dar un consejo al portavoz, Lombardi, y a su jefe, Ratzinger. Si no quieren seguir justificándose cada dos por tres y pidiendo disculpas en todos los países que visiten, ¡háganme caso!, no obliguen a sus sacerdotes a mantener un antinatural celibato. A la naturaleza se la puede encauzar pero muy difícilmente se la puede reprimir. Personas normalmente constituidas, tanto física como mentalmente, entendiendo por normalidad, a estos efectos, que no tengan tendencias masoquistas que les permita sobrellevar su castidad a base de cilicios y otras torturas, les puede resultar imposible domeñar sus instintos para no caer en las tentaciones de la carne.

Porque, además, ustedes que tienen un mejor conocimiento de Dios, aunque sólo sea por cercanía, ¿piensan, sinceramente, que Él iba a prestar la más mínima atención a las relaciones sexuales que puedan mantener unos clérigos con sus parejas ante los gravísimos problemas que tiene liados en el mundo, entre ellos el de la pederastia?

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicos

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