Un cardenal en crisis

Antonio Cañizares es un príncipe de la Iglesia. La verticalidad jerárquica le coloca en un escalón inmediatamente inferior al Papa. Participa con él en la enseñanza de la verdad puesto que la posee en exclusividad, dominándola, administrándola, dispensándola a los fieles como poseedores de una vetusta cartilla de racionamiento. Nos viene entregada, generosamente donada desde las alturas de una talla principesca. De su voluntad orgullosa dependemos y de su generosidad nos nutrimos.

Un simple recorrido histórico demuestra el esfuerzo del hombre por alcanzar la verdad. La verdad de los cuerpos para hacerlos testigos del vigor saludable del amor. La verdad del acontecer humano que nos revela la evolución hacia la bondad última. La verdad filosófica que nos convierte en verdad a nosotros mismos ahondando en el misterio que somos.

La Iglesia se ha apropiado de toda la verdad y la ha implantado como principio y fin de la humanidad, de su historia, con una visión escatológica que sobrepasa la inmediatez de la vida. Y desde esa apropiación descaradamente usurpada, supera el esfuerzo humano que implica comprometerse con el mundo para dar contenido a la propia existencia.

Si los designios y verdades de la Iglesia coincidieran realmente con los designios y verdades de Dios, la bondad ontológica de Dios quedaría reducida a la miopía de una Jerarquía que no sobrepasa los intereses más rastreros, las acciones más reprobables y las aventuras más denigrantes. ¿Coincidirá con los designios de Dios asignar al dolor un contenido satisfactorio para la divinidad? ¿El ajusticiamiento de supuestos herejes responderá a la justicia divina? ¿La condena de los teólogos que viven empeñados en combatir la injusticia codo a codo con los oprimidos puede corresponderse con un desprecio de Dios hacia los más oprimidos? ¿La desigualdad obstinada entre hombre y mujer es decisión divina? ¿La deslegitimación de su dignidad hasta el punto de poner en duda que la mujer posea un alma es también visión nublada de Dios?

El mundo actual vive una crisis económica originada en los manoseados mercados. Esa crisis no es más que el producto de la especulación egoísta y canalla de unos pocos sobre la mayoría. A costa de que los pobres sean más pobres los ricos son más ricos. Cada seis minutos muere un niño en el cuerno de Africa. Hay pan para todos. Pero mientras unos no tienen ni migajas, otros hacen ostentación de un lujo obsceno. La justicia distributiva la han enterrado los poderosos. Se malgasta el dinero en guerras para matar a hermanos mientras se mata de hambre a otros para potenciar guerras fratricidas.

Antonio Cañizares tiene la cobardía de atribuir las monstruosidades con las que convivimos a un alejamiento de Dios. Elude denunciar la opresión, la injusticia, el egoísmo, la explotación. Hay políticos actuales, sin profesión alguna religiosa, que tienen claro que la raíz de estos males está en el interior ególatra de unos pocos. Pero el cardenal prefiere hacer hincapié en el alejamiento de la divinidad.

Antonio Cañizares es un cardenal en crisis. Está desorientado. ¿Todavía no se ha dado cuenta de que las rosas germinan cuando nadie las pisa?

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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