Trascendencia

Enseñar respuestas prefijadas a los niños sobre sus grandes interrogantes trascendentes es exactamente lo opuesto a la libertad.

Leo por enésima vez una justificación perentoria de la necesidad imperiosa de dejar que curas, monjas y catequistas formateen el cerebro de los educandos con un sistema dogmático específico al tiempo que se embolsan sueldos del Estado, es decir, pagados del bolsillo de los contribuyentes de cualquier religión o de ninguna. Como tantas otras veces el argumento es el de la “trascendencia”, palabra que implica un ir más allá de las circunstancias coyunturales, de las modas y costumbres, del beneficio inmediato, de lo egoísta y cortoplacista, de lo no duradero, etc.

Esta justificación la explicita en este caso Francisco Pérez González, uno de los vasallos de la monarquía vaticana en España, que desde luego equipara trascendencia con religiosidad, o más bien con la forma específica de religiosidad organizada que le da de comer y le permite ir por la vida con vestido negro largo, gorrito púrpura en la cabeza, faja púrpura en el abdomen y una cruz colgando del cuello. (Puede leerse dicho texto al final del artículo)

Y todo esto de la trascendencia está muy bien, aunque obviamente sea una mera excusa para —como dije— demandar que una mayoría de indiferentes, católicos de nombre, agnósticos, judíos practicantes, ateos, budistas, musulmanes o testigos de Jehová (entre otros) subsidie la educación sectaria de una minoría de católicos devotos que no pueden sufrir la idea de enviar a sus hijos a escuelas públicas donde les enseñen que los homosexuales no son pervertidos enfermos violaniños o les den a entender a las niñas y jóvenes que tener hijos sin parar no es lo mejor de lo mejor que puede pasarles.

Es discutible que la trascendencia (sin comillas) sea algo imprescindible en la educación escolar. Mi opinión es que es imprescindible en la educación, aunque no necesariamente en la escuela. Los padres deberían educar a sus hijos en una visión de la vida que vaya más allá de sus miras inmediatas y de sus inquietudes materiales más urgentes, porque de lo contrario estarían educando pequeños psicópatas. Los niños deberían preguntarse, y tener con quién consultar y debatir, cosas como “¿Qué pasará en el mundo después de que yo muera?” o “¿Qué puedo hacer yo para que el mundo mejore?”. Eso es trascendencia, y no idioteces como “¿Hay un Dios que nos libera de nuestra propia culpa, necesitamos Salvación?”, que no es una pregunta sino una gigantesca y poco disfrazada petición de principio.

El Estado puede reconocer las inquietudes trascendentes en sus ciudadanos pero no tiene por qué plantear las preguntas directamente: sólo debe garantizar que puedan hacerse y que puedan responderse con libertad. Enseñar  respuestas prefijadas a los niños sobre sus grandes interrogantes trascendentes es exactamente lo opuesto a la libertad.


La trascendencia es imprescindible en una educación integral

La Iglesia no quiere imponer pero sí propone con autenticidad y firmeza que la educación integral, es muy importante, en los alumnos. La formación humana, intelectual y técnica son importantes pero les faltaría algo necesario si se dejara a un lado o se menospreciara la parte trascendental o religiosa.

No estamos en momentos muy fáciles a nivel social. Las ideas o ideologías que más influyen y que quieren hacerse dueñas de todo y muchas veces con un «pensamiento único» tratan de mostrarnos o demostrarnos que son los más demócratas. Un engaño en el que muchos caen. Por eso se ha de abogar para que la libre expresión y la libre forma de vida auténticas no se ahoguen por los que ejercen el poder social. Si, por ejemplo, se diera el cheque escolar a cada familia y ellas escogieran el Colegio, muchos se sentirían sorprendidos de la respuesta o de la educación que estas familias quieren para sus hijos.

La Iglesia no quiere imponer pero sí proponer, con autenticidad y firmeza, que la educación integral es muy importante en los alumnos. La formación humana, intelectual y técnica son importantes pero les faltaría algo necesario si se dejara a un lado o se menospreciara la parte trascendental o religiosa. Es aquí, además, donde se tratan importantísimas cuestiones como, por ejemplo: ¿Qué lugar ocupamos en el Cosmos, estamos solos, o gozamos de asistencias suprahumanas? ¿La vida tiene algún sentido o está regida por el puro azar? ¿Hay un Dios que nos libera de nuestra propia culpa, necesitamos Salvación? ¿Qué pasa más allá de la muerte? ¿Merece la pena hacer el bien? ¿El sufrimiento tiene algún sentido? Todas estas preguntas inquietan profundamente a todo ser humano, y no sólo al religioso.

El Estado nunca es dueño sino administrador y por ello es normal que sea aconfesional y libre de todo adoctrinamiento. Las familias tienen el deber de educar a sus hijos y el derecho de enviarles a los Colegios que ellos, en conciencia, quieran. Y si el Estado se lo impide está cometiendo un grave fraude y se puede convertir en tirano.

«La laicidad del Estado supone neutralidad ante las diversas creencias religiosas, y, al mismo tiempo, los poderes públicos deben prestar su colaboración con todas ellas en la medida en que contribuyan al bien común de la sociedad. En consecuencia, el Estado laico debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos, dado que, además de un derecho constitucional, debe considerarlo como un bien tanto para el ciudadano como para la colectividad» (Aurelio Fernández, ¿Hacia dónde camina occidente?, BAC, pag. 436).

El Papa Benedicto XVI afirma que la Iglesia tiene la obligación y deber de pronunciarse en sus criterios éticos y que esto no es una interferencia en la política puesto que tiene «una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia a favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación» (Cfr. Cáritas in Veritate, nº 9). Este principio y sentimiento se ha dado a través del tiempo en la enseñanza de la Iglesia, puesto que de la misión religiosa derivan «funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina… y donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos» (Cfr. Gaudium et Spes, nº 42).

Pensemos en la cantidad inmensa de labores de atención que la Iglesia ejercita y ha ejercitado: Instruir (enseñanza), aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia las persecuciones. A cuántos ha dado de comer, ha dado techo, ha vestido, ha visitado enfermos, presos y necesitados de cariño y a cuántos ha enterrado. Estas obras de amor y misericordia se han ido haciendo patente en tantos cristianos y misioneros que seria interminable e imposible incluir en varias bibliotecas.

Me pregunto muchas veces: ¿Tanto mal está haciendo la Iglesia, que viene perseguida, como si de un enemigo se tratara? Me duelen los fallos y pecados de los miembros de la Iglesia, pero me duele también que aquellos que se han formado al amparo la Iglesia y que incluso se profesan católicos sean, muchas veces, los que más la atacan. Tal vez el secularismo, el laicismo y el relativismo se estén convirtiendo en la tiranía de la mal llamada democracia.

Nos quedamos impasibles ante la autorización de una Clínica abortista como lo más normal y nos echamos las manos a la cabeza, ante la propuesta de abrir un Colegio de sana enseñanza y de sanas costumbres, como si de un horror se tratara. Aquello sí, esto no. El tiempo dará la razón, con justicia, a la verdad puesto que la mentira tiene «patitas muy cortas».

+ Francisco Pérez González, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

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