Tolerancia, educación y convivencia democrática

RESUMEN: A partir de un análisis y reconceptualización del significado de un término tan vigente y necesario en la sociedad actual como el de tolerancia, este artículo pretende ofrecer reflexiones sobre algunas repercusiones de esta concepción para la convivencia democrática en las instituciones educativas. Se diseccionan aspectos tales como la visión activa de la tolerancia, sus límites, sus implicaciones educativas y cómo cabría entender una educación que verdaderamente parta de principios democráticos y de un compromiso con la lucha contra las desigualdades.
 
La tolerancia, como todo constructo social, es histórico y contingente, es decir, las motivaciones y criterios que lo definen y dan sentido varían con el tiempo y la cultura o culturas en interacción. De hecho, mientras en su origen el término designaba una actitud de permisividad con respecto a las creencias religiosas o metafísicas del otro actualmente su significado ha derivado hacia el terreno ideológico y de opinión, pasando desde lo político-moral al mundo de las diferencias (desde las cuales, no podemos olvidarlo nunca, se construye el sentido de lo humano), ya sean éstas étnicas, de género, lingüísticas o de cualquier otra manifestación. Sea como sea, sin embargo se ha solido entender como una actitud pasiva (recordemos que etimológicamente proviene del verbo latino tolerare, que significa sufrir, llevar con paciencia o soportar). Yo no estoy de acuerdo con ello, por lo que me siento más cercano hacia aquellas posturas que abogan por una redefinición de la tolerancia como algo positivo, como una actitud que nos permite aceptar y comprender al otro en su alteridad y paso ineludible para llegar a valorar precisamente esa diferencia como elemento de riqueza para la construcción de un espacio público democrático y de entendimiento común a través del convivir.
 
Si realizáramos un recorrido histórico por el mundo de la filosofía tendríamos que remotarnos a Aristóteles (al menos en la tradición occidental), pasando por Locke y llegando en nuestros días a figuras como Habermas y Walzer. En este sentido, inspirado en referentes como los aludidos, propongo diferenciar dos esferas respecto a las acciones humanas susceptibles de tolerancia:
 
  1. Dimensión intrapsicológica: creencias personales o colectivas de índole trascendente, metafísico o religioso.
  2. Dimensión interpsicológica: actuaciones y/u opiniones que respeten los derechos humanos.
Esto nos debe ir sirviendo para obtener una primera delimitación del término en cuestión, sin olvidar tampoco lo que nos advierte Salmerón (1998), al afirmar que se dice que una persona realiza un acto de tolerancia cuando, en atención a razones y a pesar de tener competencia para hacerlo, no impide algún acto a otra, cuya ejecución lastima sus propias convicciones. Esto nos introduce en una percepción activa donde no cabe la indiferencia ni el escepticismo, puesto que es una actitud intencional y consciente, y al mismo tiempo libre de toda forma de coacción, pues de lo contrario no podríamos estar hablando de tolerancia y sí de servilismo o imposición dogmática. En este sentido también cabe hacer otra apreciación, cual es que la tolerancia no se refiere a la coexistencia de creencias, actitudes o comportamientos aparentemente opuestas, sino que se refiere a las personas como sujetos representativos, ideológica y prácticamente, de dichas creencias, actitudes o comportamientos. Pero, a su vez, esta delimitación que hemos realizado conlleva un aspecto que no debemos pasar por alto, y es que si definimos aquello que debe tolerarse eso implica que otras cosas deben ser intolerables. Como afirma Gimeno Sacristán:
 
“Aunque la tolerancia supone admitir un cierto relativismo, no puede dejarse fuera de consideración el valor de lo que piensan, quieren o hacen los que son tolerados; es decir no debemos ser absolutos complacientes con todas sus manifestaciones. La tolerancia no sólo obliga a renunciar, sino a ser beligerantes en la defensa contra todo aquello que amenace a otros bienes de interés para todos y a ella misma. Se habla de ‘margen de tolerancia’ como el límite de lo que nos parece o estamos dispuestos a tolerar.” (Gimeno Sacristán, 2001, p.128)
 
Pues bien, delimitar ese ‘margen de tolerancia’ suele ser un reto, un reto que se encuentra directamente relacionado con nuestro mundo de valores pero que, si hacemos caso a la esfera interpsicológica que se definió anteriormente (y que podríamos denominar también comunicativa o dialógica), implica acotar el peligro del relativismo inherente a este concepto sobre la base de los Derechos Humanos inspirados en los principios de la modernidad ilustrada de igualdad, libertad y justicia. La tolerancia, por tanto, ha de extenderse a todas las personas, siempre conn la excepción de quieres, en la práctica, incumplen con los derechos humanos y rechazan el principio de igualdad que se encuentra en el núcleo de las razones a favor de la misma tolerancia. (Salmerón, 1998)
 
 De lo contrario, caeríamos en una concepción ‘burguesa’, tal y como la definía Horkheimer (1969) cuando hablaba sobre la tolerancia y su carácter ambivalente, criticando su dicotomía semántica como libertad frente al dominio de la autoridad dogmática y como foco de posicionamientos neutrales que fomentan el relativismo moral.
 
Mas, dejando ya de lado la vertiente pasiva, e incluso cínica en algunos casos, de la concepción conservadora de la tolerancia, debemos dejar claro dónde radica el significado moral de la tolerancia, y desde aquí responder que precisamente éste se encuentra en su capacidad para la comprensión del otro en un diálogo intersubjetivo que es capaz incluso de cuestionar nuestras propias convicciones, lo que le otorga también un potencial de cambio y una significación como valor. Siguiendo con Gimeno Sacristán:
 
 “Cabe ver la tolerancia como virtud y al tolerante como virtuoso, cuyos pilares básicos son la libertad y la igualdad: debemos tolerar al otro porque no podemos anular su libertad (cuyo límite es la de los demás) y porque es igual a nosotros. Aunque no deja de ser una virtud borrosa, al tener que plantearnos hasta dónde debemos ser tolerantes con el otro renunciando a ser nosotros mismos.” (Gimeno Sacristán, 2001, p.126)
 
Desde esta perspectiva, pienso que ha sido Paulo Freire, como en tantas otras cosas, quien puso los puntos sobre las íes, como suele decirse:
 
“En cuanto virtud, la tolerancia no cae del cielo, como tampoco es un concepto que se aprenda por la transferencia mecánica de un sujeto que habla y que la deposita en pacientes callados. El aprendizaje de la tolerancia se realiza mediante el testimonio. Sobre todo implica que, luchando por mi sueño, no me encierre pasionalmente en mí. Es preciso que me abra al conocimiento y rehuse aislarme en el círculo de mi verdad, rechazando lo diferente de ella y de mí. La tolerancia es el estilo abierto, post-modernamente progresista que, cuando convivo con lo diferente, me hace aprender con él a luchar mejor contra lo antagónico. Desprotegida de la coherencia, sin embargo, la tolerancia corre el riesgo de perderse. La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos establece límites a la tolerancia e impide que ella derive en complicidad. Por ejemplo, conviviendo con los neoliberales, puedo discutir sobre nuestras posiciones. No puedo, sin embargo, firmar acuerdos de los que se deriven concesiones que deterioren mi sueño estratégico. En este caso, no sería tolerante y sí complice con la contaminación de mi sueño.” (Freire, 1997, p.44-45)
 
Por lo tanto, si en nuestro convivir tenemos clara la legitimidad del otro o de la otra tal y como es y no como nos gustaría que fuese (Maturana, 1994), ello debería conllevar que en nuestras prácticas sociales y educativas la praxis sea inherentemente tolerante, viviendo ese ejercicio de tolerancia como una necesidad casi ontológica y definiéndolo, con relación a lo dicho con anterioridad, como el interés y el esfuerzo que hacen los actores en una situación relacional por entenderse y buscar un lenguaje común a través del conversar, entendido como un entrelazar lenguaje y emoción, como bien nos dice Maturana (1997).
 
Ese no dogmatismo implícito en esta afirmación está también relacionado con el enfoque comunicativo que define nuestros intercambios sociales, sobre todo desde la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas (1987), a través de la cual se refleja ese esfuerzo por entendernos y encontrar un lenguaje común. En términos habermasianos podríamos decir que la tolerancia estaría ligada a las acciones orientadas al entendimiento (acciones comunicativas), a diferencia de las acciones orientadas a la consecución de fines (acciones estratégicas o teleológicas, como las llamaría Weber). Esto nos proporciona un aspecto sobresaliente de este posicionamiento, cual es la pérdida de utilitarismo dentro de la dinámica de relaciones, en el sentido de que el acto comunicativo se torna importante como tal, con independencia del resultado que conlleve.
 
La importancia de la acción comunicativa en este sentido es tal, además de por su vinculación con una concepción activa de la tolerancia, porque otorga a las personas la capacidad del cambio social, al ver a la sociedad como mundo de la vida y como sistema en el cual sólo el proceso discursivo y el diálogo democrático pueden ser fuente de actos comunicativos, siempre desde un plano horizontal donde los argumentos mejores sean los que prevalezcan (competencia comunicativa) y las decisiones se tomen por consenso. Ello implica que todo acto educativo debe tener en cuenta la voz de todas las personas implicadas en el mismo, así como que exista una interacción constante en todo el proceso educativo tanto con el análisis de las situaciones sociohistóricas como con la comunidad o contexto donde éste se realice. Y ese tener en cuenta no debe ser meramente testimonial, sino ir enfocado al desarrollo de la capacidad de construcción de discursos propios que lleven a las personas y/o colectivos a su emancipación (Adorno, 1998), tarea que se convierte en función social principal de la educación, sobre todo en el marco de la sociedad neoliberal, que tan nefastas consecuencias está trayendo al mundo de los valores y la convivencia democrática, sobre todo asentadas en el relativismo cultural e histórico, el pragmatismo exacerbado (‘todo vale’), la competitividad y el individualismo feroz, el consumismo, la superficialidad reflexiva, la tolerancia entendida como ausencia de compromiso y orientación, etc. .(Pérez Gómez, 1999)
 
En definitiva, y dentro del contexto descrito, cabe decir que la tolerancia debe constituir no sólo un valor sino una necesidad ontológica en el modo de establecer nuestras relaciones con los demás desde la aceptación y el reconocimiento de la diversidad, si bien, como siempre, decir es más fácil que hacer, sobre todo ante determinadas situaciones, pero considero, a la luz de todo lo recogido y analizado, que es firme la voluntad y el convencimiento de que éste es el camino y que esto supone uno de los grandes logros y posiblemente uno de los ‘secretos’ de la convivencia, así como uno de los pilares fundamentales de la democracia:
 
“como principio de política pública, la tolerancia propicia prácticas y hábitos de convivencia que acaban por incorporarse a las costumbres y a los ideales colectivos, sin necesidad de convertirse en contenidos de la educación formal. Pero aunque no niegue su parentesco moral con las leyes de la democracia, la tolerancia como virtud pública no forma parte de las reglas del juego político, sino de su trasfondo cultural. (…) la tolerancia puede considerarse un principio que alimenta los ideales colectivos de la vida democrática; y, a su vez, crece en el ejercicio de las prácticas de esta forma de vida.” (Salmerón, 1998, p.37-38)
 
            Por lo tanto, como actitud constitutiva de la convivencia democrática, la tolerancia se encuentra determinada por los principios de igualdad y libertad sobre los que se construye colectivamente el sentido de la dignidad humana.
 
Ciertamente se trata de un asunto complejo, cuanto menos, pero de necesaria e ineludible asunción. Desde esta perspectiva entiendo que lo que se plantea es un desafío a la democracia como instrumento sobre el cual (re)construir la igualdad, entendida sobre todo como inclusión de los excluidos, sin que ello conlleve homogeneidad cultural y sí el desarrollo de valores y la autonomía de los sujetos (libertad y corresponsabilidad), siendo un importante pilar en todo este proceso la tolerancia entendida como valor.
 
Decir personas demócratas, por tanto, equivale a decir individuos moral, cultural y socialmente autónomos, con capacidad (auto)crítica y compromiso social. No hay que olvidar que la ética surge de nuestra preocupación por las consecuencias de nuestras acciones sobre los demás dentro de un marco intercultural (sólo se puede hablar de educación si ésta es intercultural) donde las propias culturas deben ser vistas como redes de conversaciones, modos de vivir en el entrelazamiento del 'lenguajear' y emocionar, y que el ser cultural implica el vivir en una tal red de conversaciones. (Maturana, 1994) Pues bien, esas redes, precisamente por su naturaleza social, están impregnadas de valores, otro de los factores fundamentales a tener en cuenta cuando hablamos de democracia y nuestro compromiso con ella, sobre todo desde el mundo de la educación, ya que de poco sirven elaboraciones teóricas y reflexiones como ésta en torno a la tolerancia si no se ponen en práctica, damos ejemplo al respecto y se viven en los contextos educativos, sociales y culturales donde convivamos y tengamos capacidad de acción.
 
            No podemos olvidarnos, en este orden de cosas, de que los tres grandes objetivos que la Modernidad le confiere a la educación democrática son precisamente el incremento en el conocimiento (desarrollo científico y social), el posibilitar el ejercicio de la ciudadanía (igualdad política y vida pública) y el desarrollo de la autonomía personal (libertad y justicia social). Ello conlleva que la educación deba asumir el desafío actual de conciliar con compromisos éticos y políticos las funciones instrumentales del desarrollo, concepto éste también que habría que reconceptualizar a la luz de los gravísimos problemas de desigualdad social y económica, la crisis medioambiental, la hegemonía de la tecnociencia (como la denomina Edgar Morin) subyugada a los intereses economicistas y la propia visión etnocentrista (de los países enriquecidos a costa de la explotación de los demás) y patriarcal del desarrollo bajo el modelo capitalista postindustrial.
 
            En un mundo globalizado y donde la denominada sociedad de la información ha cambiado los modos de producción y de adquisición del conocimiento, una de las claves desde mi punto de vista debiera ser lograr una mejor distribución de los activos culturales simbólicos (conocimientos, destrezas y principios éticos de acción) para de esta manera lograr una mejor distribución de activos materiales que merme la fuerte y absolutamente intolerable desigualdad existente en el acceso a unas condiciones mínimas de supervivencia y dignidad humana. La tolerancia se vuelve aquí casi una necesidad social, educativa y ciudadana.
 
            En relación a todo esto, Touraine (1997) nos habla de dos procesos que se están dando simultáneamente en las sociedades contemporáneas en relación con todo esto:
 
a)      Una disociación creciente del universo instrumental y el universo simbólico de la economía y las culturas.
b)      La existencia de un poder difuso que no se orienta a crear un orden social y al que sólo le interesa el movimiento y circulación de capitales, de bienes de servicio e información, generando un vacío político y social.
 
El mismo Touraine llama a este proceso ‘desmodernización’ y considera que lo que genera son sociedades cada vez más fragmentadas, con unas élites modernas articuladas con el intercambio económico global y grandes contingentes, cada vez mayores, de excluidos. La tolerancia, por el contrario, implica también un compromiso con el otro y una lucha contra las desigualdades. No pueden caer en el olvido rostros y frases como la de aquel debilitado niño africano que le decía a la cámara de televisión que lo enfocaba en un peculiar inglés: “We are not statistics: we are people.” (“No somos estadísticas: somos personas”). Las injusticias y la segregación no las padecen números, sino seres humanos.
 
De ahí la importancia decisiva de la educación como productora, innovadora y distribuidora de activos simbólicos para conseguir que los principios de igualdad y libertad sean algo más que una declaración de intenciones. Todo ello, dentro de una interrelación dialécticamente construida y cuya capacidad para el cambio social vendrá determinada por su potencialidad de diálogo y de generación de posturas basadas en la racionalidad comunicativa entre los actores sociales. (Habermas, 1987)
 
Desde el punto de vista educativo, por tanto, esto requiere un paso más, una concepción pedagógica procesual y vivencial donde el propósito no debe ser enseñar valores (en el sentido convencional de la expresión), sino que hay que vivirlos , al igual que no hay que enseñar cooperación, hay que vivirla desde el respeto por sí mismo que surge en el convivir en el mutuo respeto. (Maturana, 1997) Es decir, que los valores no se enseñan, sino que se viven. Por este motivo, eso también requiere un respeto hacia la diversidad y, sobre todo, una valoración de las diferencias como algo enriquecedor, hermoso e inherente al ser humano (López Melero, 2000) que nos permitiera, a partir de la virtud en la que la tolerancia convierte a la libertad, construir conjuntamente la propia convivencia democrática, entendida no como un fin en sí mismo, sino como un principio de pensamiento y acción.
 
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
 
·         ADORNO, T.W. (1998): Educación para la emancipación. Madrid. Morata.
·         FREIRE, P. (1997): A la sombra de este árbol. Barcelona. El Roure.
·         GIMENO SACRISTÁN, J. (2001): Educar y convivir en la cultura global. Madrid. Morata.
·         HABERMAS, J. (1987): Teoría de la Acción Comunicativa. (Vols. I y II) Madrid. Taurus.
·         HORKHEIMER, M. (1969): Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires. Sur.
·         LÓPEZ MELERO, M. (2000): Cortando las amarras de la escuela homogeneizante y segregadora. Granada. Actas del I Congreso Internacional de N.E.E.
·         MATURANA H. (1994): El sentido de lo humano. Santiago de Chile. Dolmen.
·         MATURANA, H. (1997): Amor y juego. Fundamentos olvidados de lo humano. Santiago de Chile. Instituto de Terapia Cognitiva.
·         PÉREZ GÓMEZ, A.I. (1999): La cultura escolar en la sociedad neoliberal. Madrid. Morata.
·         SALMERÓN, F. (1998): Diversidad cultural y tolerancia. Barcelona. Paidós.
·         TOURAINE, A. (1997): ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. Buenos Aires. FCE.

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