Tocar el bombo

En el calendario de este país cantan las fiestas de Pascuas a Ramos y sobre todo estas de Semana Santa; en las áreas urbanas se realzan templos y catedrales, y se registran en los mapas los santuarios que ordenan y transforman en paisaje los parajes. El tiempo y el espacio, las dos coordenadas del mundo en que vivimos, están señaladas con citas e hitos religiosos que nos emplazan. Desde mi despacho, donde esto escribo, veo las torres del Pilar desde donde me llega a su hora el Bendita y alabada… como la lluvia sobre los tejados sin que pueda evitarlo.

El hecho religioso en versión cristiana es en este mundo una realidad objetiva. El que no lo quiera verlo que cierre los ojos, y aún así tendrá que escuchar las campanas y estos días los bombos que rompen la hora y los oídos. Pedir la supresión de la Semana Santa es pedir peras al olmo. Pero una cosa es la religión, que no necesita estadísticas, y otra la fe que no puede tenerlas.

LA PRIMERA ES UN HECHO sociológico que salta a la vista como un escándalo para unos: los que tropiezan, o aliciente para otros que lo practican por costumbre y hasta lo venden como bien de interés cultural a los turistas. La segunda, la fe, es una opción libre y personal que no se ve, que se adivina acaso por las obras aunque estas no sean evidentes o evidentemente distintas de las buenas obras de otros que no la tienen.

Eso es lo que hay. Al que no le guste que se arme de paciencia y, mientras nadie le obligue ir a la procesión –¡faltaría más!– que se vaya a la playa si es que puede y en todo caso que haga como el pobre Simón que no lloraba como todos porque no era de la «pirroquia».

En la década de los 60, los teólogos de la secularización, distinguían entre la fe y la religión sociológica. Por entonces se creó en Madrid el Instituto de Fe y Secularidad, en el que tuve ocasión de conocer entre otros al profesor Aranguren., al P. Llanos y a A.C. Comín, que pasaron a mejor vida y a otros que me acompañan en esta como Alfredo Fierro cuyo último libro titulado Después de Cristo tengo sobre la mesa.

Recuerdo un artículo publicado en 1972 por Alfonso Álvarez Bolado, asimismo asistente al Foro sobre el Hecho Religioso que organizaba todos los veranos el mencionado instituto, en el que respondía a otro de Maurice Druon publicado en Le Monde el 7 de agosto del mismo año. El francés alertaba sobre la crisis de la Iglesia, la calificaba nada menos que de «autoliquidación» y afirmaba que ya no era solo ella quien la sufría «sino toda la vida nacional que podía sentirse afectada hasta alterar incluso la personalidad misma del pueblo».

Lo que tachaba Álvarez Bolado, desde España, de neoanglicanismo; esto es, de pretender intervenir desde el Estado eficazmente para «que la Iglesia se escoja desde dentro como es querida políticamente desde fuera». Argumentando en este contexto, distinguía entre la religión como «cemento conglutinante» del orden establecido y la fe como «fermento crítico» comprometido para el cambio en otro mejor.

Los sociólogos describen en tres fases la evolución histórica de la estructura social en los grupos humanos: la tradicional o comunitaria, la moderna o convencional y la posmoderna. Las comunidades se construyen como un mundo cerrado alrededor de un eje y al amparo de un universo simbólico que representa lo que hicieron los dioses en aquel tiempo, en el principio, como se cuenta en los mitos y se celebra en los ritos para conservar el orden natural por los siglos de los siglos. La sociedad moderna o convencional se atiene al orden convenido por los ciudadanos y a los procedimientos para mudar lo que resulte inconveniente con el tiempo, es pluralista y sus miembros se unen orgánicamente salvando las diferencias sobre la base de un consenso mínimo necesario. Las sociedades posmodernas o convencionales están al cabo de la calle y de las historias particulares, en una plaza donde se confunden las identidades y el desconcierto cunde en los mercados sin que nada comience de nuevo como historia universal.

EN ESTA SITUACIÓN nos instalamos en un presente desencantado sin pasado ni futuro; pasamos de la comunidad a la comunicación permanente; al zapping, de la coexistencia democrática a la insistencia individual y de la tradición en curso –o historia viva– a la historia como recurso.

En un mundo posreligioso y posconvencional y en cierto modo también poscristiano –por no decir que es individualista a tope o consumista sin límite– , la clientela que compite se junta para consumir y consumirse no por nada sino por todo o porque sí: para tocar el bombo… juntos.

¿Los oyen? Yo escucho, pero no me atrevo a decir si percibo algo como «cemento conglutinante» y menos aún como «fermento crítico» metido en la masa. O si veo en la pasión por el bombo algo que tenga que ver con la de Cristo. ¿Romper la hora? Vamos a dejarlo. El problema sería romper la costumbre… para empezar.

Filósofo

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