‘Timbuktu’: es la religión, estúpido

Impactante película la de Abderrahmane Sissako: un viaje al día a día del integrismo musulmán con una enseñanza clarita y necesaria: la dignidad es un asunto del individuo, del hombre afortunadamente solo

Probablemente los primeros espectadores de ‘Ladrón de bicicletas’, ‘El acorazado Potemkin’, ‘Tierra en trance’ o ‘El gran dictador’ pudieron experimentar algo parecido. Se sale de ver ‘Timbuktú’, del mauritano Abderrahmane Sissako, mejor de cómo se ha entrado. No más guapo ni con más pelo ni probablemente menos irritado o menos estúpido, pero sí convencido de algo que, por alguna razón, cada vez cuesta más reconocer: la justicia como la igualdad o, ya puestos, la libertad nunca pueden ser resultado de un acto de fe ni, mucho menos, una concesión a nadie. Ni a Dios, siquiera. Sin duda, se sale más laico.

‘Timbuktu’ es cine político y lo es, no tanto por la virulencia de lo que proclama, como por la insultante claridad de lo que enseña. No se trata, para entendernos, de convertir el rigor racional de una sociedad laica en un martillo contra devotos, ni mucho menos de componer un melodrama sobre el sufrimiento de los afligidos. Al revés, la idea es simplemente mostrar, sin artificios retóricos o posturas falsamente conciliadoras, la tozudez de lo evidente: el laicismo como acto de resistencia.

La película no quiere más que contar la última y más cruel imperfección del mundo. En Mali, el furor irracional del integrismo islámico. No hay más. La maestría del director consiste en mantenerse a prudente distancia de lo obvio. No estamos delante de la denuncia más o menos infectada de buenas intenciones. Al contrario, con un depurado sentido del humor, el director acierta a diseccionar con una crudeza inédita el salvajismo estúpido (es de estupidez de lo que hablamos) de cualquier fe impuesta a martillazos; de cualquier credo vivido con la arrogancia impúdica y exhibicionista de lo cierto. Y el razonamiento vale para todo tipo o modelo de religión. Tan brillante como corrosivo.

Los guerrilleros de Alá en la visión de Sissako no son simplemente una banda de maleantes empeñados en hacer cumplir a los habitantes de un rincón del planeta las estrictas norma de la ‘sharia’. No, al revés, dudan y, a su manera, hacen lo que pueden por entender el disparate sanguinario de sus actos. La ley musulmana les prohíbe fumar, pero quién se resiste. La estrictas normas de su fe les impiden acosar a la mujer de otro, pero, disponiendo del poder que les otorga su credo y sus armas en la sociedad que controlan, cómo evitar la tentación. Y así.

No se trata tanto de humanizar al fanático como de mostrar el absurdo de todo. Por supuesto, nuestros esforzados héroes de la ley ‘verdadera’ ven mal que se escuche música occidental y no pueden permitir que una mujer pasee con la cara al aire. Y para evitarlo dan de latigazos, castigan impunemente y, llegado el caso, asesinan en nombre del Altísimo. Pero sin dramatismo, les asiste la luz de su fe verdadera. Y así.

Sissako no propone una interpretación tolerante del islamismo por la misma razón que su película no trata ni de las virtudes del catolicismo moderado y popular (o populista) del nuevo Papa ni del valor energético del bocadillo de mortadela. No, el director no pretende demonizar ni discutir las virtudes o defectos de credo alguno. ‘Timbuktu’ es un canto apasionado, divertido y a la vez triste a favor del respeto, del respeto ilustrado y profundamente humano (o humanista) al hombre. Al hombre solo.

La película está toda ella trenzada de pequeñas historias que entran y salen de la pantalla entre la comedia, el drama y la desolación. Todas ellas unidas por un hilo de profunda y visceral irracionalidad. En el medio se encuentra la historia de Kidane, un pastor tranquilo que cuida de sus vacas y bebe té con su familia. Acosado por los fanáticos, pero tranquilo. Hasta que un día una disputa entre vecinos acabe en tragedia y el dolor de una víctima inocente devuelva al espectador la transparente claridad de lo evidente. La decencia no es negociable, no es un acto de fe, no depende de ningún credo. La decencia es secular y tozudamente un asunto del hombre; del hombre sólo ante su profunda soledad. Qué le vamos a hacer.

Con los sucesos de ‘Charlie Hebdo’ aún retumbando en los oídos y la demencia sanguinaria del Estado Islámico indeleble en la retina, ‘Timbuktu’ se antoja una de esas películas necesarias. Política y humanamente necesarias.

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