¿Tienen derecho los obispos a expresar lo que quieran?

Desde el laicismo pensamos que SÍ tienen derecho los obispos y demás clérigos a la libre expresión. Como lo tenemos los demás para expresarnos libremente sobre lo que dicen y hacen. Lo que no deben tener es un trato de privilegio en los medios públicos, como por desgracia constatamos una vez más ahora, cuando con motivo de la semana santa acaparan horas y horas de las programaciones de las radios y televisiones locales, autonómicas y estatales. Un tiempo desmedido que aprovechan para el proselitismo de sus creencias. Como tampoco deben tener el privilegio de poder costear con dinero público sus medios confesionales y proselitistas (13TV).


Me dirijo con todo respeto a aquellos que piensan que los obispos tienen derecho a decir lo que quieran. A aquellos que sin ser católicos practicantes creen que el derecho a la libertad de expresión de un obispo es el mismo que el de un ciudadano sin solideo ni faldón.

Con todo mi respeto no me dirijo ni al Obispo de Alcalá de Henares (Reig Pla) ni al de Getafe (López de Andújar). Tampoco me dirijo a los católicos practicantes que hay y que para sorpresa de muchos solo alcanza el 13,7% en toda España según datos del CIS. No me dirijo a ellos, al menos esta vez. Me dirijo al resto, al 86,3% de la población a la que le suele dar igual lo que digan los Obispos.

La carta de los Obispos se dirige a los ya no muchos fieles que le quedan, según el CIS. Pero no lo hace en privado sino públicamente. En ella arremeten contra la injusta ley que se acaba de aprobar en la Comunidad de Madrid sobre identidad y expresión de género e igualdad. Al igual que los códigos penales que criminalizan a las personas LGBTI en África, su carta pastoral, justifica su oposición en que esta Ley va contra natura. Para ello se remontan a los tiempos antes de Cristo y citan a Cicerón, el mismo que dijo que “los hombres son como el vino, la edad agría a los malos y mejora a los buenos”.

Para estos dos representantes de la Iglesia Católica de 68 y 72 años -Pla y Andújar respectivamente- el hombre (y entiendo que la mujer también) no crea su propia libertad. El hombre, dicen, no se crea así mismo, así que ya pueden ir temblando todos los autores de libros de auto-ayuda que esto también puede estar yendo por ellos.

Tanto ayer como hoy, se han dedicado muchos titulares a su extensa, densa y polémica carta pastoral. Dada su posición social no es posible que no tengan eco mediático declaraciones como estas. Ahí es donde radica la respuesta: no da igual lo que digan los Obispos, no mientras tengan esa posición privilegiada y este eco mediático. Por tanto el uso de su libertad de expresión no es el mismo que para el común de los mortales. Y ellos, lo saben.

Es cierto que sus voces no desatan una persecución en cadena hacia las personas trans y que faltaría, por tanto, la mayor de las evidencias para acusarles de incitar el odio con este tipo de mensajes. Pero no es menos cierto que sus palabras calan en el imaginario social y añaden dolor, infelicidad, dudas y marginación a un sector de la población que no necesita de su compasión sino que se respete su derecho a ser quienes son según el género que sienten. Sus palabras alimentan la discriminación.

La Iglesia sistemáticamente se ha opuesto a que la sociedad avance, a que las personas sean felices y ellas mismas. Sistemáticamente se ha opuesto al uso de aniticonceptivos a pesar de que fuera la única forma de parar una enfermedad letal con el SIDA, se ha opuesto al divorcio aunque eso conllevará a la más absoluta soledad a personas que hasta entonces se refugiaban en ella, se ha opuesto a toda forma de aborto en cualquier circunstancia, se ha opuesto a que la mujer trabaje y concilie su vida familiar, se ha opuesto a que se juzguen por vía no canónica los pederastas que se esconden tras sus siglas… Y así a un infinito número de avances, de derechos, que la Iglesia ha ido negando y que curiosamente, en países como España, le han ido restando credibilidad: solo un 13,7% reconoce serle fiel a la Iglesia a fecha de hoy. No esta mal.

Las afirmaciones de Reig y López claro que tienen importancia pero no solo por su eco público sino también, por lo que afirman. Si alguien llevará a la práctica lo que de su carta se desprende, se estarían violando los derechos humanos como el derecho a la intimidad, el derecho a tener el más alto nivel de salud posible y el derecho a no recibir un trato inhumano, cruel y degradante. Y si esto llega a ocurrir, la ciudadana y ciudadano al que se le impidiera acceder a la información, medidas y recursos que recoge la ley, podría perfectamente interponer una denuncia contra los autores materiales e ideológicos de ese hecho, pues se le podría estar dañando su integridad física, psicológica y moral.

Les preocupa a los Obispos de Alcalá de Henares y Getafe que esta ley sea otra más en ese proceso de deconstrucción de la civilización cristiana, y hablan de que nuestro país es víctima de un proceso de ingeniería social. Añoran quizá otros tiempos donde esos métodos de ingeniería social encarcelaban a las personas para reeducarlas y volverlas al orden social como buenos ciudadanos.

No está bien que algunos miembros de la Iglesia busquen influir de esta manera en las leyes de un Estado aconfesional. No hay respeto ninguno al tratar de hacerlo por mucho que se añada ‘con respeto’. Este tipo de afirmaciones no tienen cabida 2016 años después de Cristo, la prueba la tienen en el 86,4% de la población que no practica el catolicismo. Deberían mirar a donde les lleva todo esto y pensar en la jubilación, porque sus palabras causan a unos dolor, y a otros indignación. Todo esto lo digo, por supuesto, desde el respeto.

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